Traducción asistida por IA

Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.

Journal of Child & Adolescent Trauma · Violencia

El sentido de pertenencia de la infancia en el contexto del acoso parental tras la separación: experiencias de niñas y niños finlandeses sobre sus relaciones familiares

«¿Tengo que querer a mi padre si no quiero?». Treinta y una personas jóvenes y menores de Finlandia, cuyo padre sigue acosando a su madre tras la separación, describen dónde sienten que pertenecen. El equipo de Anna Nikupeteri identifica cuatro formas de pertenencia, de la ambivalencia al rechazo del vínculo, y pide a profesionales que no sacrifiquen la seguridad de la infancia al ideal de la coparentalidad.

Autoría Anna Nikupeteri y Merja Laitinen (Faculty of Social Sciences, University of Lapland, Rovaniemi) y Kati Kallinen (Department of Social Sciences, University of Eastern Finland, Kuopio), FinlandiaPrimera publicación Journal of Child & Adolescent Trauma, 18 de noviembre de 2022Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de Children’s Sense of Belonging in the Context of Post-separation Parental Stalking: Finnish Children’s Experiences of their Family Relations, de Anna Nikupeteri, Merja Laitinen y Kati Kallinen, publicado en Journal of Child & Adolescent Trauma (Springer) (2023), doi: 10.1007/s40653-022-00494-x, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las declaraciones de final de artículo se agrupan en las notas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Las niñas y los niños de una misma familia no comparten necesariamente el mismo sentido de pertenencia.

Anna Nikupeteri, Merja Laitinen y Kati Kallinen

Resumen

Partiendo de investigaciones previas sobre violencia doméstica y acoso (stalking), este estudio aborda las experiencias de la infancia en torno a sus relaciones familiares en contextos de acoso parental tras la separación, desde la perspectiva del acoso como forma de violencia contra las mujeres y la infancia. Pese a que la violencia ejercida por un progenitor transforma de raíz la dinámica familiar y la percepción que la infancia tiene de la seguridad familiar, la investigación sobre las relaciones familiares de niñas y niños en situaciones de violencia doméstica o de acoso rara vez ha abordado su sentido de pertenencia. El objetivo de este artículo es ampliar nuestra comprensión de las experiencias infantiles de las relaciones familiares en relación con el acoso parental. La pregunta de investigación es: ¿cómo viven las personas menores su pertenencia en las relaciones familiares en el contexto del acoso parental tras la separación? En el estudio participaron 31 niños, niñas y jóvenes de entre 2 y 21 años. Los datos se recogieron mediante entrevistas y sesiones de grupos de acción terapéutica. El análisis cualitativo de los datos se orientó al contenido. Se identificaron cuatro dimensiones del sentido de pertenencia infantil: (1) pertenencia variable, (2) pertenencia en distanciamiento, (3) no pertenencia y (4) pertenencia sostenedora. Las tres primeras dimensiones se construyen en relación con el padre que ejerce el acoso, mientras que la cuarta incluye a la madre, a las hermanas y los hermanos y otras relaciones que proporcionan seguridad y consuelo. Las dimensiones son paralelas y no se excluyen mutuamente. El estudio indica que se necesita una comprensión más fina del sentido de pertenencia infantil en las relaciones familiares cuando profesionales de los servicios sociales y sanitarios y de las fuerzas del orden evalúan la seguridad y el interés superior del niño o la niña.

Palabras clave: Acoso; Violencia doméstica; Relaciones significativas; Interés superior del menor; Seguridad de la infancia

«¿Tengo que querer a mi padre si no quiero?». Esta es la pregunta que una de las personas menores entrevistadas le hizo a su madre durante nuestro proyecto de investigación1, y la que nos llevó a reflexionar sobre el sentido de pertenencia infantil en el contexto del acoso parental tras la separación. La pregunta refleja el ethos cultural occidental en las situaciones posteriores a la separación: la coparentalidad, la contribución de ambos progenitores a la crianza tras la separación y la percepción de la pareja maltratadora como un padre capaz (p. ej., Elizabeth et al., 2012; Holt, 2015; Jaffe et al., 2009; Radford & Hester, 2015). Esta forma de pensar puede, de hecho, pasar por alto la violencia parental y socavar así el bienestar y la seguridad de las niñas y los niños —y de sus madres— cuando la violencia y el acoso continúan después de la separación.

En este artículo, el acoso parental tras la separación se vincula con la investigación previa sobre violencia doméstica y violencia posterior a la separación (p. ej., Callaghan et al., 2015; Cater, 2007; Cater & Forssell, 2014; Katz, 2015; Noble‐Carr et al., 2020), y el acoso se aborda como una forma de violencia contra las mujeres y la infancia (p. ej., Logan & Walker, 2017). Los estudios han mostrado que, cuando las mujeres dejan a su pareja maltratadora, la violencia no siempre termina; al contrario, puede intensificarse tras la separación o continuar en forma de distintos tipos de violencia, control coercitivo y acoso (Bendlin & Sheridan, 2021; DeKeseredy et al., 2017). Aunque en distintas muestras las mujeres son estadísticamente víctimas de acoso con más frecuencia que los hombres (p. ej., Spitzberg & Cupach, 2014), las mujeres también pueden ejercerlo y las madres pueden dirigir conductas de acoso contra el padre de sus hijos e hijas (p. ej., Brooks et al., 2021); el acoso también puede darse en relaciones entre personas del mismo género (Strand & McEwan, 2011).

