Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Frontiers in Psychology · Terapia familiar
Tras los atentados del 7 de octubre, familias del sur de Israel viven en hoteles y refugios. Diez psicoterapeutas de danza movimiento terapia describen sus sesiones con una madre o un padre y su hijo o hija: la persona adulta que acudió «por el niño» descubre que el espacio también la sostiene a ella, y el cuerpo habla antes que las palabras.
Traducción no oficial al español de Moving bodies, healing bonds: dyadic embodied psychotherapy in crisis settings, de Maya Vulcan, Tamar Dvir y Einat Shuper Engelhard, publicado en Frontiers in Psychology (Frontiers Media) (2025), doi: 10.3389/fpsyg.2025.1714477, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las declaraciones de final de artículo se han agrupado en las notas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
En la infancia traumatizada, las personas terapeutas describieron sistemáticamente la misma secuencia: el camino hacia el lenguaje comienza en el cuerpo.
Maya Vulcan, Tamar Dvir y Einat Shuper Engelhard
Resumen
Introducción. Las niñas, los niños y las figuras parentales expuestos al desplazamiento forzado a causa de la guerra suelen experimentar alteraciones en la regulación emocional, la disponibilidad relacional y las capacidades comunicativas. Aunque cada vez se reconoce más la importancia de las intervenciones diádicas en contextos de emergencia, se sabe menos sobre cómo operan los procesos corporeizados, basados en el movimiento, dentro del trabajo terapéutico parento-filial durante las crisis agudas ligadas al desplazamiento. Este estudio cualitativo examina las experiencias de psicoterapeutas con intervenciones basadas en el movimiento con díadas parento-filiales en contextos de emergencia, centrándose en la comprensión subjetiva que tienen de los procesos terapéuticos con la infancia y sus personas cuidadoras.
Métodos. Mediante el análisis fenomenológico interpretativo (IPA), se realizaron entrevistas semiestructuradas a diez psicoterapeutas con formación en psicoterapia del movimiento y experiencia en contextos de crisis y emergencia. Las entrevistas exploraron la construcción de sentido de estas personas en torno al cambio terapéutico en el trabajo diádico corporeizado tras el desplazamiento forzado provocado por la guerra.
Resultados. Surgieron dos temas superordinados. En primer lugar, el encuadre diádico se percibió como fundamental para favorecer la corregulación corporeizada y la disponibilidad emocional tanto de la figura parental como del niño o la niña. Las personas terapeutas describieron cómo la presencia de las personas cuidadoras, inicialmente periférica, evolucionaba a menudo hacia una implicación activa, lo que reforzaba la sensación de seguridad del niño o la niña y permitía una transformación recíproca dentro de la díada. En segundo lugar, el movimiento se entendió no como una mera técnica, sino como una modalidad terapéutica primaria que facilitaba la expresión preverbal, la sintonía relacional y la construcción de sentido corporeizada y reguladora en contextos en los que el discurso verbal era limitado. La presencia corporeizada de la persona terapeuta servía con frecuencia de modelo de las funciones parentales, reavivando la capacidad de respuesta y la vitalidad de las personas cuidadoras. El movimiento funcionó también como lente diagnóstica y relacional, que permitía evaluar en tiempo real las respuestas al trauma, la sincronía interaccional y los cambios en la regulación.
Discusión. Los resultados ponen de relieve el valor de integrar enfoques no verbales, sensibles al desarrollo y de orientación relacional en los marcos clínicos destinados a familias que atraviesan crisis ligadas al desplazamiento. El estudio sugiere que el diseño de intervenciones en contextos de emergencia debería incluir explícitamente componentes diádicos y corporales que impliquen tanto a la persona cuidadora como al niño o la niña como participantes activos, poniendo el acento en la corregulación corporeizada y la reparación relacional como procesos centrales en las primeras etapas de la recuperación del trauma.
Palabras clave: crisis; danza movimiento terapia; desplazamiento; psicoterapia diádica; intervenciones corporeizadas; contextos de emergencia; relación parento-filial; trauma
Las crisis humanitarias de la última década, entre ellas guerras, catástrofes naturales y desplazamientos forzados, han expuesto a millones de menores de todo el mundo a traumas psicológicos graves. Estos acontecimientos catastróficos no solo suponen amenazas inmediatas para la supervivencia física de las víctimas, sino que también pueden provocar alteraciones duraderas en el desarrollo y el bienestar de la infancia superviviente, con consecuencias emocionales, relacionales y cognitivas persistentes (Bürgin et al., 2022). Wisner y Adams (2002) definen una emergencia compleja como una situación caracterizada por la pérdida de los medios de subsistencia y por amenazas para la vida debidas a la guerra, a disturbios civiles o a desplazamientos a gran escala, que a menudo exige respuestas de emergencia en condiciones política y físicamente peligrosas. Tales situaciones se caracterizan por el colapso de las infraestructuras sociales y de los sistemas de protección que normalmente sostienen la salud mental infantil, y generan un trauma individual y colectivo profundo.
El presente estudio se llevó a cabo tras los atentados terroristas del 7 de octubre en Israel, durante los cuales muchas familias pasaron largas horas en refugios bajo la amenaza de una violencia continuada. Tras estos hechos, numerosas familias del sur de Israel se vieron obligadas a abandonar sus hogares en medio de un intenso conflicto en la zona. Muchas fueron reubicadas en instalaciones temporales, a veces separadas de otros miembros de la familia (Shay et al., 2024; Weinberg, 2025). A raíz de daños tan multifacéticos, incluidos los vividos tras los atentados del 7 de octubre, los y las profesionales de la salud mental recurren a intervenciones centradas en la crisis, diseñadas para mitigar el malestar y apoyar la resiliencia de la infancia y de sus familias (Arega, 2023). Un conjunto creciente de datos metaanalíticos respalda la eficacia de las intervenciones centradas en el trauma para la infancia afectada por crisis humanitarias (Burkhart et al., 2023; Nocon et al., 2017; Velu et al., 2025), y confirma el impacto positivo de enfoques centrados en el trauma como la terapia cognitivo-conductual, la desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares (EMDR) y la terapia de exposición narrativa para aliviar el malestar psicológico entre personas refugiadas y en la infancia expuesta a catástrofes. Junto a la proliferación de intervenciones psicosociales para la infancia en la escuela y la comunidad, resulta evidente que aplicar intervenciones de salud mental en contextos de emergencia plantea una serie de retos operativos específicos, como la escasez de infraestructuras, la gran movilidad de la población y unas dinámicas culturales complejas (Kamali et al., 2020).
Dos intervenciones de primera línea ampliamente aplicadas en la respuesta temprana al trauma son la terapia de juego y los primeros auxilios psicológicos (PFA). La terapia de juego ofrece a la infancia un medio simbólico y adecuado a su desarrollo para expresar experiencias abrumadoras (Cohen et al., 2010) y ha mostrado eficacia para reducir los síntomas de estrés postraumático y de ansiedad en la infancia expuesta a la guerra y al desplazamiento (Cohen and Gadassi, 2018; Schottelkorb et al., 2012; Tucker et al., 2021). Los PFA, en cambio, son una intervención breve y de baja intensidad, concebida para restablecer la sensación de seguridad, estabilidad y conexión social inmediatamente después de una crisis (Gilbert et al., 2021; Wang et al., 2024). En conjunto, estos enfoques ponen de relieve dos necesidades esenciales de la intervención temprana: la expresión emocional y la estabilización del entorno. Sin embargo, ninguna de estas modalidades involucra explícitamente procesos corporeizados, basados en el movimiento, dentro de la díada parento-filial, ni aborda el papel corporeizado de la persona terapeuta en contextos de crisis.
Las personas cuidadoras desempeñan un papel central en la recuperación emocional de la infancia afectada por la crisis y el desplazamiento, y su implicación en las intervenciones de salud mental se ha asociado sistemáticamente con mejores resultados terapéuticos (Szota et al., 2023). La investigación ha demostrado que una implicación constructiva de las personas cuidadoras en el tratamiento de salud mental infantil se asocia con una mejor asistencia a las sesiones, una mayor adherencia a los protocolos de tratamiento, mejores resultados clínicos y una mayor aplicación de las habilidades terapéuticas fuera del contexto de la terapia (Rependa et al., 2024). Sin embargo, los factores de estrés crónicos posteriores al desplazamiento, como las dificultades económicas y la inseguridad persistente, pueden mermar los recursos emocionales de las personas cuidadoras y contribuir a la sobrecarga parental, al retraimiento, a una menor calidez y a interacciones parento-filiales deterioradas (Sim et al., 2018), lo que subraya la necesidad de un apoyo contextualizado a quienes ejercen el cuidado. Los resultados metaanalíticos aportan respaldo empírico a la inclusión de las personas cuidadoras en las intervenciones sobre el trauma: la juventud expuesta al trauma presenta una reducción de los síntomas de trastorno de estrés postraumático (TEPT), depresión y ansiedad cuando las personas cuidadoras participan (Arega, 2023; Szota et al., 2023). Pese a estos conocimientos, las terapias diádicas estructuradas, es decir, las que toman explícitamente la relación parento-filial como unidad de intervención, siguen siendo poco frecuentes en las fases agudas de la respuesta a emergencias. Nocon et al. (2017) señalan que, incluso cuando se prevé la implicación de las familias, como en la terapia de juego centrada en el niño, la participación real suele ser limitada. Ello subraya la necesidad de diseños diádicos más deliberados y estructurados, sobre todo en entornos de gran estrés y escasos recursos.
Por lo general, la participación de las personas cuidadoras en las intervenciones de emergencia es informal y accesoria, limitada a la psicoeducación o a orientaciones prácticas, en lugar de integrarse en modelos terapéuticos sistemáticos de doble foco (Kamali et al., 2020). Esta laguna se ve reforzada por los resultados de Bauch (2022), quien, en una revisión exhaustiva de la literatura sobre terapias artísticas creativas con familias refugiadas, identificó una desconexión persistente entre la práctica sobre el terreno y la investigación revisada por pares. Aunque las intervenciones dirigidas por ONG suelen implicar de manera creativa a madres, padres o personas cuidadoras, pocos estudios documentan o evalúan con rigor los mecanismos y los resultados de estos esfuerzos diádicos. En consecuencia, muchas intervenciones siguen centradas principalmente en la infancia, con una evaluación limitada de las dinámicas familiares o de los efectos relacionales de la participación de las personas cuidadoras (Arega, 2023).
