Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Advances in Mental Health · Familia
Veinte personas adultas crecieron con una figura parental que vivía con una enfermedad mental grave. Hoy, la mayoría trabaja, mantiene relaciones estables y se describe como resiliente. Sin embargo, todas hablan de oportunidades perdidas y de baja autoestima. Kate Blake-Holmes y sus colegas de la University of East Anglia extraen de ello un Modelo de Aquiescencia: seis creencias que enseñan a la persona menor a callar, a disculpar la enfermedad y a asumir la responsabilidad, hasta dejar de contar para sí misma.
Traducción no oficial al español de The impact of acquiescence: a model of coping developed from children of parents with mental illness, de Kate Blake-Holmes, Emma Maynard y Marian Brandon, publicado en Advances in Mental Health (Taylor & Francis) (2023), doi: 10.1080/18387357.2023.2206037, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Se trata, más bien, de un proceso psicológico gradual en el que la persona menor no solo aprende a dejar de lado sus propias necesidades, sino que acaba perdiendo la capacidad misma de reconocerlas.
Kate Blake-Holmes, Emma Maynard y Marian Brandon
Resumen
Este artículo explora el impacto psicológico de crecer con una figura parental con enfermedad mental. Se desarrolla un Modelo de Aquiescencia a lo largo del ciclo vital para mostrar cómo las estrategias de afrontamiento elaboradas en la infancia siguen teniendo efectos en la edad adulta.
La realización de entrevistas narrativas biográficas con 20 personas adultas que habían crecido con una figura parental con enfermedad mental permitió obtener relatos que abarcan desde la infancia hasta la actualidad. Se empleó un análisis narrativo temático para comprender cómo las personas participantes daban sentido a la enfermedad mental de su figura parental y a su propio papel en ella.
Las personas participantes recordaron experiencias y circunstancias familiares traumáticas, inseguras y abrumadoras. Las afrontaron atribuyendo las adversidades a la enfermedad mental y centrándose exclusivamente en la vulnerabilidad de sus padres, con lo que adoptaron un rol de cuidado e ignoraron sus propias necesidades. La mayoría se presentaba como resiliente, adaptable y con recursos, con empleo y con relaciones estables. Sin embargo, pese a este éxito aparente, todas expresaron un profundo sentimiento de oportunidades perdidas y una baja autoestima.
Con el Modelo de Aquiescencia ilustramos cómo y por qué la infancia se adapta a experiencias familiares difíciles y complejas, y explicamos cómo se desarrolla el proceso personal e interpersonal de la parentificación. La persona se posiciona como insignificante, impotente y silenciada, capaz de provocar cambios o de mantener relaciones únicamente anticipando, identificando y satisfaciendo las necesidades de las demás personas. Este modelo subraya la necesidad de apoyar el bienestar psicológico de esta infancia mediante un enfoque centrado en la familia en su conjunto, que permita comprender el impacto de la enfermedad mental parental y situar en el centro las necesidades de la persona menor.
Palabras clave: enfermedad mental parental; parentificación; cuidado; diferenciación del self; sistemas familiares; afrontamiento; aquiescencia
La salud mental y el bienestar de la infancia están íntimamente ligados a los de sus padres. Para algunas personas menores cuyos padres viven con una enfermedad mental grave y persistente, esto puede traducirse en consecuencias negativas bien documentadas en la literatura (Reupert & Maybery, 2016). Estas consecuencias pueden manifestarse en múltiples ámbitos de su vida: su propia salud psicológica (Reupert & Maybery, 2009), el rendimiento escolar (Becker & Sempik, 2019), un aumento de las dificultades conductuales y del desarrollo, el aislamiento (Reupert & Maybery, 2016), un mayor consumo problemático de sustancias en la edad adulta (Mowbray & Oyserman, 2003) y una agencia limitada en la vida adulta (Blake-Holmes, 2019; Hamilton & Adamson, 2013).
No obstante, es importante tener presente que cada situación y su impacto son profundamente individuales. Las hijas e hijos de personas con enfermedad mental no constituyen un grupo homogéneo: sus experiencias y el impacto de estas son únicos para cada individuo y no pueden generalizarse.
La enfermedad mental parental (PMI) no está vinculada a ninguna consecuencia específica para la persona menor. Forma parte, más bien, de una dinámica compleja entre la seguridad de la relación paternofilial y el contexto social de la experiencia individual de la figura parental, de su familia, su comunidad y la sociedad. Del mismo modo, no toda la infancia se verá afectada negativamente por la PMI, ni todas las personas menores de una misma familia se verán afectadas de la misma manera (Reupert & Maybery, 2016). Existen factores complejos que influyen en la vulnerabilidad y la resiliencia de cada menor. También existen interacciones claras entre las necesidades de las familias complejas y las adversidades socioeconómicas a las que se enfrentan, que hacen más difícil discernir el impacto de la enfermedad mental de forma aislada. Además, se ha demostrado que, en las circunstancias adecuadas, prestar cuidados a seres queridos puede tener resultados positivos. Las personas jóvenes cuidadoras adquieren una serie de habilidades prácticas y emocionales, se enorgullecen de expresar su amor a través del cuidado y muestran empatía, resiliencia y autoeficacia (Gough & Gulliford, 2020; Rutter, 2013). Es el reconocimiento de estos factores lo que amplía nuestra comprensión del impacto multifacético de la PMI: desde la identificación de consecuencias adversas hasta la comprensión de cómo se producen y de cómo podemos mitigarlas.
Este artículo presenta un innovador Modelo de Aquiescencia derivado de los resultados de este estudio. El modelo permite comprender mejor cómo las necesidades complejas asociadas a la PMI pueden afectar a las dinámicas de cuidado dentro de la familia, conducir a la parentificación de la persona menor y obstaculizar su diferenciación del self.
A menudo se considera que el impacto de la PMI en la infancia se debe en parte al cuidado y a la responsabilidad que asume dentro de la familia. Esto puede ir desde tareas prácticas hasta tareas más emocionales, como vigilar el estado mental, buscar signos de recaída, levantar el ánimo de la figura parental y darle una razón para seguir con vida (Blake-Holmes, 2019). Estas tareas emocionales pueden resultar abrumadoras y agotadoras para una persona menor, y pueden ser difíciles de cuantificar o de explicar a personas ajenas a la familia.