En este estudio, el acoso se define como una acción intensa y orientada a la persecución, con un patrón de conductas repetidas, intrusivas e intencionales —como seguir, hostigar y amenazar— que provocan miedo y angustia en las víctimas (p. ej., Chan & Sheridan, 2020; Logan & Walker, 2017; Spitzberg & Cupach, 2014). El acoso parental puede incluir actos violentos y no violentos. Por un lado, puede incluir intimidación, instrumentalización de la infancia para controlar a la madre, maltrato físico y amenazas de muerte. Por otro, puede consistir en que el padre escenifique cuidado, amor y añoranza hacia sus hijos e hijas (Nikupeteri & Laitinen, 2015; Løkkegaard et al., 2019). Tiene consecuencias socioemocionales y psicosociales negativas para la infancia, que se hacen visibles en las relaciones con sus progenitores. Estas consecuencias se ven agravadas por los recuerdos de la historia vivida con el progenitor maltratador y por su vida presente, marcada por las negociaciones entre la madre y el padre y por los intentos de hacer frente al acoso. El acoso como forma de violencia doméstica socava la agencia y el bienestar de la infancia y limita sus posibilidades de actuar y de buscar ayuda (Nikupeteri & Laitinen, 2015; Elklit et al., 2019; Logan & Walker, 2017; Pang & Thomas, 2020).

Los estudios muestran que, cuando el padre ha maltratado a la madre o a sus hijos e hijas, la relación de estos con el padre es complicada y pueden tener una visión ambivalente de él (p. ej., Arai et al., 2021; Holt, 2015; Øverlien, 2013). En varios estudios previos, las niñas y los niños han descrito su relación con el padre como marcada por el miedo, el odio, la ira y la decepción, pero también por la calidez, la amabilidad, el amor y el cuidado hacia él (p. ej., Cater, 2007; Mullender et al., 2002; Staf & Almqvist, 2015). Otros estudios han mostrado que la infancia percibe a la madre maltratada como su principal figura de cuidado, la que le brinda protección, aumenta su bienestar y favorece su recuperación (p. ej., Cater & Forssell, 2014; Katz, 2015; Lapierre et al., 2018; Leung, 2015). Una revisión sistemática cualitativa de las perspectivas infantiles sobre la violencia y el maltrato domésticos constató que la infancia responde de manera estratégica y diversa al maltrato vivido en sus relaciones, por ejemplo protegiéndose a sí misma y a otras personas (Arai et al., 2021). Al vivir violencia en las relaciones familiares, un niño o una niña puede perder tanto la sensación de ser cuidado y atendido como la confianza en la capacidad de sus figuras de cuidado para brindar apoyo y protección (Swanston et al., 2014). Cuando la infancia toma conciencia de sus formas habituales de ser y de hacer y percibe después que no puede llevar a cabo las tareas cotidianas a las que está acostumbrada, puede desarrollar un sentimiento de no pertenencia y de incomodidad en la relación con los miembros de la familia, en particular con el progenitor maltratador (véase May, 2011).

Este estudio forma parte de un proyecto finlandés más amplio, Children's Knowing Agency in Private, Multiprofessional and Societal Settings - The Case of Parental Stalking, que investiga las experiencias y la agencia de la infancia en situaciones de acoso parental. A partir de investigaciones anteriores sobre la infancia expuesta a la violencia doméstica, la hipótesis era que los relatos infantiles pueden aportar un conocimiento importante sobre el acoso parental. Partiendo de los propios relatos de niñas y niños, es posible obtener nuevas perspectivas sobre el acoso por parte de una expareja y construir una comprensión del acoso parental que pueda utilizarse para desarrollar servicios para la infancia y para valorar los regímenes de custodia y los contactos entre progenitores e hijos tras la separación. El presente estudio se centra, pues, en la pregunta de cómo vive la infancia su pertenencia en las relaciones familiares en el contexto del acoso parental tras la separación. La pregunta se aborda a través del concepto de pertenencia. La pertenencia es una cuestión contextual y polifacética, que puede verse afectada por diversos factores y abordarse desde distintas perspectivas que incluyen aspectos como el espacio, la etnicidad y la cultura (May, 2011). El enfoque de la pertenencia en este estudio se basa en las relaciones familiares de la infancia. Se considera que el sentido de pertenencia se apoya en relaciones familiares construidas en prácticas de intimidad, que sostienen una sensación subjetiva de cercanía y permiten a las personas estar en sintonía y ser especiales las unas para las otras (Jamieson, 2011). Los recuerdos de la violencia y del acoso ejercidos por un progenitor y las emociones que surgen de estas experiencias afectan a la manera en que niñas y niños se implican en las relaciones familiares. La pertenencia, como concepto relacional que implica interacción social e intersubjetividad, tiene mucho que ver con las emociones que surgen de esa interacción (May, 2011). Así, el sentido de pertenencia está estrechamente vinculado a las teorizaciones de Giddens (1991) sobre la seguridad ontológica y las relaciones puras. La primera permite a las personas experimentar una seguridad fundamental gracias a una confianza básica en los demás, mantener el bienestar psicológico y evitar la ansiedad. Las segundas significan que las personas pueden mantener relaciones por sí mismas.