La psicoterapia parento-filial, también llamada terapia diádica, se basa en la teoría del apego y en principios psicodinámicos. Busca restaurar los sistemas de apego alterados facilitando la exploración conjunta de las experiencias emocionales entre la figura parental y el niño o la niña, en particular tras un trauma (Cicchetti and Toth, 2009; Fonagy et al., 2002). Un modelo de referencia en este ámbito es la Child–Parent Psychotherapy (CPP), desarrollada por Lieberman et al. (2005). Partiendo de la metáfora de los «fantasmas en la habitación del bebé» (Fraiberg et al., 1975), introdujeron el concepto de «ángeles en la habitación del bebé»: experiencias interiorizadas de cuidado sintonizado que pueden reactivarse para favorecer la curación. Este modelo subraya que la terapia diádica del trauma implica no solo la elaboración del daño pasado, sino también el redespertar de representaciones internas de seguridad, alegría y conexión. Estos «ángeles» pueden revivir gracias a la presencia del niño o la niña y a una interacción corregulada, lo que permite a las personas cuidadoras reconectar con su papel de figuras protectoras y emocionalmente disponibles. La CPP emplea diversas técnicas, entre ellas la función reflexiva (Slade, 2005) y la interpretación de la conducta a la luz de la historia relacional (Fraiberg et al., 1975), y se apoya en la interacción verbal y simbólica. La CPP ha mostrado resultados positivos en familias expuestas al trauma, en particular en la mejora de la regulación emocional y de la seguridad relacional (Lieberman et al., 2005). Pese a estos modelos prometedores, la aplicación de intervenciones diádicas estructuradas en contextos de emergencia aguda sigue siendo limitada. La mayoría de los programas disponibles se centran exclusivamente en la infancia o implican a las familias solo en papeles periféricos o de apoyo (Arega, 2023; Bürgin et al., 2022). Barreras estructurales como el desplazamiento, la inestabilidad y la falta de espacios terapéuticos privados restringen aún más la viabilidad de una atención intensiva centrada en la familia en tales entornos.
La investigación neurocientífica respalda cada vez más la contribución singular de las terapias artísticas creativas al tratamiento del trauma (Perryman et al., 2019). Malchiodi (2020) subraya que el trauma se codifica somáticamente y se almacena en la memoria implícita, lo que hace que los enfoques corporales sean especialmente eficaces para activar las vías sensoriales, favorecer la corregulación y permitir la integración simbólica de experiencias abrumadoras. Esto concuerda con la investigación sobre el trauma que destaca el papel del cuerpo en la recuperación y la necesidad de intervenciones que accedan a la memoria no verbal y sensoriomotora (van der Kolk, 2014). Apoyándose en la teoría psicodinámica, los modelos de apego, el procesamiento sensoriomotor y la atención informada sobre el trauma, la danza movimiento terapia (DMT), una modalidad psicoterapéutica de orientación corporal que forma parte de las terapias artísticas creativas (CAT), ofrece un espacio terapéutico para la regulación emocional, la reparación relacional y la seguridad corporeizada, en particular en contextos en los que la comunicación verbal puede verse limitada por razones de desarrollo o culturales (Baumgarten et al., 2022; Crooks and Mensinga, 2021; Schaeffer and Cornelius-White, 2021). Las actividades basadas en el movimiento con familias refugiadas fomentan la conexión emocional y refuerzan la resiliencia mediante la interacción no verbal (Baumgarten et al., 2022). Dieterich-Hartwell et al. (2021) desarrollaron un protocolo estructurado de DMT informado sobre el trauma para personas refugiadas reasentadas, que pone el acento en rituales culturalmente arraigados, objetos simbólicos y metáforas de danza compartidas como mecanismos de reparación identitaria, regulación emocional y apoyo relacional. Estos resultados ponen de relieve el potencial de la DMT para favorecer la recuperación mediante la cocreación corporeizada y una curación de base comunitaria. Entre las técnicas terapéuticas comunes a las intervenciones corporales con personas refugiadas figuran el uso del ritual, la metáfora y la creación de «espacios seguros» corporeizados (Schaeffer and Cornelius-White, 2021).
Mientras que modelos psicodinámicos como la CPP ponen el acento en los procesos verbales, simbólicos y reflexivos de la reparación diádica del trauma, la DMT ofrece una vía paralela, aunque distinta, basada en la interacción no verbal y corporeizada. La DMT diádica pone el acento en la sincronía física, la sintonía sensorial y la corregulación a través del movimiento entre la persona cuidadora y el niño o la niña. Las sesiones diádicas de movimiento mejoran la sintonía emocional y la cercanía relacional entre madres, padres e hijos, en particular mediante la sincronía rítmica y la presencia corporeizada compartida (Kedem and Regev, 2021). La investigación destaca varios mecanismos clave por los que la DMT favorece la curación diádica: la corregulación corporeizada, que restablece los vínculos de apego mediante el movimiento rítmico conjunto (Baumgarten et al., 2022); el uso de rituales no verbales e intergeneracionales, como el balanceo y el movimiento compartido, para la expresión y la contención emocionales (Schaeffer and Cornelius-White, 2021); y técnicas basadas en el movimiento que fomentan la autorregulación y la resiliencia en la infancia (Harris, 2007). En conjunto, estos mecanismos muestran cómo la DMT facilita tanto la sintonía fisiológica como la elaboración emocional simbólica dentro de la relación entre la persona cuidadora y el niño o la niña.
Pese a sus sólidos fundamentos teóricos y clínicos, la investigación sobre la DMT diádica en contextos de emergencia aguda sigue siendo escasa. Los estudios existentes han examinado sobre todo intervenciones basadas en el movimiento o en las artes creativas en las fases posagudas o de reasentamiento (Dieterich-Hartwell et al., 2020), lo que deja una laguna en la comprensión de cómo utilizan el movimiento las personas terapeutas dentro de las díadas parento-filiales durante las etapas iniciales de la crisis, de gran estrés. Poco se sabe sobre cómo viven este trabajo, cómo interpretan los procesos basados en el movimiento en condiciones de emergencia o cómo estas intervenciones favorecen la regulación, la conexión y la construcción de sentido cuando las familias están desplazadas y emocionalmente desbordadas. Por ello, el objetivo del presente estudio fue explorar la experiencia vivida por psicoterapeutas que aplicaron intervenciones diádicas basadas en el movimiento con madres, padres e hijos durante la fase aguda del desplazamiento posterior a los atentados del 7 de octubre. El estudio abordó las siguientes preguntas de investigación:
Este estudio empleó el análisis fenomenológico interpretativo (IPA) como enfoque cualitativo, elegido por su atención a la manera en que las personas participantes dan sentido a sus experiencias vividas (Smith et al., 2009). El IPA es especialmente adecuado para explorar fenómenos complejos y subjetivos, ya que permite identificar patrones experienciales compartidos sin perder la singularidad de cada relato. Un rasgo central del IPA es su doble hermenéutica, en la que el equipo investigador trata de comprender cómo interpretan las personas participantes sus propias experiencias (Montague et al., 2020). Esta postura interpretativa se ajustaba a los objetivos del presente estudio y permitía explorar con matices cómo reflexionan las personas psicoterapeutas sobre su uso de intervenciones diádicas basadas en el movimiento en contextos de emergencia, y cómo construyen sentido en torno a él. Al situar en primer plano la experiencia vivida de quienes ejercen la terapia, el IPA ofreció un método para captar las comprensiones estratificadas y cambiantes que surgían en las sesiones parento-filiales realizadas en contextos de atención de emergencia.
Se reclutó a diez psicoterapeutas para este estudio. Su experiencia clínica oscilaba entre 7 y 36 años (M = 16), y todas las personas participantes salvo una contaban con una amplia trayectoria en terapia diádica, de entre 5 y 24 años (M = 10). Se seleccionó a las personas participantes según los siguientes criterios de inclusión: (1) implicación directa en intervenciones de emergencia durante periodos de trauma colectivo; (2) experiencia clínica de trabajo tanto con la infancia como con sus familias; (3) atención a al menos 10 díadas parento-filiales durante el periodo de emergencia; y (4) formación reglada tanto en psicoterapia como en modalidades terapéuticas basadas en el movimiento. Todas las personas participantes tenían un título de posgrado en DMT expedido por instituciones académicas acreditadas por el Consejo de Educación Superior de Israel.
Todas las personas participantes trabajaron con familias desplazadas del sur de Israel tras los atentados del 7 de octubre y la evacuación posterior debida al conflicto en curso. Estas intervenciones comenzaron entre unos días y unas semanas después de los atentados y se prolongaron durante los primeros meses de desplazamiento. Las sesiones diádicas tuvieron lugar en distintos contextos de emergencia, como hoteles para personas evacuadas, centros comunitarios de resiliencia y refugios municipales, a menudo en salas improvisadas o polivalentes, durante la fase aguda del desplazamiento, cuando las familias aún vivían en la incertidumbre, con alarmas intermitentes y en condiciones que cambiaban con rapidez. Durante este periodo, las personas terapeutas trabajaron con numerosas familias, entre ellas decenas de niñas y niños de 3 a 11 años y sus madres y padres, todas desarraigadas por los combates o por la destrucción de sus hogares. Aunque la mayor parte de esa infancia no había presenciado directamente la violencia, había soportado largas estancias en refugios y había estado expuesta a una ansiedad y una angustia emocional considerables en sus figuras parentales. No se realizaron sesiones de supervisión parental por separado; la reflexión y el apoyo dirigidos a las figuras parentales se integraron en el propio trabajo diádico, como parte del proceso terapéutico compartido.
Las personas participantes se reclutaron a través de redes profesionales y asociaciones clínicas, y el estudio empleó un muestreo intencional (Smith et al., 2009), método adecuado para identificar a participantes capaces de aportar perspectivas ricas, basadas en la experiencia, sobre el tema de investigación. Tras un primer contacto, quienes manifestaron interés por el estudio recibieron información escrita detallada sobre sus objetivos, sus procedimientos y sus garantías éticas. Quienes aceptaron participar firmaron un formulario de consentimiento informado. Todas las entrevistas se realizaron por Zoom, según la disponibilidad y la preferencia de las personas participantes. Cada entrevista duró entre 60 y 90 min y se grabó en audio. En el momento de la recogida de datos, todo el trabajo terapéutico relevante para este estudio ya había concluido, lo que garantizaba que las entrevistas se centraran en relatos reflexivos y no en procesos clínicos en curso.
