Esta versión ha sido traducida del francés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Postura · Juicio
En el lenguaje corriente, «juzgar» se ha convertido en sinónimo de condenar, evaluar negativamente o etiquetar. Sin embargo, tanto en la historia de las ideas como en la clínica, la capacidad de juicio también se ha valorado como discernimiento. La cuestión, por tanto, no es juzgar o no juzgar, sino saber cómo juzgar sin reducir.
Discernir es diferenciar lo que es peligroso de lo que no lo es, lo que es aceptable de lo que no lo es, lo que exige una acción inmediata de lo que puede esperar. La dificultad empieza cuando un juicio útil —una decisión rápida— se transforma en una lectura de esencia («es peligroso», «es tóxica», «es un mentiroso») y rigidiza nuestra manera de entrar en relación.
El pensamiento sistémico propone un desplazamiento conceptual: en lugar de preguntar «¿quién es esta persona?», se pregunta «¿qué hace coherente este comportamiento en un contexto interaccional, familiar, institucional, histórico?». Este desplazamiento no es una negación de la responsabilidad ni una excusa: comprender una función relacional no equivale a justificar un acto, en particular en caso de violencia o de maltrato. Pero permite reducir el error clásico que consiste en confundir un acontecimiento, una secuencia interaccional o una estrategia de supervivencia con una identidad estable.
Este texto se apoya en una revisión narrativa de referencias fundacionales de la terapia familiar y de la intervención sistémica —escuelas estructural, estratégica y del MRI, de Milán, transgeneracional, construccionista y narrativa—, así como en trabajos de psicología social y cognitiva sobre las heurísticas, la atribución causal, el sesgo de confirmación y las profecías autocumplidas. La elección es deliberadamente integradora: busca menos la exhaustividad que la construcción de un modelo explicativo coherente y operativo para la práctica clínica y la psicoeducación.
En las situaciones ordinarias, decidimos bajo restricciones de tiempo y de información. Los trabajos sobre las heurísticas muestran que la mente recurre a atajos eficaces la mayor parte del tiempo, pero expuestos a errores sistemáticos (Tversky & Kahneman, 1974; Kahneman, 2011). El problema no es tener una primera lectura, sino tratarla como una verdad definitiva.
Gran parte del sufrimiento relacional procede de que se confunden tres cosas: una hipótesis útil («percibo un riesgo»), una conclusión identitaria («esta persona es peligrosa») y una estrategia relacional («voy a actuar en función de esa supuesta identidad»). Es este paso de la hipótesis a la esencia, y luego de la esencia a la estrategia, lo que vuelve el juicio psicológicamente costoso y relacionalmente explosivo.
La psicología social describe una tendencia: inferir disposiciones estables («es así») a partir de un comportamiento que puede explicarse en buena medida por la situación. Esta tendencia suele denominarse sesgo de correspondencia o, en su forma clásica, error fundamental de atribución. Lleva a subestimar el peso del contexto y a sobreinterpretar la personalidad. Los ejemplos son frecuentes en la clínica.
En una lectura sistémica, estas equivalencias rápidas son precisamente lo que se intenta aflojar —no para relativizar el acto, sino para volver a hacer pensable la complejidad: el cansancio, la vergüenza, la amenaza percibida, la lealtad familiar, el lugar ocupado en una fratría, la coalición conyugal, las expectativas implícitas, la historia transgeneracional.
La terapia familiar se construyó históricamente contra la tentación de localizar el problema en una persona aislada —el «paciente identificado»—, mostrando que síntomas y comportamientos pueden mantenerse por bucles interaccionales, reglas implícitas e intentos de regulación del sistema familiar. Los primeros autores y autoras sistémicos destacaron en particular la idea de que ciertos comportamientos, incluidos los somáticos, podían participar en una estabilización relacional: lo que la tradición ha llamado a menudo homeostasis familiar (Jackson, 1957/1981).
Este punto es determinante para la cuestión del juicio: si un comportamiento es también una respuesta a una configuración relacional, el juicio moral global («es alguien que…») se convierte en una mala herramienta descriptiva. A la inversa, una pregunta sistémica típica es: «¿Qué intenta regular, evitar o proteger este comportamiento en este sistema?». Esta pregunta no exculpa. Produce una información clínica: la posible función del comportamiento.
En la escuela estratégica y en los trabajos del Mental Research Institute, una idea central es que ciertos problemas se mantienen por los intentos de solución repetidos: lo que se hace para resolver el problema pasa a formar parte del problema (Watzlawick et al., 1974; Fisch et al., 1982). Esta lógica es especialmente útil para releer los juicios: a veces, juzgar con dureza es un intento —costoso— de solución. Se juzga para protegerse, conservar el control, evitar la vulnerabilidad, mantener una coherencia identitaria, forzar a la otra persona a cambiar o reducir la incertidumbre.
Desde esta perspectiva, un juicio negativo puede funcionar como una «solución» relacional.
El objetivo clínico no es prohibir estos juicios, sino comprender su función y abrir alternativas menos destructivas.
Una vez formulado un juicio, buscamos espontáneamente elementos que confirmen nuestra hipótesis y descuidamos los que la contradicen. Los trabajos sobre la no eliminación de hipótesis (Wason, 1960) y sobre las estrategias de comprobación (Klayman & Ha, 1987) describen bien este mecanismo: a menudo comprobamos de manera que confirmamos en lugar de refutar.