La pertenencia también desempeña un papel en la construcción del sentido de sí en relación con nociones más abstractas de normas y valores sociales compartidos colectivamente (May, 2011). Las posibilidades de la infancia de mantener y crear relaciones familiares seguras tras la separación de sus progenitores están vinculadas a los contextos culturales y sociales. El ideal de la coparentalidad orienta el trabajo profesional y subyace a los acuerdos legales, lo que puede conducir a una situación en la que se mantiene el contacto del niño o la niña con el progenitor maltratador aunque, desde su perspectiva, sería más seguro evitarlo (Bergman & Eriksson, 2018; Humphreys et al., 2019; Løkkegaard et al., 2019). Los regímenes de contacto tras la separación deberían reconocer la complejidad de las relaciones familiares de la infancia (véase Noble-Carr et al., 2020) y su propia visión de lo seguras que se sienten en esas relaciones.

El objetivo de este artículo es ampliar nuestra comprensión de las experiencias infantiles de las relaciones familiares en relación con el acoso parental (p. ej., Nikupeteri & Laitinen, 2015; Elklit et al., 2019; Løkkegaard et al., 2019) y, más ampliamente, en el contexto de la violencia doméstica. Pese a que la violencia ejercida por un progenitor transforma de raíz la dinámica familiar y la percepción infantil de unas relaciones familiares seguras (p. ej., Mullender et al., 2002), el sentido de pertenencia no parece haber estado en el centro de la investigación sobre las relaciones familiares de la infancia en contextos de violencia doméstica y acoso. Sostenemos que, para salvaguardar la seguridad y el interés superior de la infancia frente al acoso parental tras la separación, quienes intervienen en los servicios sociales y sanitarios y en las fuerzas del orden necesitan desarrollar una comprensión más fina de las experiencias infantiles del sentido de pertenencia en las relaciones familiares.

Metodología

Participantes y recogida de datos

En el estudio participaron 31 niños, niñas y jóvenes (23 chicas y 8 chicos) de entre 2 y 21 años. Todas las personas participantes eran finlandesas, aunque en algunos casos el padre había nacido fuera de Finlandia. Todas vivían con su madre y casi todas tenían uno o más hermanos o hermanas. Algunas habían sufrido maltrato directo por parte del acosador, mientras que otras habían sido utilizadas como medio para que su padre o padrastro acosara a su madre. La mayoría seguía sufriendo acoso, aunque en tres casos el acoso había terminado porque el acosador había fallecido. En la mayoría de los casos, el acosador era el padre biológico y, tanto si era el padre biológico como el padrastro, no había diferencias en la manera en que las personas menores vivían el grado de nocividad del acoso. Por ello, utilizamos el término «padre» a lo largo de todo el artículo. En el caso de algunas de ellas, existía o había existido una orden de alejamiento contra el padre. Muchas mantenían contacto con su padre, al menos mediante encuentros supervisados.

El acoso, como fenómeno dinámico y variado, afectó a toda la muestra. Las niñas, los niños y las madres que sufren acoso sienten un miedo omnipresente, pueden ser objeto de amenazas de muerte, sufrir múltiples mudanzas e incluso vivir «en la clandestinidad» por su causa (p. ej., Nikupeteri & Laitinen, 2015; Logan & Walker, 2017). Con todo, el riesgo de consecuencias perjudiciales derivadas de la participación en el estudio tuvo que evaluarse de forma crítica (Laitinen & Nikupeteri, 2018).

Las personas participantes se reclutaron a través del Stalking Support Centre, centro nacional de apoyo a víctimas y autores de acoso. El personal experto en violencia del centro contactó con las familias que, en el momento del reclutamiento, cumplían los siguientes criterios: (1) la condición de usuaria de la familia se había prolongado debido al acoso del padre, (2) el niño o la niña era o había sido usuario por derecho propio y (3) era por lo demás apto para participar habida cuenta de la situación familiar o de su edad y grado de traumatización. Todas las personas menores estaban dispuestas a participar en el estudio, pero varias quedaron excluidas porque el personal experto consideró demasiado arriesgada su participación, al estimar que la conducta de acoso del padre era demasiado intensa o porque la madre y sus hijos e hijas tenían previsto mudarse en un futuro próximo. La muestra total estuvo formada por quienes cumplían los criterios mencionados. Ninguna de las personas participantes tenía diagnósticos que hubieran afectado a su participación en el estudio. Si hubiera habido más niños, niñas o jóvenes que cumplieran los criterios, se habrían incluido en la muestra.

Los datos se recogieron mediante entrevistas y sesiones de grupos de acción terapéutica. El equipo de investigación utilizó métodos diferentes porque se trataba de recoger datos de una población infantil de difícil acceso y con situaciones vitales diversas, ya que la intensidad de la conducta de acoso del padre puede variar con el tiempo (Logan & Walker, 2017). Además, se pretendía llegar tanto a niñas y niños pequeños como a jóvenes, que pueden preferir métodos de recogida de datos distintos. La recogida de datos se planificó en colaboración con el personal experto en violencia, con el objetivo de identificar procedimientos que se adaptaran a la edad y la situación vital de cada participante y protegieran y reforzaran al máximo su bienestar. Los dos métodos permitieron recoger datos en distintas formas: mediante la acción, la interacción y producciones orales y escritas. El personal experto consideró que algunas de las personas menores podían expresar sus experiencias verbalmente en entrevistas, mientras que otras necesitaban métodos diferentes que apoyaran su narración y les permitieran beneficiarse de un proceso grupal terapéutico con sus pares. El personal experto en violencia recogió los datos de investigación de forma periódica entre 2012 y 2019.