Este estudio fue aprobado por el comité de ética institucional (IRB) de la Faculty of Social Welfare and Health Sciences de la University of Haifa (aprobación n.º 132/24). Se informó a las personas participantes de sus derechos, incluido el de retirarse en cualquier momento sin penalización. Se mantuvieron estrictos protocolos de confidencialidad durante todo el proceso: todos los datos identificativos relativos a las personas participantes y a sus pacientes se eliminaron, se codificaron y se almacenaron de forma segura. El estudio se ajustó a las normas éticas establecidas para la investigación cualitativa con seres humanos, prestando especial atención al carácter sensible del material relacionado con el trauma y al contexto clínico en el que se compartieron los relatos.
Los datos de este estudio cualitativo se recogieron mediante dos instrumentos principales: entrevistas semiestructuradas en profundidad (Kvale, 2007) y la versión hebrea del formulario Helpful Aspects of Therapy (HAT) (Azoulay and Orkibi, 2018; Gavron et al., 2024; Llewelyn et al., 1988; Shakarov et al., 2019). Las entrevistas semiestructuradas siguieron un formato coherente con el IPA, con preguntas guía abiertas e indicaciones flexibles que permitían a las personas participantes desarrollar sus experiencias vividas y los significados que les atribuían (Smith et al., 2009). El guion de la entrevista exploraba áreas clave de la experiencia profesional y de las reflexiones clínicas de las personas terapeutas, en particular: (a) trayectoria profesional y motivación para utilizar la terapia basada en el movimiento; (b) características centrales del trabajo con díadas parento-filiales en contextos de emergencia; (c) aprendizajes clínicos y recomendaciones derivados del trabajo en contextos de crisis; (d) relaciones entre trauma y movimiento, y manera en que el trauma se expresa y se elabora en el cuerpo; (e) puntos fuertes y limitaciones percibidos del modelo de intervención; y (f) papel del movimiento como herramienta de observación y herramienta terapéutica en las interacciones diádicas.
El formulario Helpful Aspects of Therapy (HAT) (Llewelyn et al., 1988) incluye dos preguntas abiertas sobre los acontecimientos útiles y los obstaculizadores en la terapia, y dos ítems de valoración de la importancia percibida de cada acontecimiento. La versión hebrea utilizada en este estudio es una adaptación del formulario original, validada para su uso con población israelí (Azoulay and Orkibi, 2018; Gavron et al., 2024; Shakarov et al., 2019). El formulario permite a participantes y profesionales describir con sus propias palabras lo que les resultó más útil u obstaculizador durante la terapia y valorar la importancia de esas experiencias. El formulario HAT completó las entrevistas al identificar momentos concretos que las personas terapeutas percibieron como útiles u obstaculizadores durante las sesiones, lo que aportó información adicional sobre el impacto y la eficacia de la intervención.
Los datos se analizaron según los principios del IPA (Smith et al., 2009), con el fin de explorar cómo interpretaban las personas psicoterapeutas su trabajo de aplicación de intervenciones diádicas basadas en el movimiento en contextos de emergencia. El análisis siguió un proceso estructurado en varias fases. Cada entrevista se transcribió primero de forma literal y se examinó para identificar segmentos significativos en los relatos de las personas participantes. A continuación se realizó una comparación entre casos para poner de manifiesto patrones recurrentes y elementos conceptuales compartidos, atendiendo tanto a las convergencias como a las divergencias entre los relatos, a fin de preservar los matices individuales y las diferencias de énfasis. Aunque el análisis tuvo en cuenta posibles divergencias, los datos no revelaron diferencias significativas que cuestionaran los temas emergentes. El contexto de emergencia, muy homogéneo e intenso, parecía suscitar temas experienciales compartidos entre las personas terapeutas. Los conceptos emergentes se agruparon después en categorías, cada una con una etiqueta que reflejaba su significado central. Se examinaron las relaciones entre categorías para elaborar temas generales que recogieran tanto los puntos en común como las variaciones sutiles en las experiencias de las personas participantes.
Se incluyeron citas seleccionadas para ilustrar los temas clave. Para transmitir la frecuencia de las respuestas se utilizaron los siguientes términos: «todas las personas terapeutas» se refiere a la muestra completa de diez participantes; «la mayoría», a respuestas de seis a nueve personas; «la mitad», a cinco; «algunas», a tres o cuatro; y «unas pocas», a una o dos personas participantes.
A lo largo del proceso de análisis se celebraron consultas periódicas en el equipo para garantizar la reflexividad y la coherencia. El análisis se realizó manualmente, lo que permitió un contacto estrecho e iterativo con los datos, conforme a los principios del IPA. Las personas que firman en primer y en último lugar dirigieron la codificación inicial y la agrupación temática, mientras que la persona que firma en segundo lugar realizó todas las entrevistas. Cada integrante del equipo llevó memorandos reflexivos para documentar sus reacciones personales, las ideas emergentes y los posibles sesgos. Las reuniones del equipo permitieron comparar interpretaciones, discutir lecturas alternativas de los relatos de las personas participantes y afinar los títulos y la jerarquía de los temas. Estas discusiones reflexivas aumentaron la profundidad interpretativa y garantizaron que la estructura temática en evolución representara fielmente aspectos de las experiencias de las personas participantes. Dado que el equipo investigador incluye profesionales con formación en DMT, el análisis se abordó con una sensibilidad corporeizada y relacional. Para gestionar este posicionamiento se recurrió a memorandos reflexivos, a un diálogo continuo y a vueltas repetidas a los datos brutos, de modo que las interpretaciones siguieran ancladas en las propias descripciones de las personas terapeutas y no en presupuestos profesionales.1
El análisis identificó dos temas superordinados que abarcan nueve temas subordinados, varios de los cuales incluyen subcategorías más finas que ilustran aspectos matizados de las experiencias de las personas terapeutas. El primer tema superordinado, El valor terapéutico de las intervenciones diádicas para madres, padres e hijos en situaciones de emergencia, comprende cinco subtemas que describen las múltiples funciones relacionales y reguladoras del encuadre diádico: (1.1) La presencia silenciosa como apoyo para la figura parental; (1.2) Trabajar sobre «dos ejes paralelos» amplía la disponibilidad relacional; (1.3) La persona terapeuta como prolongación de las cualidades parentales; (1.4) La motivación inicial y la capacidad emergente de la figura parental para beneficiarse de las sesiones; y (1.5) La presencia de la persona terapeuta como apoyo para presenciar y contener la intensidad del niño o la niña. El segundo tema superordinado, ¿Por qué el movimiento?, incluye cuatro subtemas que ilustran la contribución específica del movimiento como medio de expresión no verbal, de regulación y de reconexión cuando las palabras no bastan: (2.1) El movimiento como medio proyectivo; (2.2) Empoderamiento corporeizado en la díada parento-filial; (2.3) Valoración y evaluación; y (2.4) Responder a las necesidades: regresión, descanso y seguridad relacional. Cada tema se presenta a continuación con citas que ejemplifican las experiencias vividas y las interpretaciones de las personas terapeutas.
La figura 1 presenta la estructura jerárquica de los temas que surgieron del análisis.

Según la mayoría de las personas terapeutas, la presencia silenciosa de la figura parental, incluso sin participación activa, tenía un valor terapéutico considerable. El simple hecho de observar a su hijo o hija entregarse al juego libre en presencia de una persona terapeuta se convertía en una experiencia reparadora para madres y padres que, a menudo, se encontraban en un estado de bloqueo y ansiedad como consecuencia de los acontecimientos traumáticos que habían sufrido. Las personas terapeutas observaron sistemáticamente que las figuras parentales llegaban tensas y desbordadas, y que el mero hecho de sentarse junto a su hijo o hija mientras jugaba suavizaba poco a poco esa tensión y favorecía una primera regulación. Una persona terapeuta lo explicó así: «A menudo los niños estaban un poco mejor que las madres y los padres, y estos necesitaban apoyo para poder estar emocionalmente disponibles para sus hijos.»
Varias personas terapeutas describieron cómo muchas figuras parentales acudían al principio a las sesiones a regañadientes, convencidas de que la intervención estaba destinada únicamente al niño o la niña. Para ilustrar esta dinámica, una persona terapeuta describió la actitud inicial de esas madres y padres y su evolución con el tiempo: «Al principio, algunas familias no querían venir de verdad. Se quedaban ahí sentadas en silencio, sin participar, casi como esperando a que acabara. Pero incluso esa presencia callada y distante tenía un efecto en ellas. Con el tiempo, se ablandaron.» Otra reflexionó sobre el proceso interno que empezaba a desplegarse en las figuras parentales dentro de ese silencio: «Es como si el simple hecho de estar ahí, en quietud y en silencio, les ayudara a notar su propia tensión y a sentir su agotamiento. Simplemente estar ahí se volvía nutritivo.»
En todos los relatos, las personas terapeutas subrayaron que los momentos de silencio compartido marcaban a menudo el inicio de la regulación emocional y de la reconexión de la figura parental. Incluso sin palabras ni implicación activa, la presencia silenciosa en sí se volvía terapéutica: ofrecía una puerta de entrada suave al proceso terapéutico y permitía a las figuras parentales empezar a sanar junto a sus hijos e hijas.
Según la mayoría de las personas terapeutas, el encuadre diádico ofrece un doble eje terapéutico: uno para el niño o la niña y otro para la figura parental. Cuando las madres y los padres utilizan el espacio para reflexionar sobre sus experiencias emocionales, plantear preguntas o pedir orientación, se vuelven más disponibles emocionalmente, no solo consigo sino también con su descendencia. Esta apertura emocional permite al niño o la niña salir de un papel de cuidado o de reacción y participar desde una posición más auténtica, más infantil. Una persona terapeuta describió el alivio que expresaba una madre al disponer de un lugar donde dar sentido a sus propias reacciones: «Solo tener un sitio donde puedo hacer preguntas y entender lo que me está pasando…» Según todas las personas terapeutas, este acto de autorreflexión reforzaba la capacidad de corregulación de la figura parental, lo que a su vez sostenía la regulación emocional del niño o la niña: «La regulación del padre o la madre ayuda a la regulación del niño.» Otra persona terapeuta subrayó el papel de quien ejerce la terapia para ayudar a ambos a identificar recursos de afrontamiento: «La o el profesional tiene que ayudar tanto al padre o la madre como al niño a acceder a recursos, a calmarse, a regularse y a soltar tensión.» Gracias a este proceso conjunto, las figuras parentales comprenden a menudo la influencia inconsciente de su propia historia, como señaló una persona terapeuta: «Durante las sesiones, las madres y los padres empiezan a darse cuenta de hasta qué punto su historia personal moldea sus reacciones.» Las personas terapeutas describieron repetidamente cómo los cambios en la disponibilidad de la figura parental y del niño o la niña se influían mutuamente, creando un proceso recíproco que se desplegaba a lo largo del encuentro diádico. Esta dinámica multidireccional dentro del encuadre diádico permitía pasar de la mera supervivencia a una presencia mutua, y abría nuevas posibilidades de conexión emocional y de crecimiento.