Otro impacto de la PMI se vincula a la repercusión psicológica arraigada en la comprensión que la persona menor tiene de la enfermedad de su figura parental, de sus relaciones familiares y de la manera en que se sitúa dentro de lo que puede ser una dinámica compleja y frágil.
La teoría del apego se apoya en una comprensión de las relaciones y del desarrollo psicológico, en la medida en que considera el papel de las emociones y, en su vertiente evolutiva, busca comprender las estrategias psicológicas que la infancia utiliza para dar sentido a su entorno social y adaptarse a él (Howe, 2005). La PMI puede afectar al desarrollo psicológico y emocional infantil (McCormack et al., 2017). En un nivel fundamental, la infancia necesita sentirse segura y vista, y en momentos de adversidad debe creer que sus personas cuidadoras la valoran y son capaces de brindarle protección (Howe, 2005). Sin embargo, para que los padres puedan ofrecer el entorno físico seguro y el apego emocional seguro óptimos para un desarrollo saludable, necesitan poder comprender las necesidades emocionales de su descendencia, tenerlas presentes y responder a ellas de manera autorreflexiva (Nolte, 2013). Esta atención mental a la persona menor puede resultar difícil para una figura parental que vive una enfermedad mental, ya que intenta gestionar las manifestaciones y consecuencias específicas de su propio malestar emocional, además de los retos y tensiones esperables de la crianza en general (Howe, 2005; Nolte, 2013).
Esto puede complicarse aún más por los efectos secundarios incapacitantes de la medicación psicotrópica, el miedo a una intervención profesional punitiva y el estigma, que les impiden acceder a las redes de apoyo en las que se apoya la mayoría de las familias y construirlas (Nolte, 2013). En tales circunstancias, la relación entre la persona menor y su figura parental puede invertirse, de modo que la primera empieza a asumir un papel sustancial de cuidado hacia la segunda. En su forma más extrema, esto puede llevar a que la persona menor empiece a «hacer de madre o de padre» de quien debería cuidarla.
La parentificación se define como un patrón de interacción familiar en el que la persona menor proporciona cuidado y apoyo a su figura parental en lugar de recibirlos de ella. Este cuidado y este apoyo exigen que realice tareas para las que no está preparada ni emocionalmente ni por su nivel de desarrollo. La parentificación puede tener consecuencias negativas para la infancia que perduran en la edad adulta. Entre ellas puede figurar un mayor riesgo de problemas internalizantes y la ausencia de un sentido de sí, en particular si el nivel de responsabilidad dentro de la relación parentificada impide a la persona menor ocuparse de sus propias tareas evolutivas. La dimensión emocional de la parentificación conlleva un riesgo psicológico mayor para la infancia, ya que es difícil de cuantificar o de enmarcar de manera constructiva (Borchet et al., 2018).
La parentificación es un concepto multidimensional, singular tanto para la persona que vive el fenómeno como para el contexto en el que se sitúa; por ello presenta atributos individuales y contextuales. Entre ellos figuran la percepción de equidad de las tareas, el hecho de que se realicen por un sentimiento de obligación, y si el cuidado prestado es reconocido y correspondido. Estos atributos individuales están inextricablemente influidos y afectados por factores externos como la percepción social del cuidado, la naturaleza de la enfermedad y el apoyo del que dispone la familia (Hendricks et al., 2021). Cuando se le exige realizar tareas que superan su nivel de madurez sin apoyo, una persona menor puede tener dificultades para mantener un sentido de sí resiliente en medio de relaciones de cuidado exigentes (Hendricks et al., 2021).
En algunas circunstancias, la PMI puede menoscabar la cohesión, la receptividad emocional, la flexibilidad y la capacidad de adaptación que requiere un sistema familiar que funcione bien. Si la enfermedad es grave o persistente, puede volverse abrumadora para la familia, y las necesidades de la persona que recibe los cuidados pueden parecer prioritarias frente a las de la persona menor. Este desplazamiento de las necesidades y su impacto en el sistema familiar pueden dañar la relación entre quien recibe los cuidados y quien los presta, distorsionando así los roles y las expectativas dentro del sistema familiar.
Resulta útil considerar la experiencia vivida de quienes crecen con PMI a través de la lente de la teoría de los sistemas familiares de Bowen (Haefner, 2014. Hooper, 2007), según la cual todas las relaciones humanas se sustentan en el tira y afloja de las dinámicas familiares, orientadas en torno a dos fuerzas motrices: una hacia la unión y otra hacia la individualidad. Esto significa que incluso las decisiones y los comportamientos que aparentemente se adoptan con independencia de la familia siguen estando fuertemente influidos por ese sistema, cuyas costumbres, expectativas y respuestas se encuentran en un flujo dinámico constante a lo largo del tiempo y cambian poco de una generación a otra (Haefner, 2014; Pyecroft & Bartollas, 2014). Ambas fuerzas, la de unión y la de separación, son clave para el desarrollo infantil y humano.
La unión, que refleja la cohesión con el sistema familiar, actúa como base de los patrones relacionales a lo largo de toda la vida. Cuando la cohesión es fuerte (pero no asfixiante), estos lazos familiares aportan también seguridad y autoestima, y ofrecen una plataforma sobre la que desarrollar una identidad segura (Hooper, 2007). Su contrapunto, la separación, permite a las personas desarrollar la diferenciación del self, gracias a la cual la infancia puede madurar hasta convertirse en personas adultas independientes y trazar su propio camino. Mientras que la teoría de Bowen sostiene que la diferenciación del self favorece la autoeficacia y la identidad propia, su ausencia puede dejar a las personas más vulnerables a la crítica y al conflicto, y llevarlas a buscar el refuerzo externo de los demás (Haefner, 2014). La falta de diferenciación del self también se describe como fusión emocional: una dificultad para distinguir las propias respuestas emocionales de las del sistema familiar, asociada sobre todo a familias desbordadas por una ansiedad crónica (Haefner, 2014; Hooper, 2007; Pyecroft & Bartollas, 2014).