En el primer conjunto de datos, 18 niños, niñas y jóvenes (15 chicas y 3 chicos) de entre 4 y 21 años participaron en entrevistas. Podían elegir si querían ser entrevistados a solas o con su hermano o hermana. Seis fueron entrevistados individualmente y el resto por parejas. Las entrevistas se basaron en la entrevista centrada en quien narra (teller-focused interviewing; Hydén, 2014) y en una metodología narrativa abierta. Todas las entrevistas compartían el mismo marco temático, pero este se adaptó a la edad y la etapa de desarrollo de cada participante para lograr un ambiente acogedor para la infancia (Eriksson & Näsman, 2012). Los temas tratados fueron las acciones de acoso, las experiencias de violencia, las relaciones íntimas y las emociones, los recursos de apoyo, la necesidad de apoyo y las experiencias de encuentros con profesionales. Se informó a las personas participantes de que podían hablar libremente de sus experiencias, y quienes entrevistaban continuaban con preguntas. El personal experto también animaba a hablar mediante comentarios positivos y mostrando que valoraba sus descripciones. La duración de las entrevistas osciló entre 18 y 105 min. Se grabaron y transcribieron literalmente.

El segundo conjunto de datos procede de tres grupos de acción terapéutica centrados en las experiencias de la infancia ante la separación conflictiva de sus progenitores. En total, participaron en los grupos 13 niños y niñas (8 niñas y 5 niños) de entre 2 y 12 años, procedentes de siete familias. Se les reunió en grupos de tres a cinco en función de sus relaciones fraternas y de sus experiencias. Cada grupo tuvo entre ocho y diez sesiones, con una reunión semanal, lo que supuso 28 sesiones en total. El proceso grupal se planificó de modo que cada sesión se basara en uno o dos temas y en actividades relacionadas. Los temas se referían a las relaciones cercanas, la separación de los progenitores y la violencia, la (in)seguridad, las emociones y los recursos de apoyo. Las actividades de las sesiones incluían dibujar, pintar, conversar, hacer un collage y escuchar música, cuentos y teatro. Cada sesión duraba 90 min y se grabaron en vídeo. El proceso grupal, compuesto por múltiples sesiones, permitió obtener datos en profundidad sobre las experiencias de la infancia de una manera éticamente sólida y dio a las niñas y los niños la oportunidad de sentirse seguros y confiados, física y emocionalmente, para poder revelar sus experiencias. Las actividades creativas y corporales se utilizaron para ofrecer vías hacia la revelación verbal, ya que a algunas personas menores les puede resultar difícil poner en palabras las experiencias de acoso (véase también Fellin et al., 2019). Las sesiones grupales no se transcribieron, porque no podían documentarse adecuadamente debido a la acción y a las conversaciones simultáneas que se producían en ellas.

A lo largo de todo el proceso de investigación se tuvieron en cuenta los requisitos éticos de la investigación sensible, y el estudio se ajustó a las directrices éticas de The Finnish National Board on Research Integrity (2019). El proyecto de investigación fue aprobado por el Comité de Ética de la Investigación de la University of Lapland. Las dos delegaciones locales colaboradoras del Stalking Support Centre firmaron la autorización de investigación. Las personas participantes y sus tutores legales dieron su consentimiento informado; en el caso de la persona participante de dos años, fueron sus progenitores quienes dieron el consentimiento en su nombre. Por último, todas las personas participantes tuvieron la posibilidad de retirarse del estudio en cualquier fase.

Análisis de datos

El análisis de datos se orientó al contenido (Gibbs, 2007/2009). En la primera fase se centró en cómo describían las personas menores sus relaciones familiares y de otro tipo, cómo actuaban en esas relaciones y cómo describían los vínculos entre estas relaciones y el acoso parental. Las respuestas se buscaron mediante una lectura de las entrevistas transcritas guiada por los datos y mediante el visionado y la escucha de las sesiones grupales grabadas. Las relaciones cercanas con las que las personas participantes asociaban sus experiencias de acoso parental concernían a su padre, su madre, sus hermanos y hermanas, sus amistades, sus familiares y sus mascotas. Describían estas relaciones en términos de los roles de los miembros de la familia, incluidas las expectativas, obligaciones y responsabilidades que estos roles conllevan, y retrataban las emociones y los pensamientos que surgían de una situación familiar cargada por el acoso. La segunda fase incluyó una interpretación de ambos conjuntos de datos, centrada en el sentido de pertenencia de la infancia en las relaciones cercanas. El objetivo era averiguar cómo construían su sentido de pertenencia y cómo percibían con quién pertenecían. A partir del análisis se identificaron cuatro dimensiones del sentido de pertenencia infantil en las relaciones familiares: (1) pertenencia variable, (2) pertenencia en distanciamiento, (3) no pertenencia y (4) pertenencia sostenedora. A lo largo de todo el análisis fue importante tener presentes los posibles sesgos en la interpretación de las voces infantiles sobre sus relaciones familiares, ya que la comprensión de los relatos infantiles por parte de oyentes adultos puede variar mucho. Las niñas y los niños pueden tener sus propias comprensiones semánticas, y existe el riesgo de que el equipo de investigación cosifique sus voces aplicándoles sus propios marcos interpretativos (véase también Spyrou, 2011). A continuación, se desarrollarán las dimensiones del sentido de pertenencia infantil y se discutirán en relación con estudios previos. La edad, el género y otras características identificativas de las personas participantes en las citas se han anonimizado para proteger su privacidad.