Todas las personas terapeutas se refirieron al importante papel que desempeña quien ejerce la terapia para reavivar la vitalidad de la figura parental y su implicación emocional con su hijo o hija. La persona terapeuta actúa como una prolongación de las propias funciones parentales y ofrece al niño o la niña respuestas de reconocimiento, de consuelo y sintonizadas a las que la figura parental, en su estado de angustia, puede tener dificultad para acceder. Al expresar en voz alta estas formas de capacidad de respuesta sintonizada, las personas terapeutas encarnaban a menudo modos de disponibilidad parental que ayudaban a reanimar la propia presencia emocional de la figura parental. Por ejemplo, las personas participantes describieron cómo ofrecían respuestas verbales de apoyo a las familias, con expresiones como: «palabras de ánimo y de consuelo», «expresar admiración por las capacidades del niño» y «deleite ante el juego y las intenciones del niño». Estos pequeños momentos corporeizados de sintonía verbal servían como modelos suaves de capacidad de respuesta parental y mostraban cómo podía restablecerse la conexión emocional incluso en pleno estrés agudo. Esta postura terapéutica, rica en presencia afectiva, ayudaba a menudo a las figuras parentales a reconectar con su propia capacidad de disfrutar de su hijo o hija y de valorarlo. Una persona terapeuta ilustró esta dinámica: «A través de mi juego con los niños, las familias se fueron acercando poco a poco y abriéndose, se implicaron y se creó un encuentro conjunto.» Es precisamente en esos momentos, cuando la figura parental presencia un relato distinto, más vital y lúdico, de su hijo o hija, cuando algo nuevo empieza a desplegarse en la relación. La implicación corporeizada de la persona terapeuta se convierte en un puente, no solo para la expresión del niño o la niña, sino también para que la figura parental redescubra su propio papel como fuente de alegría y de conexión.
Según la mayoría de las personas terapeutas, la mayor parte de las madres y los padres acudían al principio a las sesiones por el bien de sus hijos e hijas. La infancia solía apropiarse del espacio con rapidez y energía, y mostraba una capacidad inmediata para jugar, expresarse y explorar. Sin embargo, a medida que avanzaban las sesiones, se hacía cada vez más evidente que las figuras parentales, que en un principio se habían situado como espectadoras de apoyo, cargaban en realidad con importantes necesidades emocionales propias, a menudo mayores de lo previsto. La mayoría de las personas terapeutas describieron que, a medida que el niño o la niña se instalaba en el juego y la interacción, la figura parental se veía atraída poco a poco hacia el espacio terapéutico, no por un diseño deliberado, sino por una especie de atracción emocional creada por la presencia y la actividad de su hijo o hija. Una persona terapeuta lo describió así: «Al principio, las madres y los padres se sentaban a un lado, casi invisibles. Pero a medida que avanzaban las sesiones, se les veía inclinarse hacia delante, empezar a sonreír, a imitar el movimiento de su hijo. Era como si algo dentro de esas personas se despertara.» Otra reflexionó: «Las familias decían a menudo que venían “por el niño”, pero en algún momento se daban cuenta de que el espacio también era para ellas. Tener unos momentos para respirar y sentir, sin necesidad de proteger ni de funcionar, era profundamente sanador.» Lo que empezó como una intervención centrada en el niño o la niña fue revelándose también como un espacio de curación y de conexión para la figura parental. Se convirtió en un lugar donde podía respirar, reflexionar y empezar a relacionarse con su propio mundo interno. Como señaló una persona terapeuta: «A través de los niños, las familias empezaron a implicarse en algo compartido.» Este cambio permitió a las figuras parentales estar más disponibles emocionalmente para sí mismas y, en consecuencia, para su hijo o hija.
Según todas las personas terapeutas, la presencia de quien ejerce la terapia dentro de la díada parento-filial crea las condiciones para que la figura parental permanezca presente y emocionalmente disponible en los momentos de estrés y de impotencia. Esta presencia compartida resulta especialmente vital cuando el niño o la niña manifiesta conductas complejas, como desregulación, agresividad o retraimiento emocional, que de otro modo podrían desbordar o desconcertar a la figura parental. La persona terapeuta no actúa solo como mediadora, sino como una figura de anclaje que permite a la figura parental presenciar la expresión de su hijo o hija sin reaccionar impulsivamente ni interpretarla desde una óptica disciplinaria. Una persona terapeuta lo explicó: «El simple hecho de que los niños jugaran al lado de sus padres permitía a las familias ver cómo los niños reescenificaban el trauma con el cuerpo, sin asustarse ni juzgarlo como inapropiado.» Otra compartió: «Los niños se metían en juegos de guerra muy intensos. Las madres y los padres podían presenciar los movimientos intensos de sus hijos, escuchar lo que se expresaba a través de ellos y juzgar menos.» Esta postura reflexiva, sostenida por la presencia de la persona terapeuta, abría espacios para la construcción de sentido y reducía la sensación de amenaza en la figura parental. Transformaba los momentos de desconexión en oportunidades de comprensión, de sintonía y de conexión renovada. Estos momentos de contención se desplegaban a menudo a través del movimiento, de pequeños gestos, de un ritmo compartido o de una simple presencia corporal, que sostenían a la figura parental y al niño o la niña cuando faltaban las palabras. Sobre esta base, el segundo tema superordinado, ¿Por qué el movimiento?, examina cómo la propia expresión corporeizada se convierte en un medio terapéutico primario que favorece la comunicación, la regulación y la conexión en situaciones de emergencia.
Todas las personas terapeutas entrevistadas subrayaron de forma constante que el movimiento no es una mera técnica terapéutica, sino un medio vital que permite la expresión, la conexión, la estabilización y la transformación, sobre todo cuando las palabras son inaccesibles o insuficientes.
Una de las funciones más importantes del movimiento en el proceso terapéutico, según la describieron todas las personas terapeutas, es su función como espacio proyectivo. El movimiento permitía a niñas y niños exteriorizar experiencias internas mediante acciones simbólicas, metafóricas o basadas en roles. Las personas terapeutas describieron cómo la infancia «depositaba» sentimientos, miedos o intenciones en motivos de movimiento, recorridos en el espacio, gestos y escenificaciones corporeizadas, lo que permitía a los estados internos tomar forma fuera del cuerpo. En este sentido, una persona terapeuta lo describió así: «El movimiento abría a menudo un camino hacia la expresión emocional, la corregulación y la construcción de sentido que se sentía más seguro que el discurso verbal.»
2.1.1 Proyectar y regular la experiencia traumática
Todas las personas terapeutas subrayaron que el movimiento permitía a la infancia proyectar y regular la experiencia traumática sin verse desbordada por una verbalización prematura. El movimiento ofrecía un espacio simbólico y no verbal en el que estados internos intensos podían exteriorizarse en gestos y acciones, de modo que el trauma podía reconocerse sin reactivarse. La mayoría de las personas terapeutas describieron cómo la expresión verbal, cuando aparecía, surgía de forma espontánea. Muchas se refirieron a este fenómeno como una «liberación del habla», y señalaron, como explicó una persona participante: «Las palabras solo surgían después de que se hubieran establecido la seguridad, la expresión corporal y la proyección simbólica». Las personas terapeutas destacaron también que empezar por el cuerpo permitía acceder al mundo interno infantil sin imponer exigencias narrativas. Como precisó otra persona participante: «Se trata de escuchar la forma más primaria del habla, incluso cuando no hay historia, lo que nos permite partir del mundo interno del niño y no de algo externo o impuesto.» Una tercera persona terapeuta subrayó el lugar central de la emergencia no verbal y señaló que, para muchos niños y niñas: «El movimiento permite una expresión espontánea, sin palabras.» En todos los relatos, las personas terapeutas recalcaron la importancia de permitir a la infancia «contar la historia con el cuerpo», algo que describieron como un fundamento esencial para la regulación y la construcción de sentido tras el trauma.
Un ejemplo claro de este proceso proyectivo se produjo cuando un niño, mientras participaba en un juego de movimiento que consistía en nombrar ciudades, llegó a una ciudad que le daba miedo, se quedó paralizado y anunció: «¡Alto! No podemos avanzar más.» Su inmovilidad repentina, vivida como una detención de todo el cuerpo, exteriorizaba el miedo asociado a ese lugar. La pausa funcionaba como un gesto proyectivo: el niño desplazaba una sensación interna de peligro a una acción corporal concreta, lo que permitía que el miedo apareciera «fuera» de sí mismo, bajo la protección del juego. Las personas terapeutas entendían estos movimientos de detención como actos proyectivos en los que la infancia vuelca la tensión o la amenaza interiores en una forma corporeizada. En lugar de describir el miedo con palabras, el niño lo escenificaba deteniendo el cuerpo y marcaba así límites emocionales y físicos dentro de la seguridad del juego. Estos movimientos proyectivos permitían a niñas y niños exteriorizar sensaciones abrumadoras en acciones observables, lo que ofrecía a la vez contención y un comienzo de regulación.
Otra persona terapeuta describió a un niño que se desplazaba por el espacio con una gran tela elástica y la transformaba en una «trampa» para atrapar a los «malos», utilizando su cuerpo para expresar movimientos potentes y fuertes. La persona terapeuta entendió esta escenificación como un acto proyectivo en el que el niño desplazaba una tensión interior y una necesidad de control a una acción simbólica y corporeizada:
Cuando los niños representaban esas escenas, nunca era solo «de mentira». Se notaba que estaban poniendo algo de dentro en el movimiento: el miedo, la tensión, la necesidad de volver a sentirse poderosos. No hablaban de lo que había pasado, pero sus cuerpos lo estaban contando de una manera que era segura para ellos. El movimiento se convertía en la historia, y se veía cómo el niño iba ganando una sensación de control a medida que avanzaba el juego.
Según varias personas terapeutas, estas proyecciones simbólicas eran a menudo el primer paso del niño o la niña para reorganizar su experiencia interna. Al volcar sensaciones, impulsos o relatos en el movimiento, la infancia creaba la distancia emocional suficiente para empezar a estabilizar e integrar lo que sentía. De este modo, la acción corporal funcionaba como un puente proyectivo: mediante el movimiento, la experiencia interna se volvía visible, compartible y contenible, y se sentaban las bases a partir de las cuales podía surgir más tarde el sentido verbal.