Existen fuertes asociaciones entre este fenómeno y la infancia que asume roles parentificados (Hooper, 2007; Jankowski et al., 2013). La propia parentificación sitúa a la persona menor como cuidadora y a la figura parental como receptora de cuidados. Esta nueva jerarquía de prioridades desplaza a la persona menor del centro de unas expectativas que normalmente garantizan la atención a sus necesidades de cuidado y de desarrollo. Puede vincularse con el trauma infantil y la negligencia, especialmente en la parentificación emocional, en la que la persona menor intenta compensar a su figura parental por su malestar emocional y psicológico, reprimiendo sus propias necesidades en favor de ella y, posiblemente, de otros miembros de la fratría (Jankowski et al., 2013).
A través de este rol parentificado, la persona menor se esfuerza por acceder a una relación con sus padres y mantenerla, lo que puede producirse a costa de sus propias necesidades (Howe, 2005). McCormack et al. (2017) definieron una forma elaborada de este fenómeno como la «persona menor cuidadora», que despliega conductas muy hábiles destinadas a anticipar y satisfacer las necesidades de sus padres. Estas conductas buscan mantener estable el entorno doméstico, proteger a la propia persona menor y a su familia y, al mismo tiempo, alimentar un vínculo emocional con sus padres. Al volverse experta en leer conductas imprevisibles y responder a ellas, la persona menor cuidadora puede encontrarse en un estado constante de hipervigilancia y activación. Aunque estas conductas de cuidado puedan interpretarse como una muestra de resiliencia y competencia, también pueden estar enmascarando sus propias necesidades.
Otro riesgo es que la infancia parentificada tenga menos capacidad para desarrollar la diferenciación del self debido a la codependencia generada. La diferenciación del self es una función que permite a la infancia convertirse en personas adultas independientes, capaces de autodeterminación y de una formación de la identidad que no se limite a reproducir las proyecciones parentales. Se asocia con una mayor autoestima y una identidad segura, sin dejar de preservar lazos duraderos con la familia de origen (Haefner, 2014).
La literatura sobre la parentificación se centra en definirla como concepto y en examinar sus posibles consecuencias para la infancia y la juventud que la viven. Sin embargo, se sabe poco del mecanismo que conduce al desarrollo de un falso self y de una identidad cuidadora.
En este artículo sostenemos que los atributos de la parentificación, el desplazamiento relacional en el sistema familiar y el desarrollo de una identidad cuidadora no son una decisión consciente de la persona menor. Se trata, más bien, de un proceso psicológico gradual en el que la persona menor no solo aprende a dejar de lado sus propias necesidades, sino que acaba perdiendo la capacidad misma de reconocerlas, plegándose de forma intuitiva a las necesidades de la persona a la que cuida. Este Modelo de Aquiescencia nos permite concluir considerando de qué manera la aquiescencia puede ocultar las necesidades de la infancia a los ojos de profesionales que trabajan con familias complejas, y formular recomendaciones para que la práctica profesional reconozca el desarrollo de esta estrategia psicológica y la mitiguen.
Este artículo se basa en un estudio que pretendía explorar las narrativas biográficas de personas adultas que habían crecido con PMI. Su objetivo era arrojar luz sobre cómo estas hijas e hijos (ya adultos) habían dado sentido a la enfermedad de su figura parental y a su propio papel en ella. Esta investigación cualitativa comprendió 20 entrevistas narrativas biográficas (Wengraf, 2001) con personas de todo el Reino Unido que se identificaban como habiendo crecido con PMI. Las preguntas de investigación exploradas fueron: ¿cómo dan sentido a su infancia las personas adultas que crecieron con una figura parental con enfermedad mental y qué efecto tiene esta comprensión en su vida adulta?
Los criterios de inclusión exigían que la figura parental de las personas participantes hubiera alcanzado el umbral de los servicios de salud mental secundarios, lo que abarcaba el ingreso en un hospital psiquiátrico, la atención especializada en salud mental en la comunidad y el seguimiento por parte de un psiquiatra. La elegibilidad para el estudio se confirmó mediante el relato verbal de las personas participantes sobre el uso de los servicios de salud mental por parte de su figura parental, en conversaciones previas a la investigación. Dado que el estudio se centraba en la experiencia de la persona menor durante su crecimiento, no era éticamente apropiado ni viable pedir documentación oficial relativa al estado de salud mental de sus padres; por ello, se dio crédito a la autodeclaración y a los relatos coherentes de las personas participantes.
El reclutamiento se realizó mediante una estrategia de bola de nieve, a partir de una página de Facebook creada para la ocasión. Esta página se difundió en el feed de Twitter del Centre for Research on the Child and Family de la University of East Anglia y entre personas de la red profesional y personal de la investigadora principal. A medida que avanzaba el estudio, las propias personas participantes compartieron también la información en sus redes. La investigadora principal presentó asimismo el estudio en una ponencia en un congreso de Young Minds, y se entregó la hoja informativa a las personas asistentes interesadas. Diez participantes fueron reclutadas a través de las redes sociales, ocho a raíz del congreso y dos por recomendación de otra persona participante. Las personas interesadas se pusieron en contacto con la investigadora y se comentaron la información inicial y los criterios de elegibilidad. Cuatro personas que no cumplían los criterios se pusieron en contacto; en esos casos, la investigadora reconoció sus historias y las orientó hacia organizaciones de apoyo en salud mental.
Dada la naturaleza sensible de este estudio, se prestó una atención considerable al posible impacto en las personas participantes, tanto durante la entrevista como después. La trayectoria profesional de la investigadora principal le aportaba competencias para anticipar el malestar y responder a él. Además, durante el proceso de selección se habló del posible malestar asociado a recuerdos no resueltos y se animó a las personas participantes a pensar en el apoyo que podrían necesitar durante la entrevista o después de ella. Tenían la posibilidad de hacer una pausa o detener la entrevista en cualquier momento. También podían retirarse del estudio y revocar sus datos hasta un mes después de la entrevista. Se entregaron a cada participante hojas de cierre adaptadas individualmente con los servicios de apoyo de su zona. Dos participantes necesitaron una conversación de seguimiento al día siguiente de la entrevista, y una de esas personas autorizó a la investigadora a contactar en su nombre con servicios locales (que ya la conocían). Aunque se reconoce que temas tan sensibles pueden conllevar un riesgo de malestar para las personas, es importante que estas historias se escuchen, y contarlas puede ser catártico y validante (Padgett, 2017; Pillow, 2003). El carácter encarnado de esta investigación hizo también que, en ocasiones, las entrevistas provocaran una respuesta emocional en la investigadora. Para gestionarlo se estableció un dispositivo de supervisión reflexiva de tres sesiones. En esas sesiones y en la investigación final no se revelaron datos identificativos. El Comité de Ética de la Universidad otorgó la aprobación ética.