Las cuatro dimensiones del sentido de pertenencia infantil

Pertenencia variable

El sentido de pertenencia variable se hace visible en la relación de la infancia con el padre maltratador. Se basa en una relación padre-hijo o padre-hija caracterizada por sentimientos ambivalentes hacia el padre y, como resultado de esta ambivalencia, la sensación de pertenecer o no pertenecer al padre puede cambiar según la situación. Esta dimensión de la pertenencia predomina especialmente entre las personas menores de menor edad, pero también es visible en las experiencias de las de más edad. El sentido de pertenencia variable tiene su origen en los lados buenos y malos del padre, pero también en la lealtad hacia los progenitores y en la percepción de la familia ideal. En los datos hay varios ejemplos en los que niñas y niños describen sus opiniones y recuerdos positivos del padre:

Sí, recuerdo que cuando era pequeño hacíamos muchas cosas juntos y también tengo buenos recuerdos, pero quizá los malos son los que más tengo presentes. … O bueno, sí que tenemos muchas fotos en las que, por ejemplo, duermo sobre la barriga de mi padre. (Participante menor)

En su mayoría, las personas participantes indicaron tener dificultades para mantener una relación con su padre. Una de las tareas de las sesiones grupales consistía en crear, mediante bricolaje, un árbol de relaciones sociales en el que las manzanas representaban las buenas relaciones y los limones las difíciles. Al hacer el árbol, algunas mostraron sentimientos ambivalentes hacia su padre, como reflejó una de ellas al intentar decidir si el padre estaría mejor representado por una manzana o por un limón:

También ha tenido algo de manzana, a veces [pensando en los lados buenos del padre], pero aun así no voy a poner una manzana… Ese limón [los lados malos del padre] en realidad es mi padre. Al que tengo que ver… y luego debería hablar [con el padre]. En realidad voy a verlo, pero… bueno, sí que voy a verlo, pero le digo directamente lo que pienso porque si no, no se lo cree.

El proceso grupal reveló que la concepción que tiene un niño o una niña de su relación con el padre puede cambiar de una sesión a otra. En la sesión siguiente, la persona citada colocó una manzana junto al limón, diciendo que el padre también tiene lados buenos. La tarea muestra asimismo que hijos e hijas que viven en la misma familia pueden tener sentimientos distintos y relaciones contradictorias con su padre. En una familia, todos los hermanos y hermanas tenían encuentros supervisados con su padre. En el árbol de relaciones sociales, los de más edad representaron al padre como una manzana, mientras que para el de menor edad el padre estaba muerto.

Los datos muestran que la percepción de que el padre tiene lados buenos y malos, así como un conocimiento incompleto de la situación familiar, pueden hacer que las personas menores quieran mantener la relación con él (también Cater, 2007). Por ejemplo, en una de las sesiones grupales, una de ellas expresó añoranza del padre y contó que le costaba entender las restricciones para verlo. Otra de las personas entrevistadas quería reconstruir la relación con el padre tras una interrupción de los encuentros. A menudo reconocían la conducta violenta del padre como parte de una personalidad polifacética, en la que los buenos recuerdos neutralizaban la mala conducta y alejaban la violencia de la relativa bondad del padre (también Callaghan et al., 2015; Cater, 2007).

En la pertenencia variable, las personas menores expresaban una necesidad emocional de pertenecer a su padre, pero la conducta de este chocaba con sus deseos y les dificultaba pertenecerle de manera recíproca. La lealtad hacia sus progenitores pudo influir en la manera en que percibían su relación con el padre. En las entrevistas, dos de ellas reflexionaron sobre su propia relación y la de sus hermanos o hermanas con el padre:

De todos modos, es mi padre. (Participante menor).

Pero creo que [mi hermano o hermana] todavía quiere algún tipo de relación [con papá]. Intenta de verdad llamar su atención y conseguir ese tipo de cuidado que no recibió de él. Y no tienen una buena relación. [Mi hermano o hermana] lo reconoce y siempre dice que él [el padre] no es una buena persona. Pero aun así quiere estar en contacto con él. (Participante menor)

El sentido de pertenencia variable muestra que la infancia tiene experiencias diversas de su relación con el padre. Por ejemplo, puede intentar reforzar esa relación aunque, al mismo tiempo, la cuestione tácitamente. Esto, a su vez, puede obstaculizar la posibilidad de definir sus relaciones familiares a partir de experiencias subjetivas de su calidad. Ello indica la necesidad simultánea de acceso al progenitor maltratador y de protección frente a él (Cater, 2007).

Pertenencia en distanciamiento

La dimensión de la pertenencia en distanciamiento concierne a las personas menores que han empezado a distanciarse de su padre, en lugar de tener un sentido unificado de pertenencia a la familia. Las entrevistas y las sesiones grupales indican que cuestionaban su pertenencia al padre porque la conducta de este les causaba decepción, inseguridad y miedo. En una de las entrevistas, la persona entrevistadora preguntó a una de ellas qué había ocurrido después de que empezara a tomar distancia del padre cuando la familia aún vivía junta:

De todos modos no hablábamos mucho, o sea, él no busca el contacto como lo querría un hijo… No le pedía nada, lo ignoraba por completo. Si tenía algo que decir, iba directamente a mi madre… No aceptaba ir a ningún sitio al que fuera toda la familia si él venía con nosotros… Empecé a dar señales bastante claras de que no lo quiero cerca y de que no quiero que me hable. No soporto su presencia.

Las niñas y los niños estaban angustiados y percibían como violento el acoso del padre hacia la madre o hacia ellos mismos. Sobre todo quienes tenían más edad eran conscientes de que la conducta del padre era culturalmente inaceptable y se habían vuelto críticos con él. Eran capaces de formarse su propia percepción de él (también Elklit et al., 2019; Krampe, 2003) y evaluaban las consecuencias negativas del acoso para sí, para su madre y para sus hermanos y hermanas.