2.1.2 De la acción proyectiva a la expresión verbal
Si el subtema anterior se centraba en cómo la infancia proyectaba experiencias internas en una acción corporal simbólica, las personas terapeutas describieron un proceso secuencial en el que ese movimiento proyectivo creaba a menudo las condiciones emocionales y corporeizadas necesarias para que surgiera la expresión verbal.
Varias personas terapeutas subrayaron que solo después de que la infancia exteriorizara sus estados internos mediante el movimiento podía empezar a aflorar el lenguaje. Para hacer explícita esta progresión, las personas terapeutas describían a menudo la expresión verbal como algo que surgía «después de que el cuerpo hablara», según la formulación de una persona participante, lo que indica que el habla se hacía posible gracias a la seguridad y la distancia creadas por la proyección corporeizada. En lugar de empezar con preguntas o con intentos de diálogo, otra persona terapeuta destacó que las sesiones se desarrollaban a través de la acción: «Las sesiones siempre empezaban haciendo. Empezábamos con movimiento, con juego. No había ninguna presión para hablar. En cuanto el niño se movía con libertad, las palabras llegaban solas.» En este relato, la acción corporeizada sostenía la disposición de la criatura a compartir verbalmente. Otra persona participante añadió que ciertas expresiones profundas solo surgían «a través del movimiento», y señaló: «Las palabras nacían de la intensidad del movimiento. Llegaban después de que el cuerpo ya hubiera dicho algo […] El movimiento llevaba las primeras huellas del habla, una disposición corporeizada que precedía a la verbalización».
A medida que niñas y niños recuperaban la vitalidad física, las personas terapeutas asistían a menudo a un redespertar paralelo de la voz. Una persona terapeuta observó: «Cuando su cuerpo volvió a la vida, fue entonces cuando llegaron las palabras.» Esta reanimación se describió como un punto de inflexión, el momento en que el ritmo interno de la criatura se organizaba lo suficiente como para que surgiera un sentido simbólico y verbal. En estos relatos, el movimiento no era un calentamiento previo al habla, sino el puente que hacía posible el habla. Al proyectar en el movimiento sensaciones, impulsos o fragmentos de experiencia, la infancia creaba la distancia emocional necesaria para la expresión. En la infancia traumatizada, las personas terapeutas describieron sistemáticamente la misma secuencia: el camino hacia el lenguaje comienza en el cuerpo.
2.2.1 Restablecer la confianza en el cuerpo
Todas las personas terapeutas subrayaron la importancia de ayudar a la infancia y a sus familias a recuperar un sentimiento de confianza, de orgullo y de pertenencia respecto de su cuerpo. El objetivo terapéutico, tal como lo describieron, era restablecer la sensación de que el cuerpo pertenece al niño o la niña, responde a su voluntad y puede volver a ser una fuente de vitalidad y de expresión de sí. Como dijo una persona terapeuta: «Mi objetivo era ayudarle a sentir que su cuerpo vuelve a ser suyo, que le hace caso y que también puede darle placer, no solo miedo.» Otra describió este proceso como «ayudar al niño a encontrar orgullo y confianza en lo que el cuerpo es capaz de hacer».
Unas pocas personas terapeutas describieron cómo acompañaban un paso «de la contracción a la expansión» y «de la pasividad a la acción», mientras que otras hablaron de favorecer un paso «de la inmovilidad a un movimiento expresivo, incluso balístico». Una persona terapeuta recordó: «Llegó completamente replegado sobre sí mismo, sentado en un rincón. Poco a poco empezó a estirarse, a saltar, a ocupar más espacio. Se veía cómo su cuerpo se llenaba otra vez de vida». La invitación no era solo a moverse, sino a hacerlo con placer y en un juego compartido. Como explicó otra persona terapeuta: «Nos centrábamos en movimientos que les sentaban bien, balancearse, rodar, correr, hasta que su respiración se volvía más natural, más regulada, y encontraban una sensación de arraigo.» En este sentido, las personas terapeutas describieron el movimiento como un recurso primario de arraigo en la fase aguda, que ayudaba a la infancia y a sus familias a estabilizarse en el cuerpo antes de emprender un trabajo emocional más profundo. A través de este proceso, el cuerpo deja de vivirse únicamente como lugar de miedo o de disociación y se recupera poco a poco como un recurso personal y empoderador.
2.2.2 La sintonía corporeizada de la persona terapeuta como fuente primaria de empatía
La mayoría de las personas terapeutas destacaron que su propia presencia corporeizada desempeñaba un papel central para que la infancia y sus familias se sintieran más seguras y confiadas en el espacio terapéutico. En lugar de basarse sobre todo en la interpretación verbal, practicaban una forma de escucha y de respuesta corporeizadas que ponía en acto la conexión y la confianza sin palabras. Una persona terapeuta lo explicó: «Se trata de estar en diálogo a través del movimiento. Ajusto mi ritmo, mi distancia, incluso mi respiración, para ir a su encuentro allí donde están, a veces simplemente balanceándome un poco con ellos hasta que algo se suaviza.» En todos los relatos, las personas terapeutas describieron cómo estos ajustes corporales sutiles creaban un campo emocional compartido que ayudaba a regular el malestar e invitaba tanto a las figuras parentales como a la infancia a una sensación de seguridad relacional. Otra reflexionó: «El cuerpo sabe escuchar cuando la mente está desbordada. Cuando me muevo con el niño o reflejo un pequeño gesto de la madre o del padre, eso les dice que no están solos.»
Mediante esta capacidad de respuesta basada en el movimiento, las personas terapeutas se convertían en un ejemplo vivo de diálogo no verbal. Describieron cómo atendían a señales como la proximidad física, la intensidad, el ritmo y el tempo como indicadores del estado emocional y de las necesidades relacionales de cada persona. Al ajustar su cuerpo en relación con la díada, ofrecían un modelo de sensibilidad, de respeto de los límites y de presencia estable. De este modo, ayudaban a la figura parental y al niño o la niña a vivir la sensación sentida de ser vistos y comprendidos, lo que a su vez reforzaba su confianza y su capacidad para implicarse más plenamente en el proceso terapéutico.
2.2.3 Reescribir el miedo a través del cuerpo en movimiento
Muchas personas terapeutas hablaron del movimiento como un medio a través del cual la infancia puede explorar con seguridad experiencias de control y de poder tras un trauma. Dentro de un espacio terapéutico protegido, el movimiento le permitía recuperar su capacidad de acción, no mediante explicaciones, sino mediante una acción lúdica y corporeizada. Una terapeuta recordó a un niño de 2 años que salía repetidamente de la sala para volver a entrar con un fuerte rugido, «como un león». Cada nueva entrada, llena de intensidad y de teatralidad, afirmaba su control en un espacio que acogía esa presencia. «Había alegría en ello», reflexionó la terapeuta, «una conexión con la vitalidad, con la infancia, con el juego a través del cuerpo.» La terapeuta respondió con entusiasmo y no con una corrección: «¡Vaya, qué sorpresa!» No lo veía como un problema de conducta, sino como una respuesta sana y corporeizada a una realidad incontrolable. Al acoger el impulso del niño de escenificar e invertir los papeles del miedo y del poder, la terapeuta sostuvo una reelaboración corporal de experiencias aterradoras que, de otro modo, podrían haberse patologizado.
2.2.4 Legitimar la necesidad de visibilidad
Todas las personas terapeutas hablaron de momentos en los que la infancia expresaba una profunda necesidad de visibilidad en el espacio terapéutico. Esta necesidad se comunicaba a menudo de forma indirecta, mediante gestos corporales, posturas o actos simbólicos. Una terapeuta observó cómo, varias veces durante la sesión, un niño de 4 años se subía a una silla, como si declarara: «¡Estoy aquí!» La madre, sin embargo, se desconcentraba o se distraía con frecuencia. Percibiendo la súplica silenciosa de atención del niño, la terapeuta decidió reflejar su gesto con calidez y humor: «¡Vaya, qué alto estás ahí arriba! Te veo.» Más tarde reflexionó: «Había juego y humor en ello. Era la expresión de una necesidad sin palabras.» Para esta terapeuta, la postura elevada del niño funcionaba como una afirmación no verbal de su deseo de ser visto, y su respuesta ofrecía un momento de reconocimiento sin confrontación. De este modo, el movimiento y la postura se convertían en un lenguaje a través del cual podía reconocerse la necesidad del niño de ser visto. El reflejo lúdico de la terapeuta otorgaba legitimidad a esa necesidad y creaba una experiencia pequeña pero significativa de visibilidad y de conexión.
2.2.5 Un nuevo posicionamiento en la parentalidad
Dentro del proceso más amplio de recuperación del poder corporal y relacional, las personas terapeutas describieron cómo el movimiento permitía a las figuras parentales vivirse de otra manera en relación con sus hijos e hijas. La mayoría de las personas terapeutas subrayaron que el trabajo basado en el movimiento ofrecía a madres y padres la oportunidad de pasar de una postura de gestión, dictada por la crisis, a un modo de relación más presente, más lúdico y más disponible emocionalmente. Como explicó una persona terapeuta: «El trabajo con el movimiento nos permite quedarnos con una cuestión que se expresa a través del cuerpo, en lugar de tener que tratar, gestionar o educar.» Este cambio abría la puerta a otro tipo de experiencia relacional, en la que la figura parental no queda encerrada en el papel de la persona adulta responsable y preocupada. Otra persona terapeuta reflexionó sobre el tono emocional que invita el movimiento: «El movimiento aporta alegría y juego a la madre o al padre, en contraste con el posicionamiento habitual en el rol parental responsable y preocupado.» Mediante esta implicación corporeizada, las figuras parentales reconectaban con aspectos de sí que habían quedado silenciados por el miedo, el agotamiento o las exigencias de afrontar la crisis. En este sentido, el movimiento se convertía no solo en un medio de expresión para el niño o la niña, sino también en una puerta de renovación relacional para la figura parental, al ofrecer momentos de ligereza, de espontaneidad y de presencia compartida que las personas terapeutas describieron como centrales tanto para el empoderamiento como para un retorno gradual a una interacción parento-filial más «normal», cotidiana.