Las edades de las personas participantes oscilaban entre 19 y 54 años, con una media de 31. Cuatro participantes procedían de una minoría étnica. Una persona participante había dejado la escuela sin ninguna titulación, y ocho tenían un título universitario (o estaban cursando estudios universitarios). En cuanto al empleo, dieciséis trabajaban, una estaba en paro, dos se dedicaban al cuidado del hogar y una estaba jubilada. Cuatro participantes compartían fratría y seis seguían viviendo en el domicilio familiar con sus padres. Dieciséis personas de la muestra seguían considerando que prestaban cuidados y apoyo a su padre, a su madre o a ambos. Siete participantes eran madres o padres. Diecisiete expresaron preocupación por su propia salud mental. Pese a los esfuerzos activos por reclutar a participantes varones, hubo un desequilibrio de género (cinco hombres y quince mujeres). Este desequilibrio se reflejaba también en las figuras parentales de las que hablaban: 12 participantes hablaron de la enfermedad mental de su madre, cinco de la de su padre y tres de que ambos estaban enfermos. Sin embargo, en cada una de estas tres últimas entrevistas el relato se centraba predominantemente en los recuerdos de la madre.
Se invitó a las personas participantes a contar su historia desde la infancia hasta la actualidad en entrevistas presenciales. Se las animó a estructurar el relato como quisieran. De acuerdo con el Método Narrativo Biográfico (Wengraf, 2001), la entrevistadora escuchaba con un mínimo de interrupciones, preguntas o estímulos. Las personas participantes vivían en el Reino Unido, y la única investigadora se desplazaba hasta ellas y las encontraba en espacios privados, como su propio domicilio u otros lugares de su elección que garantizaran la intimidad. Las entrevistas se grabaron en audio y duraron una media de 2.25 horas. Después, cada entrevista se transcribió literalmente.
Los datos se analizaron mediante un método narrativo temático (Riessman, 2008). Las transcripciones se codificaron y se creó un índice de codificación para cada participante. En las transcripciones se señalaron dispositivos de encuadre como los puntos de inflexión, las estrategias narrativas y las afirmaciones identitarias. Los temas emergentes se representaron visualmente para cada participante. No se seleccionaron por su representatividad, sino para desarrollar la exploración y la argumentación teóricas. Para conservar el sentido de la narración, se elaboró un relato biográfico de cada entrevista, aislando y ordenando los episodios narrativos en una línea temporal cronológica. Para mantener separadas las narrativas, cada entrevista se analizó individualmente, en un proceso iterativo de ampliación y condensación de las categorías temáticas y de la interpretación narrativa. Por último, se combinaron la codificación y las cronologías para examinar cómo interactuaban los temas y las narrativas dentro de cada caso y entre casos.
Todas las personas participantes recibieron un seudónimo y se eliminaron detalles para proteger el anonimato y preservar la confidencialidad. Algunos aspectos de los relatos no pueden presentarse por ser demasiado identificables y extremadamente sensibles.
Para comprender plenamente el impacto psicológico que la PMI puede tener en algunas personas, es importante tener claro cómo la vivió la persona menor y cómo sigue viviéndola en su vida adulta.
Las personas que confiaron sus historias a este estudio recordaron haber tomado conciencia de los problemas de salud mental de su figura parental de formas diversas, ya fuera a raíz de un incidente crítico repentino o de una comprensión gradual. Su edad y la manera en que tomaron conciencia de la enfermedad fueron determinantes en cómo le dieron sentido y en cómo entendieron su papel en ella. Otro factor importante fue el comportamiento que observaban en sus padres y que atribuían a la enfermedad mental.
Los comportamientos muy emocionales, imprevisibles y de riesgo eran los más difíciles de manejar para las personas participantes en aquel momento. Sin embargo, era el comportamiento crónicamente distante o emocionalmente plano el que parecía tener una connotación negativa más duradera para ellas. En esas circunstancias, si sus padres no eran capaces de mantener la atención centrada en la persona menor, se desatendía su necesidad de un apego emocional seguro.
La mayoría de las personas participantes habló de experiencias traumáticas debidas a la PMI y de niveles desproporcionados de adversidad y estrés a lo largo de su infancia. Describieron haber tenido que hacer frente a riesgos importantes de daño físico para sus padres, el resto de la fratría y para sí mismas. Recordaban sentirse vulnerables, asustadas y solas, y relataron los esfuerzos extraordinarios que hacían para ocultar a los demás lo que ocurría en casa por miedo a ser juzgadas o a una intervención. Ocho participantes hablaron de una infancia marcada por situaciones de negligencia física, y tres de haber sido agredidas físicamente por sus padres cuando estos atravesaban una fase aguda de la enfermedad. Tres relataron haber sufrido abusos sexuales por parte de personas que, según creían, se habían aprovechado de la enfermedad mental y la vulnerabilidad de su figura parental para acceder a ellas. Las personas participantes recordaron haber sentido un sentimiento abrumador de responsabilidad que les impedía buscar apoyo. Una participante recordó lo que le dijo su padre tras un episodio especialmente traumático, cuando tenía nueve años: «No puedes contárselo a nadie, porque si lo haces te llevarán y entonces tu madre se matará y será culpa tuya» (Jess).
Aunque estas dificultades extremas no se veían compensadas por un apoyo adicional ni por factores de protección evidentes, muchas de las personas participantes parecían, en apariencia, atravesar su infancia notablemente bien. Solo seis llegaron a ser atendidas por los servicios sanitarios o sociales por derecho propio. En todos estos casos, describen su experiencia con los servicios como breve y carente de interés. Ninguna fue señalada como motivo de preocupación por los servicios de salud mental que atendían a sus padres. Ninguna mencionó haber llamado la atención de la policía, a pesar de que cinco de ellas recordaban que, en ocasiones, la policía había tenido que intervenir por el comportamiento de su figura parental. Esto coincide con los hallazgos de la literatura sobre protección de la infancia en el Reino Unido, que señala fallos en la comunicación interinstitucional sobre los riesgos para la infancia (Brandon et al., 2020; Munro, 2011).