– ¿Tienes encuentros con tu padre actualmente?

– Mis hermanos pequeños lo ven. Yo no.

– ¿Por qué no?

– No quiero. ….

– ¿Había algo en los encuentros que no fuera agradable?

– Eran angustiosos.

– ¿Había algo bueno en ellos?

– No.

El sentido de pertenencia al padre empezó a erosionarse también porque el padre mostraba una conducta incoherente, que alternaba comportamientos de cuidado y de amenaza (también Callaghan et al., 2015; Cater, 2007). Las personas menores eran conscientes de las maniobras sutiles del padre —como atraer al niño o la niña a su coche con caramelos— para ejercer control sobre ellas o sobre las madres (también Callaghan et al., 2015). Se daban cuenta de su papel instrumental y de que los contactos con su padre no tenían nada que ver con que las echara de menos, sino con su interés por la madre.

Por aquel entonces él todavía intentaba ponerse en contacto con nosotros, los hijos, o en realidad ponerse en contacto con mamá a través de nosotros [los hijos]. También nos mandaba mensajes, y en plan: contadme cómo está mamá, y: os doy 10 euros si me mandáis una foto de mamá. (Participante menor)

En la dimensión de la pertenencia en distanciamiento, las personas menores construían su sentido de pertenencia a partir de la autoidentificación y de otras formas de identificación (Yuval-Davis, 2011). Estas últimas entraban en juego cuando el padre u otras personas —en particular familiares y profesionales— intentaban influir en la comprensión que tenían de su pertenencia al padre (véase Konstantoni, 2012; Krampe, 2003). Algunas recibían un apoyo limitado de su entorno para definir de forma autónoma quién pertenece a su familia (también Staf & Almqvist, 2015; Swanston et al., 2014) y consideraban que las autoridades, u otras personas adultas, no pueden obligarles a estar en contacto con el padre si no quieren. Algunas se sentían confundidas cuando el propio padre o la familia paterna mantenían la imagen de un padre atento:

Pero cómo puedes pensar así de tu padre, decía él [el padre]. (Participante menor)

Apelaba [al hecho de] que soy su hijo biológico y que por eso deberíamos estar en contacto. De repente, yo le importaba. (Participante menor)

Según ellos [la familia paterna], papá no ha hecho nada, o nada de eso. No se lo creían, así que culpaban a nuestra madre de esas cosas y luego las relaciones entre ellos se rompieron. (Participante menor)

En la pertenencia en distanciamiento, la conducta maltratadora del padre colocaba a las personas menores en una situación de conflicto en la que tenían que considerar cómo posicionarse respecto a los miembros de la familia y cómo dar sentido a su pertenencia. Eran capaces de construir su propia comprensión de las relaciones familiares, lo que sentaba las bases para establecer nuevas relaciones sociales positivas y reforzar las existentes. La falta de un interés genuino por parte del padre socavaba su sentido de pertenencia a él (Giddens, 1991; Jamieson, 2011).

No pertenencia

Como consecuencia de la conducta de acoso del padre, algunas personas menores habían desarrollado un sentido de no pertenencia a su padre que a veces se extendía a la familia paterna. Esto era especialmente frecuente entre quienes tenían más edad, pero también entre los más pequeños, como en el caso de un niño o una niña de 6 años. El sentido de no pertenencia al padre ilustra su capacidad para ver críticamente sus relaciones familiares. Una de estas personas no tenía relación con el padre y no quería estar en contacto con él:

– ¿Qué piensas, qué tipo de relación tienes con tu padre?

– En realidad no tengo relación con él.

– ¿Te gustaría describirla o dar algún detalle?

– Después de que mi madre y mi padre se separaran, al principio me mandaba mensajes y me llamaba por teléfono y esas cosas. Lo bloqueé porque no quería estar en contacto con él.

Las personas menores comprendían bien cómo operaba la dinámica de control del padre en las relaciones familiares y mencionaban tanto la conducta violenta del padre hacia la madre o hacia ellas mismas como sus intentos de contacto, que no consideraban sinceramente afectuosos (también Callaghan et al., 2015). Algunas afirmaban que la razón principal por la que no querían ver a su padre era la mala calidad de la relación con él, y muchas decían que su padre no estaba tan presente como debería cuando pasaba tiempo con sus hijos e hijas (también Cater & Forssell, 2014; Holt, 2015; Pang & Thomas, 2020). Así, si la relación con el padre no era mutuamente gratificante, algunas acababan rompiéndola (también Øverlien, 2013; Staf & Almqvist, 2015). En una entrevista, una de estas personas contó que sus hermanos menores no querían relacionarse con el padre por su escasa capacidad como padre:

Ellos [los hermanos menores] no quieren verlo. Ninguno se siente realmente unido a él. Y son tímidos con él porque nunca construyó ningún tipo de relación con [mi hermano o hermana menor], y cuando mamá y papá se separaron tenía siete o seis años. Un día [mi hermano o hermana] dijo: «Él [papá] nunca hablaba conmigo, ni siquiera conozco a esa persona, así que para qué molestarse en ir a verlo otra vez». Ninguno ha expresado la necesidad de verlo. Más bien están contentos de habernos librado de él.