En un contexto relacional, este sesgo cognitivo se convierte en un sesgo interaccional: el juicio guía nuestros microcomportamientos —tono, distancia, vigilancia, sarcasmo, retirada—, que aumentan la probabilidad de que la otra persona reaccione de una manera compatible con nuestro guion. Es uno de los caminos por los que se construyen las profecías autocumplidas (Merton, 1948): la definición inicial de la situación modifica las conductas de modo que produce el desenlace temido. En los contextos educativos, el efecto de las expectativas (Rosenthal & Jacobson, 1968) ilustra la potencia de este mecanismo: las expectativas modifican las interacciones, y las interacciones modifican el rendimiento.
En la clínica familiar, este fenómeno se hace visible cuando alguien de la familia anticipa el juicio, prevé la condena y adopta una postura defensiva o agresiva… que desencadena precisamente el juicio esperado. Los sistemas relacionales aprenden entonces guiones: cada cual se convierte en la prueba viviente del guion ajeno.
Una de las confusiones principales del juicio ordinario es mezclar tres niveles. Esta distinción es compatible con varias tradiciones sistémicas: permite sostener a la vez responsabilidad, comprensión y no reducción identitaria.
Lo que ocurrió: observable, fechable. Es el nivel de la responsabilidad.
Para qué sirve en el sistema, aunque sea destructivo. Es el nivel de la comprensión.
Siempre más amplia que sus actos y sus funciones. Es el nivel de la no reducción identitaria.
La terapia narrativa, por su parte, formalizó una idea cercana mediante la externalización y la reconstrucción de relatos alternativos (White & Epston, 1990).
«La persona no es el problema; el problema es el problema».
Michael White y David Epston
Este enfoque ofrece un vocabulario potente para reducir el etiquetado: se pasa de «es violento» a «la violencia se ha instalado en la relación, en tales contextos, con tales desencadenantes y con tales costes». Esto no banaliza: hace la intervención más precisa.
Sí, quien ejerce la terapia juzga: evalúa —peligrosidad, consentimiento, capacidad de regularse—, discrimina —lo que ayuda y lo que no ayuda—, jerarquiza —seguridad, alianzas, objetivos—. La pregunta clínica no es, por tanto, «juzgar o no juzgar», sino «¿cómo juzgar sin reducir?».
La corriente de Milán propuso una disciplina del pensamiento clínico: formular hipótesis en lugar de concluir, mantenerse circular en lugar de lineal y practicar una neutralidad activa. Cecchin (1987) reformula esta neutralidad como una invitación a la curiosidad: una manera de protegerse de las certezas rápidas y de sus efectos de culpabilización.
En esta tradición, la connotación positiva busca atribuir una intención protectora, o una lógica de lealtad, a un comportamiento problemático, con el fin de reducir la polarización moral y abrir alternativas. La idea no es decir «está bien», sino «esto ha tenido un sentido en este sistema». Este gesto es especialmente eficaz contra el etiquetado, porque despega la identidad del acto y devuelve movimiento a las posiciones (Selvini Palazzoli et al., 1978).
El tipo de preguntas que se formula ya es una intervención. Tomm (1987, 1988) distingue, entre otras, las preguntas que refuerzan una causalidad lineal («¿quién empezó?») de las preguntas circulares y reflexivas («¿qué pasa entre ustedes cuando…?», «¿qué cree usted que X imagina que usted piensa?»). Las preguntas reflexivas tienen precisamente la función de ayudar a la familia a generar nuevas descripciones de sí misma, en lugar de quedar prisionera de un juicio inmóvil.
En el enfoque construccionista, Anderson y Goolishian (1992) describen una postura de not-knowing (no saber): la persona consultante es experta en su propia experiencia, y quien ejerce la terapia se guarda de cerrar demasiado pronto una interpretación. En la cuestión del juicio, el interés es directo: esta postura actúa como antídoto contra la captura por la primera impresión clínica. Mantiene abiertas las hipótesis y, por tanto, la multiplicidad de futuros posibles.
Es precisamente ahí donde la postura terapéutica es diferente: no porque sea pura o esté libre de juicio, sino porque se entrena en mantener la multiplicidad de las descripciones, en privilegiar la curiosidad sobre la condena y en buscar formulaciones que reduzcan la culpabilización al tiempo que aumentan la responsabilidad.
Para recordar
El juicio no es el enemigo: es una herramienta cognitiva y relacional. Lo que encierra es la esencialización, la pérdida del contexto y la autoconfirmación interaccional.
El enfoque sistémico propone una alternativa pragmática: transformar el juicio en hipótesis contextual, distinguir acto, función y persona, y utilizar intervenciones —preguntas circulares y reflexivas, connotación positiva, postura de no saber, multiplicación de las perspectivas— que reabren posibilidades sin negar los límites necesarios.
Estas referencias se retoman y se comentan en el vídeo que aparece justo debajo.
Cómo citar este artículo
Besse, J. (2026, 23 de febrero). Oui, même votre psy vous juge…. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/fr_FR/articles/oui-meme-votre-psy-vous-juge
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