Como se ha señalado, solo una participante dejó la escuela sin titulación; de hecho, cuatro participantes cuya vida familiar era especialmente difícil se describieron como estudiantes modelo, personas calladas, concienzudas y deseosas de agradar. Aun así, hablaban de la jornada escolar como algo difícil, en la que a menudo estaban agotadas o preocupadas por lo que estaría pasando en casa. Se veían con pocas amistades o como personas marginales. Pese a ello, consideraban la escuela un refugio y procuraban que no se «descubriera» nada. La motivación de permanecer ocultas a las actitudes estigmatizadoras de quienes observan desde fuera está bien documentada tanto en la literatura sobre personas jóvenes cuidadoras (Blake-Holmes & McGowan, 2022; Warhurst et al., 2022) como en la literatura más amplia sobre el juicio social (Tyler, 2020).
En el conjunto de los relatos se percibía claramente que las personas participantes eran hábiles para mantenerse, y con ello mantener a sus padres, fuera del radar. Algunas contaban con orgullo cómo el personal profesional las veía como discretamente competentes y resilientes, mientras que muchas reflexionaban, ya adultas, que habían sido defraudadas, ignoradas y desatendidas por profesionales que podrían haberlas protegido. Incluso con esta reflexión, un tema común en los relatos era la minimización: varias personas participantes concluían sus recuerdos de adversidad y trauma con una frase parecida a «no era lo ideal, pero está bien» (Roman). Aunque la versión de sí mismas que presentaban al mundo exterior era la de la resiliencia y la adaptación exitosa frente a la adversidad, hay ejemplos que respaldan la afirmación de Howe (2005) de que muchas desarrollaron estrategias de cuidado para protegerse de la vulnerabilidad y del daño emocional que afrontaban. Entre ellas figuraban limitar sus oportunidades y volverse invisibles. Aprendieron a dejar de lado sus propias necesidades y a centrarse en las de su figura parental (y, en algunos casos, de la fratría) para mantener la relación y sobrellevar la situación psicológicamente (Haefner, 2014 cited Bowen 1966; Pyecroft & Bartollas, 2014).
No tengo ambición. Podría haberla tenido, pero pasar por todo ese caos te hace algo. Siempre estás esperando a que algo salga mal; simplemente no puedes dedicarte al 100% a otra cosa. – Terry
Cuando cuidaba de mamá, era invisible; tenía que hacer lo que ella quisiera hacer y yo no importaba… me costó mucho tiempo entender qué es lo que me gusta hacer y volver a ser visible. – Jess
Al reflexionar sobre el impacto de haber crecido con PMI, muchas personas participantes afirmaron que sus responsabilidades de cuidado y su preocupación seguían presentes, y que sus experiencias eran clave en su identidad adulta: las vivencias de la infancia y la relación con sus padres estaban, según decían, «escritas» en ellas.
Varias participantes consideraban que la PMI había sido un factor importante en las decisiones que tomaron sobre sus estudios y su carrera profesional. Algunas describieron no haberse sentido capaces de cursar estudios superiores por las necesidades de cuidado de su figura parental, mientras que otras eligieron expresamente universidades cercanas a su domicilio y percibidas como menos exigentes. Esto se reflejaba también en las carreras profesionales elegidas: tres participantes tuvieron que optar por empleos compatibles con las rutinas de cuidado de sus padres, por ejemplo trabajos por turnos a tiempo parcial. Cinco contaron que no habían perseguido sus ambiciones porque no se sentían con derecho a ello, o porque les preocupaba cómo sus decisiones vitales afectarían a la salud mental de su figura parental o a su capacidad para responder en los periodos de enfermedad.
Una proporción importante de las personas participantes (12) trabajaba en profesiones de cuidado. En estas entrevistas, afirmaban que las habilidades desarrolladas en respuesta a su experiencia infantil eran una ventaja en su vida adulta, ya fuera porque les habían dado un grado adicional de madurez e independencia o porque las habían preparado para apoyar a otras personas necesitadas. Jess se describía como alguien que había desarrollado una «navaja suiza» de habilidades de cuidado, mientras que Lucy, enfermera de salud mental, recordaba: «Me he estado formando toda la vida para trabajar con personas con problemas de salud mental».
Algunas participantes hablaron también de las dificultades para formar y mantener relaciones de pareja, tanto por el tiempo físico que podían dedicarles como por la comodidad que sentían con el papel que desempeñaban en ellas. En ocasiones, algunas sentían que se veían arrastradas a adoptar una identidad cuidadora que reproducía la que habían vivido con sus padres.
Las implicaciones y el impacto de la maternidad o la paternidad constituían también un tema poderoso, que surgió en 17 de las entrevistas. Su presencia en el relato de cada participante no solo tenía que ver con su experiencia de convertirse en madre o padre, sino también con sus esperanzas y temores, con la preparación que sentían que debían hacer o con las razones por las que sentían que la opción de tener descendencia les había sido arrebatada. Fuera cual fuera el punto focal, este tema ocupaba un lugar importante en sus relatos y estaba profundamente entrelazado con su sentido personal de identidad.
Seis de las participantes mujeres dijeron no sentirse capaces de tener descendencia propia porque creían que no habría espacio en su vida mientras siguieran cuidando de sus padres.
Nunca va a mejorar, creo que lo más probable es que vaya a peor, siempre va a ser una carga. Siempre me voy a sentir responsable; es como tener hijos mayores a los que nunca diste a luz. – Sophia
Para las siete personas que tenían descendencia, era necesario pensar y planificar cómo compaginarían los cuidados que antes prestaban a sus padres con sus nuevas responsabilidades hacia su propia descendencia. En el fragmento siguiente, Freya muestra cómo formar su propia familia le permitió por fin alcanzar la diferenciación del self, cuando una persona puede crecer con independencia de su familia de origen sin dejar de conservar sus vínculos (Haefner, 2014 ):
Creo que tener un bebé y tener un hijo me ha ayudado a desconectarme de ella… desde el momento en que estás embarazada eres responsable de esa criatura, y sabía que no podía permitirme estresarme demasiado por la situación, porque no solo me afectaría a mí, afectaría a otra persona. Así que creo que eso me ayudó a tomar distancia de ella. – Freya
Esta firmeza de convicción sobre lo que es aceptable para su propia descendencia y las medidas adoptadas para protegerla de posibles daños resultan especialmente interesantes y conmovedoras cuando se contrastan con lo que no solo vivieron durante su propia infancia, sino que aceptaron, interiorizaron y ante lo que se mostraron aquiescentes, minimizándolo como «no era lo ideal, pero está bien» (Roman).