Algunas personas menores eran conscientes del papel manipulador del padre en la familia y de sus intentos de influir en su pensamiento y su acción, por ejemplo desacreditando a la madre, culpándola a ella o a sus hijos e hijas de la situación familiar y tratando de forma desigual a los hermanos y hermanas, favoreciendo a uno frente a otro. Consideraban la conducta del padre inmoral y errónea, como relató una de ellas en una entrevista:

Ha sido un alivio para mí en el sentido de que he podido poner límites. Y decidir que no quiero estar en contacto con él, porque vi cómo trataba, y sigue tratando, a mis otros hermanos que están en contacto con él. O cómo solía tratar a mi madre, y no quería formar parte de eso. Porque cuando todavía teníamos contacto podía usarme contra los demás sin que yo lo supiera. O sea, manipulaba a la gente.

El contexto cultural y social también se hizo visible en la manera en que las personas menores justificaban su sentido de no pertenencia al padre. La educación y la conciencia de sus propios derechos como ciudadanía eran factores importantes para apoyarlas en la toma de decisiones sobre sus relaciones familiares:

– ¿Cómo sabías que con 12 años se puede tomar la decisión de forma independiente [de no estar en contacto con el padre]?

– Es que entonces tienes bastantes derechos.

– Sí, es verdad. ¿Cómo sabías que con 12 años…?

– Por el libro de ciencias sociales [un libro de texto escolar].

– O sea, que aprendiste en el colegio, en clase de ciencias sociales, que cuando una persona tiene 12 años puede decidir si va [a ver al padre], ¿y eso es lo que le dijiste a la persona supervisora en el encuentro?

– Mmm. Sí, nos han enseñado que los derechos, que tienes más derechos cuando cumples 12.

Las personas menores también contradecían la comprensión cultural positiva de la relación entre progenitores e hijos. La contradicción se producía cuando, por ejemplo, algunas expresaban emociones positivas al hablar de la separación de sus progenitores o de las sanciones penales impuestas al padre. Una de ellas deseaba que el padre fuera condenado a prisión o incluso que muriera. La diferencia entre los códigos culturales establecidos y las experiencias reales de la infancia se hizo especialmente visible cuando las amistades de una de estas personas le dieron el pésame por la muerte de su padre, aunque para ella fuera un alivio:

Teníamos entonces a un amigo de visita y [el amigo] se quedó mirando, desconcertado por mi reacción [alegría y felicidad por la muerte del padre].

Las personas menores que vivían un sentido de no pertenencia eran conscientes del poder y del control que pueden tener en relación con su padre, y esta conciencia producía un fuerte sentido de autosuficiencia y de confianza en su propia capacidad para influir en sus relaciones familiares (también Callaghan et al., 2015). Su sentido de pertenencia, o la falta de él, era autoidentificado (Yuval-Davis, 2011) y sabían que tienen derecho a decidir a quién quieren pertenecer. La relación psicológica con el padre puede describirse como una relación en la que él es un «antipadre»; es decir, niegan su necesidad de un padre y su necesidad de mantener un sentido de pertenencia, una reacción basada en el miedo o el antagonismo (Krampe, 2003). La no pertenencia reconoce que la infancia puede buscar activamente una pertenencia que aumente su bienestar y le permita encontrar un significado moral en sus relaciones sociales.

Pertenencia sostenedora

La pertenencia sostenedora puede considerarse el núcleo del sentido de pertenencia infantil, en la medida en que permite mantener relaciones sociales recíprocas y gratificantes. En la pertenencia sostenedora, las personas significativas para la infancia incluyen a quienes brindan cuidado, consuelo y seguridad. En la sesión grupal en la que las personas participantes hicieron, mediante bricolaje, un árbol de relaciones sociales en el que las manzanas representaban relaciones positivas, la mayoría asignó manzanas a la madre, a sus amistades, a familiares y a las mascotas. También en las entrevistas describieron cómo estas personas y mascotas eran importantes para brindar apoyo y seguridad.

– ¿Quiénes son tus personas importantes en este momento?

– Mamá. Y el resto de la familia también. Las amistades. O sea, ahora mismo tengo un grupo de amigos bastante cercano. Gente a la que conozco desde hace muchos años, que sabe de mis cosas y yo sé mucho de las suyas. Hay otras personas también, familiares cercanos con los que tengo más contacto.

– ¿Te hacía sentir seguro [el perro]?

– Muchísimo. Me avisaba si pasaba algo; ladraba cuando oía ruido en el patio. Y seguro que, si lo hubiera soltado y hubiera atacado a papá, nadie se habría atrevido a venir. Sí, en ese sentido me protegía mucho.

La base de la pertenencia sostenedora es tener relaciones con personas capaces de atender las necesidades emocionales de la infancia y de brindarle seguridad (también Leung, 2015; Noble-Carr et al., 2020). Las personas menores compartían con su madre emociones negativas, como el miedo y la decepción, pero también positivas, como la confianza y el cuidado. Era crucial para ellas que también la madre y los hermanos y hermanas se sintieran seguros. Algunas adoptaban un papel de apoyo en la relación con su madre y sus hermanos y hermanas, cuidándolos y protegiéndolos del acoso del padre. Esta conducta de «cuidado controlador» puede ser una manera de satisfacer su necesidad de cercanía (Staf & Almqvist, 2015), aunque también suponía una carga importante para muchas de ellas. Por ejemplo, en las sesiones grupales, una de estas personas cuidaba constantemente de su hermano o hermana menor, mientras que en las entrevistas algunas contaron que se ocupaban de su madre y de sus hermanos y hermanas. Esta conducta rompe la premisa social relativa a los roles de los miembros de la familia.