2.3.1 El movimiento como herramienta para valorar el trauma
Todas las personas terapeutas se refirieron al cuerpo, y en concreto a los patrones de movimiento, como un indicador clave del trauma. Observaron que el trauma se hacía visible a menudo a través de cualidades de movimiento restringidas, desorganizadas o excesivamente intensas. Los cambios en el movimiento —en su variabilidad, su fluidez, su ritmo y la libertad de su flujo— servían como marcadores importantes del cambio terapéutico. Como señaló una persona terapeuta: «Algunos niños respondían al trauma que habían vivido con un movimiento muy intenso, que poco a poco se asentaba en un juego de movimiento sociodramático más regulado.» Las personas terapeutas subrayaron que estos cambios observables se compartían con las familias para favorecer la comprensión y la reflexión: «Con el tiempo, el cuerpo se relajaba más. Es importante mostrárselo a las familias. El cuerpo es un lenguaje.» El movimiento ofrecía también una manera estructurada de valorar las señales reguladoras y relacionales: «Es importante examinar la evitación del contacto visual, las dificultades de sincronización, de atención compartida, de intensidad, de distancia espacial.» Estos marcadores corporeizados sutiles aportaban a las personas terapeutas una información crucial sobre el mundo interno de la criatura, su capacidad de regulación y la evolución de su funcionamiento emocional a lo largo de la intervención.
2.3.2 El movimiento como herramienta para valorar la relación
Según todas las personas terapeutas, el movimiento revelaba también el estado actual de la relación parento-filial. Cuando las palabras eran limitadas o no estaban disponibles, los patrones de interacción no verbal, es decir, la proximidad, el ritmo, la sincronía, la postura y la atención compartida, ofrecían una rica información diagnóstica sobre el clima emocional de la díada. Como explicó una persona terapeuta:
Hay un saber diádico implícito. Observar la relación no verbal: ¿el niño se sienta de espaldas a su madre o a su padre, cerca, lejos? […] Cuando surge un tema, les ofrezco un objeto y los invito a jugar. A través de eso, se encuentran con la complejidad de la experiencia, y entonces podemos hablar desde otro lugar.
Aquí, la persona terapeuta utiliza el objeto como herramienta de valoración: la manera en que la figura parental y el niño o la niña entran en el juego de movimiento, lo evitan o lo negocian revela patrones de conexión, de tensión y de disposición relacional. Otra persona terapeuta describió un momento de valoración de la comodidad relacional: «Una niña se sienta en el regazo de su padre, pero él se siente incómodo. Les ofrezco una tela elástica y les propongo probar distintas distancias, sentarse más cerca, más lejos, para que puedan sentir cómo les hace sentir cada posición». Estos ajustes guiados y corporeizados permitían a la persona terapeuta y a la figura parental observar patrones de proximidad, de incomodidad y de regulación mutua, lo que abría el camino a una comprensión más profunda de la relación con el niño o la niña. En este sentido, los cambios de distancia espacial funcionaban no solo como intervenciones, sino también como sondeos diagnósticos que permitían a la persona terapeuta valorar los patrones de regulación, los límites y los niveles de comodidad de la díada, al tiempo que las figuras parentales presenciaban directamente esas dinámicas relacionales.
2.4.1 Un espacio para expresar necesidades primarias
La mayoría de las personas terapeutas señalaron que el movimiento ofrecía a la infancia un cauce para expresar necesidades tempranas del desarrollo como ser sostenida, contenida, mecida, descansar y calmarse por sí misma. A través del movimiento, niñas y niños podían acceder a experiencias preverbales de apego y de seguridad relacional difíciles de alcanzar verbalmente. Como explicó una persona terapeuta: «El movimiento ofrece legitimidad y placer en el hecho de ser pequeño y de necesitar cuidados.» Un ejemplo se refería a una niña de 4 años que había vuelto a mojar la cama, estaba inquieta, lloraba con facilidad y hablaba muy poco. La madre estaba ansiosa y el padre, emocionalmente distante. La persona terapeuta lo describió así: «La niña quería gatear y volver a ser un bebé. Invité a la madre a ver a su bebé: eso era lo que expresaba el cuerpo.» En otro caso, la persona terapeuta describió un momento en el que tanto una bebé como su hermano mayor comunicaban profundas necesidades de consuelo:
Cogí a la bebé en brazos y le canté. El mayor miraba maravillado y luego pidió tumbarse como un bebé. Le dije: “No pasa nada, puedes descansar”. Una semana después, la madre contó que estaba notablemente más tranquilo.
En todos los relatos, las personas terapeutas subrayaron que estos momentos de regresión no se trataban como una patología, sino como respuestas naturales al trauma y a la desconexión. El espacio basado en el movimiento permitía que esas necesidades afloraran con seguridad y dejaba sitio a experiencias corporeizadas que las palabras por sí solas no podían contener.
2.4.2 Un hogar para la seguridad relacional
Tras un trauma, tanto el niño o la niña como la figura parental suelen cargar con una tensión emocional elevada. Las madres y los padres pueden sentirse ansiosos, agotados o emocionalmente bloqueados, mientras que la infancia lucha con la regulación y la incertidumbre. Según todas las personas terapeutas, la interacción basada en el movimiento creaba un «hogar relacional», un espacio seguro y corporeizado en el que estas dinámicas emocionales podían sostenerse sin juicio ni desbordamiento. Dentro de este espacio, la regresión, el descanso y la cercanía emocional podían surgir con naturalidad y sostener a ambos miembros de la díada. El cuerpo se convierte en un lenguaje compartido a través del cual la figura parental y el niño o la niña pueden volver a encontrarse, no como una persona cuidadora desregulada y una criatura en apuros, sino como dos personas que participan en un proceso mutuo. Una persona terapeuta describió este proceso:
Al principio, las madres y los padres estaban rígidos, mirando desde un lado. Pero cuando el niño empezaba a moverse, poco a poco se sumaban. A veces se sentaban juntos en el suelo, respirando al mismo ritmo. Se notaba cómo la sala se calmaba. Se convertía en un lugar donde podían volver a encontrarse, no como una madre o un padre angustiados y un niño asustado, sino simplemente como dos cuerpos que se encuentran.
Otra persona terapeuta explicó cómo el movimiento compartido restablecía el ritmo relacional: «Cuando la madre o el padre se movía con el niño, aunque fuera un pequeño balanceo, algo cambiaba. El niño se relajaba y la persona adulta se ablandaba. El movimiento les daba un lugar seguro para reconectar.» Una tercera se hizo eco de este patrón y señaló la apertura relacional creada por el movimiento: «Con el tiempo, las familias estaban más dispuestas a unirse a sus hijos en el movimiento y a vivir la intensidad junto a ellos.» En todos los relatos, estas experiencias corporeizadas compartidas marcaban puntos de inflexión en los que la propia relación podía sentirse, regularse y redefinirse a través del cuerpo y no solo de las palabras. De este modo, el movimiento ofrecía una base preverbal para la seguridad relacional y se convertía en el suelo sobre el que podía reconstruirse la conexión tras el trauma.
Este estudio exploró las interpretaciones de psicoterapeutas sobre las intervenciones diádicas basadas en el movimiento realizadas en contextos de emergencia con madres, padres e hijos en tiempos de crisis y de desplazamiento. Surgieron dos grandes dominios temáticos: (1) el valor terapéutico de la intervención diádica para las figuras parentales y la infancia en contextos de emergencia, y (2) el lugar central del movimiento como medio transformador y diagnóstico en el trabajo con el trauma.
En la discusión que sigue, los cinco subtemas identificados en el dominio general «El valor terapéutico de las intervenciones diádicas en situaciones de crisis y de emergencia» se integran en tres metatemas que recogen aportaciones conceptuales de orden superior: (1) el papel activo de la persona terapeuta en la crisis y la vitalidad corporeizada como puente hacia la reconexión parental, (2) el trabajo diádico como proceso de dos ejes, y (3) empezar por el niño o la niña como manera de implicar progresivamente a la figura parental en la terapia. Estos metatemas representan una síntesis de los resultados en un plano interpretativo más amplio, con el fin de formular los principios terapéuticos subyacentes del trabajo diádico basado en el movimiento en situaciones de emergencia.
Los resultados ponen de relieve el potencial singular de las intervenciones diádicas para sostener tanto la regulación emocional como la presencia relacional de la figura parental y del niño o la niña en contextos de emergencia. En lugar de situar al niño o la niña como único «paciente identificado» (Pantone, 2000), el enfoque diádico establece un espacio terapéutico compartido en el que ambos miembros de la relación son vistos, sostenidos y reciben la oportunidad de transformarse. A diferencia de la terapia diádica convencional, que suele surgir en respuesta a dificultades relacionales o a retos del desarrollo, las intervenciones aquí analizadas se sitúan en el marco de crisis externas de guerra y de desplazamiento. En tales contextos, el malestar no tiene su raíz principal en la propia relación parento-filial, sino que nace de un caos ambiental abrumador y de amenazas contextuales (Sim et al., 2018). En consecuencia, el foco terapéutico se desplaza de la resolución de una patología relacional y la reparación de dinámicas relacionales internas hacia la restauración de la vitalidad emocional y de la presencia en condiciones de supervivencia.
Las personas terapeutas subrayaron la fuerza de la presencia física y emocional de la figura parental, incluso en silencio. Esto concuerda con los marcos basados en el apego (Bowlby et al., 1992) y con los modelos de corregulación (Feldman, 2007), que destacan el potencial regulador de la proximidad y de la atención sintonizada. En los momentos de miedo o de inmovilización, la presencia conjunta de la figura parental y de la persona terapeuta ofrecía a la criatura un punto de anclaje. La presencia testimonial de la figura parental aportaba una sensación de seguridad que hacía posible la expresión emocional infantil, al tiempo que permitía a la madre o al padre reconectar desde una perspectiva renovada.
En contextos de trauma, la presencia no es pasiva. Permite una forma de reflejo no verbal que confirma la experiencia interna de la criatura y ayuda a la figura parental a pasar de una vigilancia ansiosa a un reconocimiento implicado (Hadar et al., 2025). Esta dinámica es coherente con los modelos de sintonía del hemisferio derecho y de regulación mutua que destacan el papel de la presencia corporeizada en la restauración de la organización emocional tras el estrés (Beebe and Lachmann, 2002; Stern, 2010). Las figuras parentales pasaban del miedo a la curiosidad y reconectaban con su hijo o hija no como un problema, sino como una fuente de vitalidad y de sentido relacional. Poco a poco eran capaces de reconectar emocionalmente, tanto consigo como personas cuidadoras como con su hijo o hija como agente de vitalidad y de sentido relacional. Estas observaciones sugieren que el trabajo diádico en la crisis estabiliza a la criatura a la vez que facilita la reimplicación parental (Lieberman and Van Horn, 2011; Masten and Narayan, 2012), lo que pone de relieve la postura terapéutica particular que exigen los tiempos de crisis (Hadar et al., 2025).