En los relatos de las personas participantes surgió un tema clave: la incapacidad de expresar sus experiencias y los sentimientos asociados. Mientras se esforzaban por dar sentido a la enfermedad y a su propio papel en ella (a menudo sin orientación ni apoyo de personas adultas), se fueron desarrollando esquemas y estrategias psicológicas. Estos esquemas se entrelazaron con su propio sentido de identidad y se prolongaron en su vida adulta.
El tema más constante en los relatos era la incapacidad de la persona menor para expresar o comunicar lo que estaba ocurriendo. Al principio, esto se debía a que no se daba cuenta de que hubiera nada diferente en sus experiencias en casa o en su relación con sus padres. Cuando empezaba a notar diferencias con sus amistades, se encontraba ante el doble vínculo de no tener la comprensión ni el lenguaje suficientes para expresarse y, al mismo tiempo, estar en una edad en la que «encajar» con el grupo de iguales era una prioridad.
Seb contó que sentía que lo habrían señalado y posiblemente acosado si hubiera hablado del comportamiento de su padre:
No quería que me señalaran de ninguna manera, o porque quizá no habría sabido cómo expresarlo. Así que era como: bueno, mi padre llora todo el rato, y yo sabía que eso no era muy normal. Así que en realidad no tenía a nadie con quien hablar. – Seb
No me dejaban contárselo a nadie en el colegio porque mi padre era el director del colegio; era como un secreto sucio, y cada vez que mi madre tenía un intento de suicidio, no me dejaban contárselo a nadie. – Emily
Varias personas participantes hablaban de la PMI como si fuera una entidad separada de sus padres, y algunas intentaban distinguir entre lo que era un comportamiento causado por la enfermedad y lo que formaba parte de la personalidad de su figura parental. Muchas consideraban la enfermedad no solo imprevisible, sino también fuera del control de quien la padecía:
En una enfermedad mental no hay mucho control; no se puede repartir tanta culpa ni nada de eso. – Roman
Las personas participantes recordaban haber sentido niveles extremadamente altos de responsabilidad hacia sus padres. En parte se les pedía directamente, pero en gran medida venía desencadenada por un sentimiento de obligación, aprendido con el tiempo y la experiencia. Al igual que la inversión de las expectativas, estos niveles extremos de responsabilidad se alejan mucho de lo que en general esperaríamos de una persona menor. En lugar de ocuparse de la escuela, las amistades y sus aspiraciones, esta infancia se centraba en proteger a sus padres y en mantener a salvo a su familia.
Georgina recuerda haberse sentido «100% responsable» de la estabilidad emocional de su madre, y que esto se veía reforzado por el personal profesional implicado, que le preguntaba qué había hecho si su madre estaba alterada. Este desplazamiento de las prioridades propias de la infancia la dejó abrumada y aislada. Contó que no podía pedir ayuda al personal de salud mental porque temía que la culparan de alterar a su madre. Del mismo modo, su madre se presentaba como acosada y manipulada por los servicios, lo que llevaba a Georgina a sentir que debía protegerla de cualquier intervención y mantenerlos a distancia. Natalie habló del miedo de su padre a los servicios y de su propia desconfianza posterior. Su sentimiento de responsabilidad se veía aún más acentuado porque su padre solo confiaba en ella:
Cuando mi padre está maníaco o psicótico confía mucho en mí y no sé por qué; en nadie más de mi familia, está convencido de que todos están contra él. Pero a mí sí me escucha. Soy todo lo que tiene. – Natalie
Porque nunca pensé que escaparía de ese núcleo, pensaba que esta es mi vida y eso me daba bastante miedo, que mi futuro fuera solo cuidar de ella… No tengo salida, me guste o no. – Terry
Por dentro sí me enfado, pero no puedo hacer nada, no va a solucionar nada, solo tengo que seguir adelante y lidiar con ello. Llevo 19 años lidiando con ello, así que puedo lidiar con ello el resto. – Jenny
En realidad no te paras a mirar el impacto que tiene en ti a menos que te lo pregunten. Me hizo quedarme atrás, y obviamente no es culpa de mamá; siempre odio decir cosas así porque siento que la estoy criticando. Supongo que te pones en piloto automático y simplemente sigues. – Holly
Porque gran parte de todo aquello consistía en estar ahí para ella, no en mis sentimientos. Mis sentimientos no importaban mucho porque, supongo, en esas situaciones, si te pones a pensar «espera un momento, ¿cómo me siento yo con esto?», no habría tenido fuerzas suficientes para seguir cuidando de ella, la verdad. – Jess
La mayoría de las personas participantes sentía un fuerte sentido de responsabilidad hacia sus padres, combinado con la aceptación de que las necesidades de su figura parental debían anteponerse a las suyas. Catorce de ellas contaron que sentían con frecuencia que debían dejar de lado sus propias necesidades para poder responder a la estabilidad emocional y la seguridad física de su figura parental y mantenerlas. Esta sensación de renunciar a sus propias necesidades se veía reforzada en siete participantes que sentían que eran en parte la causa de la enfermedad. Jess veía como uno de los desencadenantes de la enfermedad de su madre sus propias experiencias de abuso sexual, y Monica se consideraba enteramente responsable de haber «contagiado» la enfermedad a su madre. Las otras cinco personas, Vivienne, Ethan, Jenny, Terry, Sophia y Lucy, describieron que la enfermedad de su madre se había originado en el momento de su nacimiento o por las presiones de la maternidad. Durante su entrevista, Jenny rompió a llorar mientras hablaba de su papel en la enfermedad mental de su madre:
Tuvo depresión posparto conmigo. Sé que es una tontería, pero siento que yo la causé, que es culpa mía. Como estoy viva, es culpa mía que ella esté así. Como si yo no debiera estar aquí porque eso la hace, la hace, no sé, ser como es, así que debería cambiar yo. – Jenny
La tendencia a dejar de lado sus propias necesidades era a veces un acto consciente, vivido con intensidad por las personas participantes, por ejemplo cuando Jenny se perdió la celebración de su propio cumpleaños con sus amistades para volver a casa a apoyar a su madre, que estaba angustiada y con ideas suicidas:
Era yo la que la recogía el día de mi cumpleaños, en plan: es mi cumpleaños, ¿no puedo disfrutar de este día?, ¿sabes? Pues no, no puedo. Seguramente suena egoísta por mi parte, pero ¿no podría tener solo un día? – Jenny
Podemos sentarnos en familia y hablar de todo. O sea, ya sabes, desde tener un padre enfermo hasta la muerte, el suicidio o lo que surgiera; no hay ningún tema tabú en nuestra familia. Hablábamos todo el tiempo de la enfermedad de papá y de sus sentimientos, pero nunca hablábamos de verdad de nuestros sentimientos. Desde luego, creo que, por mi parte, nunca quise mostrar que estaba como disgustado o que lo estaba pasando mal o lo que fuera, porque no quería empeorar las cosas para ellos. Si te soy sincero, creo que yo llorando un poco no le habría hundido más en una espiral de depresión, pero supongo que con siete, ocho, nueve años eso no lo sabes. – Seb
Prefiero ocuparme yo que dejar que otra persona tenga que ocuparse de esto; si puedo mantenerles una infancia lo más normal posible y que la disfruten, eso es importante para mí, ¿sabes? Me encantaría estar en esa situación, pero no lo estoy, así que si puedo preservar la de otra persona, para que no tenga que verse en esa situación, pues eso. – Jess
La renuncia a sus propias necesidades y sentimientos podía asociarse a la motivación de la persona menor de proteger a quienes la rodeaban, ya fueran amistades, la fratría o su figura parental, puesto que veía la enfermedad como algo central e intocable. Esto, unido a la falta de oportunidades para hablar de sus propios sentimientos, a su papel de satisfacer las necesidades emocionales y físicas de otras personas sin reflexionar sobre las suyas, y a la falta de conciencia o de reconocimiento por parte de los demás, contribuye a la sensación de no importar.