Una distinción central de la terapia diádica de emergencia es la mayor actividad corporeizada de la persona terapeuta durante la crisis aguda. Las personas terapeutas asumían temporalmente funciones parentales a las que las figuras parentales, por el trauma o el agotamiento, no podían acceder. A diferencia de los enfoques diádicos convencionales, en los que una implicación excesiva de la persona terapeuta podría considerarse desempoderadora o intrusiva (Fraiberg et al., 1975; Lieberman and Van Horn, 2011), esta postura se entendía como una respuesta adaptativa y a corto plazo que sostenía, y no sustituía, la propia capacidad de sintonía y de implicación de la figura parental.
Las personas terapeutas recurrían a gestos de juego, al ritmo y a la presencia física para ofrecer al niño o la niña una capacidad de respuesta afectiva, a la vez que servían de modelo de implicación para la figura parental. Esto encarna el poder regulador de la corregulación no verbal y de la comunicación del hemisferio derecho (Ogden et al., 2006; Schore, 2003). Una vez que las figuras parentales veían que su hijo o hija recibía calidez y una presencia sintonizada, se sentían atraídas a participar, lo que sugiere que la actividad corporeizada en situaciones de emergencia puede facilitar la reimplicación con más rapidez que los modelos tradicionales.
Las personas terapeutas describieron el encuentro terapéutico como algo que se despliega a lo largo de dos ejes interdependientes, uno orientado hacia el niño o la niña y otro hacia la figura parental, lo que refleja los modelos del trauma relacional en los que el bienestar de cada miembro está interconectado (Lieberman et al., 2005). Cuando se ayudaba a las figuras parentales a elaborar su propio malestar, se volvían más disponibles emocionalmente, lo que permitía una corregulación más eficaz. Este cambio en la presencia parental permitía a la infancia volver a habitar formas de juego y de expresión adecuadas a su desarrollo, en lugar de compensar mediante un cuidado prematuro de las personas adultas o mediante el retraimiento. Estas observaciones coinciden con resultados según los cuales una figura parental más regulada sostiene a un niño o una niña más regulados (Tronick, 2007), algo especialmente relevante cuando el sistema nervioso de la persona adulta está desbordado.
Este proceso de dos ejes refleja los datos que indican que la adaptación de la infancia durante el desplazamiento mejora principalmente gracias al refuerzo de la regulación y de la capacidad emocional de las personas cuidadoras (Sim et al., 2018). En lugar de fragmentar el apoyo, el encuadre diádico fomenta un campo compartido de regulación emocional y de recuperación conjunta, en el que ambas partes se benefician de la resonancia y la influencia mutuas.
Aunque muchas figuras parentales entraban al principio en las sesiones convencidas de que estaban destinadas sobre todo a su hijo o hija, las personas terapeutas observaron que, con el tiempo, las dinámicas emocionales y relacionales cambiaban. El movimiento expresivo del niño o la niña atraía poco a poco a la figura parental hacia un campo emocional compartido y revelaba sus propias necesidades de regulación y de conexión. Las figuras parentales se implicaban gracias a la atracción relacional natural del movimiento de su hijo o hija, en consonancia con los modelos según los cuales las señales corporeizadas y los ritmos compartidos crean conexión (Kestenberg and Buelte, 1977; Stern, 2010). En este contexto, la criatura servía a menudo de ancla reguladora, que invitaba a la figura parental a momentos de presencia compartida y reintroducía elementos de juego, de espontaneidad y de implicación emocional. Este proceso bidireccional facilita la regulación infantil y permite a la figura parental acceder a recursos internos y relacionarse desde una postura renovada, más flexible, volviendo a tejer la conexión tras el trauma.
El segundo gran tema pone de relieve el movimiento como lenguaje terapéutico fundamental, especialmente vital en contextos de crisis en los que la expresión verbal suele ser limitada o inaccesible. En estos contextos, el movimiento cumplía múltiples funciones terapéuticas: medio proyectivo, cauce de regulación y de expresión, herramienta diagnóstica y puente relacional entre la figura parental y el niño o la niña. El movimiento entrelaza estas funciones y hace posible la transformación terapéutica a lo largo del proceso diádico.
El movimiento permitía a la infancia exteriorizar con seguridad emociones complejas y facilitaba la regulación. Patrones como una contracción seguida de una liberación expansiva señalaban el paso de la inmovilización a la vitalidad (Amighi et al., 1999) y mantenían a la criatura dentro de una ventana de tolerancia. Estos momentos de vivacidad recuperada resuenan con el concepto de formas de vitalidad de Stern (2010), que describe las cualidades dinámicas del movimiento en las que se apoya la experiencia relacional. Estos cambios incluían a menudo un movimiento balístico (Shahar-Levy, 2001), es decir, gestos espontáneos y enérgicos que indican la liberación de una tensión acumulada. Estas experiencias corporeizadas restablecían una sensación de control y de capacidad de acción en una infancia que se había sentido impotente o paralizada. Al recuperar su capacidad de acción corporal, niñas y niños dejaban de vivir su cuerpo como pasivo o amenazante. Al contrario, mediante un movimiento exploratorio, redescubrían el juego, la puesta a prueba de los límites y la expresión de sí. Esto concuerda con la investigación que muestra que la DMT favorece la regulación emocional y la elaboración del trauma en poblaciones diversas (Betty, 2013; Devereaux and Harrison, 2022; Grasser et al., 2019; Harris, 2007).
Esta recuperación de la capacidad de acción corporal no se limitaba a la infancia. También las figuras parentales se veían atraídas a menudo hacia momentos de movimiento y redescubrían la alegría y la corregulación junto a sus hijos e hijas. El movimiento permitía a madres y padres salir de rígidos papeles de cuidado y encontrarse con su descendencia desde el disfrute mutuo. Este paso de «gestionar» a «encontrarse con» el niño o la niña creaba nuevas vías para restablecer la conexión, la corregulación y la transformación mutua dentro de la díada parento-filial.
Esto se asemeja al paradigma Still-Face de Tronick (2007), en el que las rupturas de la sintonía se reparan mediante una presencia emocional renovada. Las personas terapeutas ayudaban a las figuras parentales a pasar de una inacción paralizada a una capacidad de respuesta recuperada mediante el movimiento conjunto corporeizado, en el que la vitalidad espontánea de la criatura catalizaba la liberación de la figura parental. En conjunto, los resultados indican que el encuadre diádico constituye un campo de curación bidireccional, en el que los beneficios terapéuticos se producen no solo en la regulación infantil, sino también en la vitalidad y la reimplicación emocional de la figura parental.
Aunque las personas terapeutas trabajaron con familias de comunidades culturales y religiosas diversas, sus relatos casi no contenían referencias explícitas a los significados culturales del movimiento, del contacto físico o de la expresión emocional. Una interpretación posible de este relativo silencio es que refleja la inmediatez y la intensidad del contexto de emergencia, en el que las personas terapeutas se centraban sobre todo en la regulación básica, la seguridad y una presencia estabilizadora. En condiciones tan agudas, las necesidades humanas compartidas de protección y de conexión pueden eclipsar temporalmente los patrones de interacción propios de cada cultura. Esta interpretación pone de relieve la importancia de examinar cómo reaparecen o se transforman los marcos culturales una vez que se estabiliza la fase de crisis inmediata, y cómo se negocian los procesos diádicos corporeizados dentro de los distintos grupos culturales y entre ellos.
Las personas terapeutas describieron el movimiento como un lugar de testimonio mutuo, en el que tanto ellas como las figuras parentales podían sintonizar con el mundo interno infantil a través de señales no verbales. Esto refleja los principios del Movimiento Auténtico (Payne, 2024), en el que presenciar el movimiento espontáneo cultiva la empatía y la presencia relacional. Este testimonio se volvía transformador: creaba momentos de reconocimiento corporeizado, un «te veo», que trascendían la expresión verbal. En las figuras parentales, esto permitía que las defensas se suavizaran y que se acercaran al mundo interno de su hijo o hija con más compasión y un acceso emocional mayor.
El movimiento servía también de lente diagnóstica. Las personas terapeutas observaban micropatrones de postura, de proximidad, de sincronía y de ritmo para valorar la capacidad de regulación y las dinámicas de apego (Beebe and Lachmann, 2002). Los patrones de tensión, de retraimiento o de desajuste guiaban adaptaciones en tiempo real y orientaban la estrategia terapéutica. Este uso de la observación corporeizada es coherente con la investigación sobre la interacción diádica, que muestra que señales no verbales sutiles, como los cambios de ritmo, de temporalidad afectiva o de orientación espacial, reflejan procesos de regulación y expectativas relacionales subyacentes (Feldman, 2007; Stern, 2010).
El movimiento hacía posible el cambio relacional. El movimiento, estructurado y espontáneo, permitía a las díadas explorar nuevas formas de cercanía, de separación y de capacidad de respuesta. Esta renegociación experiencial concuerda con los modelos de psicoterapia corporeizada, según los cuales el cambio relacional no se produce solo mediante el insight, sino también mediante nuevas experiencias sensoriomotoras que revisan las memorias relacionales implícitas (Amighi et al., 1999; Frank and La Barre, 2011). Estas experiencias corporeizadas compartidas hacían posibles nuevos relatos relacionales basados en el juego y en la exploración mutua, en lugar del miedo o el control.
En la base de este trabajo se encontraba la propia presencia corporeizada de la persona terapeuta como modo central de comunicación terapéutica. En lugar de basarse principalmente en intervenciones verbales o en estrategias conductuales, las personas terapeutas practicaban una escucha corporal y sintonizaban con los cambios de proximidad, de intensidad y de cualidad del movimiento como señales emocionales esenciales. Esto refleja los modelos de comunicación del hemisferio derecho (Schore, 2003) que sitúan el cuerpo de la persona terapeuta como medio de corregulación, de sintonía y de contención (Vulcan, 2009, 2016). Mediante su presencia física y un movimiento relacional, las personas terapeutas encarnaban un modelo de seguridad corporeizada y de disponibilidad emocional. Tras un trauma, cuando la comunicación verbal y simbólica puede ser frágil o inaccesible, esta relacionalidad corporeizada servía de puente decisivo. Permitía a la infancia y a sus familias sentirse reconocidas y acogidas en un plano corporal, a menudo antes de que fuera posible la expresión verbal.
El movimiento abría el acceso a necesidades tempranas del desarrollo que reaparecen tras un trauma: necesidad de descanso, de contención, de consuelo y de regresión. Las personas terapeutas describieron cómo tanto la infancia como las figuras parentales señalaban necesidades de ser sostenidas o consoladas a través de la postura, el gesto y la proximidad. En lugar de patologizar estas expresiones, las personas terapeutas las reconocían como respuestas naturales a la desconexión y al agotamiento emocional. Estos momentos de regresión corporeizada se señalaban a menudo como puntos de inflexión del proceso terapéutico.
El espacio de movimiento se convertía en un «hogar» relacional, donde la figura parental y el niño o la niña podían encontrarse más allá de las etiquetas de «niño desregulado» y de «persona cuidadora angustiada». Dentro de este espacio, la reparación relacional no se producía mediante la interpretación o el insight, sino mediante una presencia corregulada, un ritmo compartido y una disponibilidad corporeizada. El movimiento abría paso a una calidad de encuentro que era física, emocional y profundamente humana. En este sentido, los resultados concuerdan con la investigación sobre terapias diádicas basadas en las artes en contextos de desplazamiento, que destaca igualmente cómo las experiencias preverbales, sensoriales y rítmicas pueden sostener las necesidades tempranas de apego cuando la comunicación verbal está comprometida (Hadar et al., 2025). Estos paralelismos sugieren que, en las distintas modalidades de las artes creativas, las experiencias corporeizadas que admiten la regresión pueden ofrecer una vía fundamental de reparación relacional cuando tanto la figura parental como el niño o la niña funcionan con una capacidad emocional reducida.
Los resultados de este estudio aportan enseñanzas clínicas que van más allá del ámbito de las intervenciones basadas en el movimiento. Subrayan el valor terapéutico de la presencia corporeizada y sitúan el cuerpo a la vez como fuente de conocimiento clínico y como instrumento central de curación. Para todas las personas terapeutas que trabajan con familias en crisis, esta investigación pone de relieve la importancia de atender a las dimensiones preverbales y corporales del malestar.
Entre las implicaciones clave figuran reconocer tanto al niño o la niña como a la figura parental como pacientes que necesitan sostén emocional, validar la presencia compartida como fuerza reguladora y utilizar el movimiento, el juego y la sintonía corporeizada para facilitar la conexión. En contextos de emergencia en los que el trauma continúa y las capacidades verbales suelen estar comprometidas, el movimiento y la presencia relacional pueden convertirse en intervenciones terapéuticas primarias, una vía directa hacia la reconexión y la reparación.
La capacidad de la persona terapeuta para moverse, jugar y actuar sin esperar a las palabras puede reabrir la relación parento-filial. En esos momentos, la persona terapeuta no se limita a observar o a facilitar, sino que participa en la creación de un ritmo compartido de recuperación, que empieza en el cuerpo y solo más tarde puede encontrar su camino hacia otras formas de lenguaje. Una investigación reciente centrada en la persona usuaria (Klapisch et al., 2025) refuerza estos resultados al mostrar cómo la resonancia no verbal, la sintonía y la escenificación corporeizada sostienen la recuperación del trauma desde la perspectiva de quien recibe la terapia. Esta convergencia entre la perspectiva de las personas terapeutas y la de las personas usuarias subraya un principio clínico fundamental: dar forma activamente al espacio terapéutico como un entorno corregulado y corporeizado, en lugar de basarse únicamente en métodos verbales u orientados al insight. Para la práctica clínica, esto significa atender a las interacciones corporeizadas de ambos miembros de la díada, intervenir mediante el movimiento y el ritmo compartidos y favorecer la coconstrucción de un campo relacional regulado. De este modo, la implicación corporeizada mutua se convierte en una vía clínica central para restaurar la vitalidad y la conexión dentro del sistema familiar.
Los resultados de este estudio proceden exclusivamente de los relatos y las interpretaciones de las personas terapeutas. Como tales, representan la construcción de sentido profesional de estas y no relatos directos de las figuras parentales o de la infancia. Este diseño de perspectiva única ofrece una visión valiosa de la experiencia vivida de las personas terapeutas, pero no incorpora las perspectivas vividas de las propias familias. Los estudios futuros se beneficiarían de incluir datos de múltiples perspectivas, recogiendo los relatos de terapeutas, figuras parentales y niñas y niños, para profundizar en la comprensión de los procesos diádicos aquí identificados.
Además, los resultados sugieren que el encuadre diádico constituye un campo de curación bidireccional, en el que los beneficios terapéuticos surgen no solo en la regulación del niño o la niña, sino también en la vitalidad y la reimplicación emocional de la figura parental. Se necesita más investigación para examinar los mecanismos mediante los cuales la transformación parental contribuye a un crecimiento postraumático duradero para la familia en su conjunto.
Los factores culturales constituyen otro ámbito que merece mayor exploración. Como se señaló en la discusión, las personas terapeutas no hicieron referencia a los significados culturales del movimiento, del contacto físico o de la expresión emocional. Aunque ello pueda reflejar la inmediatez de las condiciones de crisis, es probable que los marcos culturales moldeen de manera importante la interacción corporeizada. La investigación futura debería estudiar cómo se despliegan las intervenciones diádicas basadas en el movimiento en contextos culturales, étnicos y de refugio diversos.
Por último, este estudio utilizó una terminología descriptiva y no la de los sistemas formales de análisis del movimiento, para dar prioridad a la accesibilidad y mantenerse cerca de la construcción de sentido vivida por las personas terapeutas. La investigación futura podría completar este enfoque interpretativo con una codificación sistemática de las cualidades del movimiento, a fin de profundizar en la comprensión de los procesos de cambio corporeizados en distintos contextos culturales y clínicos. Los estudios podrían incorporar un análisis del movimiento basado en vídeo para captar procesos microrrelacionales como la sincronía, la ruptura, el desajuste y la reparación.
Este estudio ofrece una perspectiva en profundidad sobre cómo psicoterapeutas que trabajan en condiciones agudas, en contextos de emergencia, recurren a intervenciones diádicas corporeizadas para favorecer la regulación, la reconexión y la reparación relacional. Aunque se basan únicamente en los relatos de las personas terapeutas, los resultados muestran cómo movilizan la presencia, la vitalidad y el testimonio relacional, yendo a menudo más allá de los modelos tradicionales de neutralidad reflexiva, para responder a las necesidades urgentes de las figuras parentales y de la infancia en crisis. El movimiento se reveló no solo como un medio de expresión del trauma, sino también como una lente diagnóstica, un puente relacional y un catalizador del desarrollo, que hizo posibles procesos terapéuticos rara vez accesibles por medios verbales. Estas aportaciones subrayan el valor de enfoques informados por el cuerpo y sintonizados en lo relacional en la atención de emergencia, y ponen de relieve el encuadre diádico como un campo de curación bidireccional, en el que el cambio terapéutico se despliega mediante procesos recíprocos entre la figura parental y el niño o la niña. En conjunto, los resultados muestran cómo el trabajo diádico corporeizado puede restablecer la conexión y la vitalidad emocional en momentos en que las familias se enfrentan a una profunda ruptura.
Complexe Systémique: lo esencial
Lo que llama la atención aquí es el alejamiento del paciente identificado: en tiempos de guerra y de exilio, el malestar no nace primero de la relación parento-filial, sino de un entorno que se ha derrumbado, y el encuadre diádico se convierte en el lugar donde el sistema se reorganiza. La figura parental que acudió «por el niño» se descubre sostenida a su vez; el niño o la niña, mediante el juego, devuelve a la persona adulta hacia la vitalidad; la persona terapeuta presta durante un tiempo funciones parentales sin apropiarse de ellas. Para la práctica sistémica, cabe retener el bucle de corregulación de dos ejes, la lectura de las distancias, los ritmos y las posturas como observación directa de la relación, y la regresión acogida en lugar de corregida. Conviene, no obstante, ser prudentes: diez terapeutas que miran hacia atrás sobre su propio trabajo, ninguna voz de las familias ni de la infancia, un equipo investigador de la misma disciplina y significados culturales del contacto y del movimiento que quedan sin abordar. Para leer junto con el artículo sobre los primeros auxilios psicológicos para familias en tiempos de guerra y el artículo sobre la eficacia de la psicoterapia parento-filial con niñas y niños pequeños traumatizados.
Notas del original
1 Nota metodológica: para garantizar la accesibilidad a un público multidisciplinar, el movimiento se describió a lo largo del estudio con un lenguaje comunicativo y clínicamente descriptivo, en lugar de con marcos analíticos especializados como el Kestenberg Movement Profile (Amighi et al., 1999) y la Emotorics (Shahar-Levy, 2016). Esta decisión reflejaba la orientación fenomenológica del estudio y su atención a la construcción de sentido subjetiva de las personas terapeutas más que a la categorización del movimiento. Por ello, el énfasis analítico se puso en la función terapéutica y la experiencia vivida del movimiento, tal como las transmitieron las personas terapeutas, más que en un análisis formal del movimiento.
Financiación: la autoría declaró no haber recibido apoyo financiero para este trabajo ni para su publicación.
Declaración ética. Los estudios con seres humanos fueron aprobados por el Comité de Ética de la Faculty of Social Welfare and Health Sciences de la University of Haifa (aprobación n.º 132/24). Los estudios se realizaron de conformidad con la legislación local y los requisitos institucionales. Las personas participantes dieron su consentimiento informado por escrito para participar en este estudio. Se obtuvo el consentimiento informado por escrito de las personas afectadas para la publicación de cualquier imagen o dato potencialmente identificable incluido en este artículo.
Contribuciones de la autoría. MV: conceptualización, visualización, recursos, validación, análisis formal, redacción – revisión y edición, curación de datos, metodología, investigación, redacción – borrador original, supervisión. TD: redacción – revisión y edición, investigación, recursos, administración del proyecto. ES: metodología, redacción – revisión y edición, supervisión, redacción – borrador original, investigación, recursos, curación de datos, conceptualización, análisis formal, validación.
Conflicto de intereses. La autoría declaró que este trabajo se llevó a cabo en ausencia de cualquier relación comercial o financiera que pudiera interpretarse como un posible conflicto de intereses.
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Traducción no oficial al español de Moving bodies, healing bonds: dyadic embodied psychotherapy in crisis settings, de Maya Vulcan, Tamar Dvir y Einat Shuper Engelhard, Frontiers in Psychology, vol. 16, art. 1714477 (2025), doi: 10.3389/fpsyg.2025.1714477, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Traducción no oficial del artículo original «Moving bodies, healing bonds: dyadic embodied psychotherapy in crisis settings», publicado en Frontiers in Psychology (2025) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página. Prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Vulcan, M., Dvir, T., y Shuper Engelhard, E. (2025). Moving bodies, healing bonds: dyadic embodied psychotherapy in crisis settings. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/moving-bodies-healing-bonds-dyadic-embodied-psychotherapy-in-crisis-settings (Obra original publicada en 2026 en Frontiers in Psychology, 16, 1714477 (2025); republicada en 2026 por Frontiers in Psychology, https://www.frontiersin.org/articles/10.3389/fpsyg.2025.1714477/full)
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