Esto resultaba especialmente pertinente en el caso de cuatro participantes que hablaron de haber sufrido abusos sexuales y de no haber estado protegidas. Ello contribuyó a su percepción del mundo como un lugar inseguro, en el que afirmarse podría hacerlas aún más vulnerables. Los abusos que Jess sufrió por parte de varias personas agresoras agravaron su sensación de no ser deseada o de valer poco. El papel que desempeñaba en el cuidado de su madre, aunque abusivo en sí mismo, le daba un sentido de pertenencia y de propósito:
Sé que desde muy pequeña no me querían; creo que, como sabía que no me querían, era un poco eso de no meterme en nada, y si no daba problemas, al menos no estorbaba, ese tipo de cosas. Luego, cuando mamá se puso muy enferma o fue a peor, era como: ah, vale, pues hago esto y me centro en ella e intento que se sienta mejor. – Jess
Al considerar las necesidades de la infancia que crece con PMI, el impacto de la experiencia resulta complejo. Hay factores que contribuyen a las necesidades de la persona menor, como las relaciones de apego, los recursos socioeconómicos y la red que rodea a la familia. El momento en que aparece la enfermedad y su forma de manifestarse son clave, al igual que la capacidad evolutiva de la persona menor para comprenderla y situarse como implicada pero no fusionada. Sin embargo, este estudio mostró con claridad que muchas personas menores no pueden acceder a un apoyo que les permita hablar de sus experiencias y comprenderlas junto con otras personas y que, en su aislamiento y en su necesidad de afrontar la situación, desarrollan su propio marco y esquema psicológico para sobrellevarla. Aunque esto pueda protegerlas en ese momento y permitirles construir una apariencia de competencia, a largo plazo puede resultar desadaptativo y socavar su relación consigo mismas y con el mundo que las rodea.
Definimos la aquiescencia como la aceptación reticente y pasiva de algo (o el sometimiento a ello) sin protesta. Este sentimiento de aquiescencia estaba profundamente arraigado en la mayoría de los relatos y parece fundarse en la comprensión que las personas participantes tenían de la enfermedad mental de su figura parental y de su propio papel en ella.
Como se ilustra en los resultados, puede clasificarse en seis dominios que forman un Modelo de Aquiescencia. Este modelo se presenta como un ciclo en el que cada dominio se relaciona con los demás, se solapa con ellos y los refuerza (Figura 1).

El Modelo de Aquiescencia se desarrolló de forma inductiva a partir de la investigación y puede interpretarse a través de la lente tanto de los sistemas familiares como de la teoría del apego.

Desde la perspectiva de los sistemas familiares, la preocupación principal es la PMI y la gestión de los comportamientos asociados. En respuesta a ello, la persona menor se ve como responsable de la enfermedad mental y subordinada a ella: lo que cuenta es lo que necesitan los padres, no lo que ella podría necesitar o desear. No espera que sus necesidades vayan a satisfacerse ni que deban satisfacerse, y no se siente legitimada para expresar enfado por ello, ya que no es culpa de su figura parental, sino una consecuencia de la enfermedad mental, que escapa al control y al reproche de cualquiera. Esta falta de consideración por sí misma puede agravarse por la culpa personal que la persona menor asume por la enfermedad mental y por el malestar consiguiente de su figura parental (Figura 2).
Al mostrarse aquiescente, dejar de lado sus necesidades y centrarse en las de sus padres (y de la fratría), la infancia que vive con PMI puede volverse experta. De forma intuitiva, sabe anticipar las necesidades de su figura parental y responder a sus estados emocionales, gestionando las crisis con aparente facilidad. Lo que podría parecer caótico si se dejara ver desde fuera solo lo parece a sus ojos si permite que sus propias necesidades, deseos y aspiraciones entren también en juego. Al aceptar su papel en la enfermedad mental de su figura parental y en la vida familiar que de ella se deriva, el caos se convierte en un sistema complejo de reglas, señales y expectativas que, si la persona menor las cumple, garantiza una sensación de relativa estabilidad y previsibilidad. Esta adaptación de las conductas de apego puede servir para acercarla tanto a su figura de apego como al sistema familiar, haciéndola sentirse más segura y protegida. Esta intersección entre el sistema familiar y la teoría del apego aporta una nueva comprensión de cómo patrones, observaciones y respuestas complejos se ensayan y se transforman después en estrategias de afrontamiento psicológicamente arraigadas.
Las personas participantes hablaron de los altos niveles de responsabilidad percibida y de las estrategias sofisticadas que tuvieron que desarrollar para mantener a salvo y conectados tanto a sus padres como a sí mismas, lo que ilustra la teoría de los sistemas familiares de Bowen en su determinación por mantener los lazos familiares (Haefner, 2014).
La tenacidad con la que la infancia mantenía la relación con su figura parental parecía imponerse al trauma que pudo haber vivido a causa de las acciones de esta, lo que refleja la teoría de los sistemas familiares de Bowen (Haefner, 2014). Como observan Pyecroft y Bartollas (2014), las familias negocian experiencias complejas dando prioridad a la supervivencia de la unidad familiar. Los comportamientos desadaptativos se acomodan y se sortean de forma prioritaria para mantener su funcionalidad. Sin embargo, en su infancia, las personas participantes habrían tenido además muchos menos recursos a los que recurrir si hubieran querido romper, ya que dependían de la familia para cubrir sus necesidades básicas. Sus estrategias servían tanto para minimizar el malestar y los posibles desencadenantes en su figura parental como para proteger a la familia de la intervención de unos servicios que temían como negativa y estigmatizante.
Los resultados de este estudio demuestran con fuerza la influencia que un mecanismo de afrontamiento de este tipo ejerce en la edad adulta. Estas estrategias de afrontamiento implícitas se mantienen a lo largo del ciclo vital, afectan a la identidad de las personas participantes como personas adultas y como madres o padres, y transfieren así el impacto de sus experiencias infantiles de una generación a otra.
El Modelo de Aquiescencia integra la teoría del apego y la de los sistemas familiares, y aporta una nueva comprensión de cómo se inicia el fenómeno en parte de la infancia, cómo se mantiene en el tiempo y cómo sigue influyendo en la vida adulta. Con esta comprensión, los servicios sanitarios y sociales pueden intervenir de forma proactiva para identificar las situaciones en las que una persona menor está desarrollando una estrategia de aquiescencia y tratar de romper el ciclo.
Por ello, es fundamental que los servicios de apoyo adopten un enfoque centrado en la familia en su conjunto al considerar las necesidades, los resultados y los riesgos potenciales a los que se enfrenta cada miembro de la familia. Los enfoques centrados en la familia en su conjunto permiten que servicios que a menudo funcionan por separado, como la salud mental de personas adultas y los servicios de infancia, trabajen juntos para considerar las necesidades globales de la familia y reconocer que la salud, el bienestar y el comportamiento de la infancia y de sus padres están interconectados (Woodman et al., 2020).
Gracias al Modelo de Aquiescencia es posible identificar a personas menores que, de otro modo, podrían haberse considerado discretamente competentes. El modelo permite también a profesionales cuestionar con cuidado los procesos de pensamiento de la infancia en torno a la responsabilidad, un proceso que debe retomarse en momentos clave de su desarrollo y de su transición a la edad adulta.
Cuando las personas adultas recuerdan el pasado, factores como la edad, la memoria y cualquier experiencia de terapia habrán influido en la manera en que contaron estas historias. Sin embargo, una lente biográfica de este tipo, que abarca todo el ciclo vital, es extremadamente valiosa. Estas entrevistas duraron una media de 2.25 horas, y los recuerdos eran detallados y, en la mayoría de los casos, seguían siendo muy viscerales para las personas participantes. Cuatro participantes habían sufrido abusos sexuales en la infancia. Aunque esta experiencia moldeó inevitablemente su vivencia y sus recuerdos, los abusos no fueron cometidos por su figura parental, y durante las entrevistas centraron sus recuerdos en la vulnerabilidad de esta y en la falta de una supervisión protectora. Las aportaciones de este estudio pueden servir de apoyo a futuras investigaciones e intervenciones con la infancia que vive hoy en estas circunstancias.
Complexe Systémique: claves
El interés de este artículo está en nombrar un mecanismo que la clínica encuentra a menudo sin verlo: la persona menor «discretamente competente» de una figura parental enferma, que no da ningún problema porque ha aprendido a no tenerlos. Al reunir el apego y la teoría de Bowen, el Modelo de Aquiescencia muestra que la parentificación no es una elección, sino un aprendizaje: callar, disculpar la enfermedad, creerse responsable y, después, dejar de sentir las propias necesidades. Para una lectura sistémica, la fuerza del texto reside en desplazar la atención del síntoma a la función: la aquiescencia mantiene el vínculo y la estabilidad de la familia, a costa de la diferenciación del self. La enseñanza práctica es doble: pensar en la familia en su conjunto y no solo en la persona adulta en tratamiento, y volver, en los momentos clave del desarrollo, a lo que la persona menor cree que debe cargar. Los límites son los de una muestra retrospectiva de 20 personas adultas, en su mayoría mujeres, en el Reino Unido. Para leer junto con el estudio sobre la experiencia emocional de la parentificación y el programa Family Talk en Irlanda.
Notas del original
Contribuciones de la autoría. Kate Blake-Holmes fue la investigadora principal y concibió el Modelo de Aquiescencia. Emma Maynard y Marian Brandon aportaron su experiencia y perspectivas teóricas específicas. El artículo fue redactado en un 80% por Kate Blake-Holmes y en un 20% por Emma Maynard. Marian Brandon asesoró y revisó el artículo.
Declaración de intereses. La autoría no declaró ningún posible conflicto de intereses.
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Traducción no oficial al español de The impact of acquiescence: a model of coping developed from children of parents with mental illness, de Kate Blake-Holmes, Emma Maynard y Marian Brandon, Advances in Mental Health, vol. 21, no 3 (2023), doi: 10.1080/18387357.2023.2206037, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra ha sido modificada en el sentido de la licencia. Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
El artículo original, «The impact of acquiescence: a model of coping developed from children of parents with mental illness», se publicó en Advances in Mental Health (2023) bajo licencia CC BY 4.0. Esta versión es una traducción no oficial al español realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, con una presentación adaptada para la lectura en línea, tal como se indica al principio de esta página. Prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Blake-Holmes, K., Maynard, E., y Brandon, M. (2023). The impact of acquiescence: a model of coping developed from children of parents with mental illness. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/the-impact-of-acquiescence-a-model-of-coping-developed-from-children-of-parents (Obra original publicada en 2023 en Advances in Mental Health, 21(3), 199-217 (2023); republicada en 2023 por Advances in Mental Health, https://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/18387357.2023.2206037)
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