En la construcción de la pertenencia sostenedora, la manera en que la infancia y otras personas, como el personal profesional, entienden la familia como concepto cultural desempeña un papel crucial. Para las personas menores era importante que profesionales y otras personas adultas reconocieran sus experiencias vividas de las relaciones familiares y las separaran del discurso general sobre la unidad familiar. Una de ellas contó que no fue posible hablar de una familia «de verdad» hasta que sus progenitores se separaron y se alejó del padre:

Por lo menos al principio era seguro estar en casa. No sé, pero el ambiente era tal que no tenías que estar en alerta. De verdad podías estar en casa y hacer lo que quisieras…. No sé, a lo mejor simplemente era más como ser una familia. Empezamos a hacer más cosas juntos, y todo el mundo estaba contento con eso…. Supongo. A lo mejor simplemente es así. Una familia. A lo mejor [me] hace feliz de una manera distinta a como era antes.

Las distintas comprensiones culturales de la familia también aparecieron al hablar de lo que les había ayudado y de cómo podría desarrollarse el sistema de servicios. Las personas participantes consideraban importante poder hablar de su situación familiar sobre todo con la madre y con sus hermanos y hermanas, pero también con profesionales. Una de ellas propuso que profesionales valoraran más la visión que la propia infancia tiene de la pertenencia y apoyaran así las relaciones que ella misma considera un recurso:

Yo diría que no hay que apoyar necesariamente que la familia siga unida, sino más bien el bienestar de niños y niñas. No siempre [el personal profesional]… el hogar no siempre es el mejor lugar donde estar. Quizá también tiene que ver con que quieren proteger a su madre y a su padre. (…) O el niño o la niña puede sentirse culpable si habla en contra de uno de ellos o cuenta a otros lo que [el padre o la madre] ha hecho, y [el niño] acaba diciendo que no quiere separarse de [él o ella].

El valor de la pertenencia sostenedora reside en su carácter omnipresente: no debe tener límites que obliguen a la infancia a moldear su sentido de pertenencia. Esta libertad se deriva de los derechos de la infancia y de los derechos humanos (véase Yuval-Davis, 2011), que dan derecho a niñas y niños a vivir una vida con sentido. La pertenencia sostenedora permite crear relaciones puras (Giddens, 1991) y llevar a cabo prácticas que satisfagan la necesidad de intimidad, de conexión y de sintonía mutua (Jamieson, 2011) bajo la amenaza del acoso. Favorece la seguridad ontológica de la infancia (Giddens, 1991) y es una condición previa para su capacidad de afrontamiento.

Reconocer el sentido de pertenencia de la infancia en el acoso parental tras la separación

Las dimensiones del sentido de pertenencia infantil —pertenencia variable, pertenencia en distanciamiento, no pertenencia y pertenencia sostenedora— son paralelas y no se excluyen mutuamente. Según el análisis cualitativo de los datos, el sentido de pertenencia infantil está determinado principalmente, por un lado, por el miedo y la inseguridad y, por otro, por el apego y la seguridad vinculados a los miembros de la familia, y por la manera en que esto se relaciona con sus valores personales. Las dimensiones de la pertenencia se ilustran en la Fig. 1.

El sentido de pertenencia de la infancia en el contexto del acoso parental tras la separación
Fig. 1. El sentido de pertenencia de la infancia en el contexto del acoso parental tras la separación

Los resultados muestran que el sentido de pertenencia variable, la pertenencia en distanciamiento y la no pertenencia se construyen principalmente en relación con el padre maltratador. En consecuencia, la infancia cuestiona en distinta medida su pertenencia al padre. El sentido de pertenencia variable no permite poner límites ni excluir a las personas que hacen daño o ponen en peligro el bienestar (véase Yuval-Davis, 2011), pero sí lleva a empezar a cuestionar el apego al padre. Sin embargo, puede seguir existiendo una necesidad emocional de pertenecer al padre (Cater, 2007). En cuanto a la pertenencia en distanciamiento, niñas y niños son capaces de construir una comprensión personal de sus relaciones familiares y de cuestionar su relación con el padre, identificándola como una fuente de inseguridad. Cuando viven la no pertenencia al padre, su contexto social inmediato se vuelve menos cómodo y dejan de sentir que «encajan» en todas sus relaciones familiares (May, 2011). Tienen muy clara la necesidad de excluir al padre de su vida y de la de su madre (también Øverlien, 2013). El sentido de no pertenencia al padre aparece como una experiencia positiva (May, 2011) que les permite controlar reflexivamente sus relaciones familiares y les da derecho a definir plenamente su pertenencia (Giddens, 1991). Por el contrario, la pertenencia sostenedora se refiere a personas con las que la infancia siente que pertenece y que pueden ofrecer reciprocidad y satisfacción emocional y cognitiva (Jamieson, 2011). La pertenencia sostenedora representa un elemento estable en las experiencias infantiles, mientras que las demás dimensiones están en movimiento y dependen de la edad y del momento y el lugar concretos (May, 2011; Yuval-Davis, 2011).

Los resultados del estudio coinciden con estudios anteriores sobre el acoso parental y el control coercitivo en cuanto a las maneras en que los padres utilizan a sus hijos e hijas como medio para contactar con la expareja. Las formas en que los padres manipulan a la infancia y coaccionan y controlan la vida cotidiana de niñas, niños y madres (p. ej., Nikupeteri & Laitinen, 2015; Callaghan et al., 2015; Clements et al., 2021; Elklit et al., 2019; Løkkegaard et al., 2019) pueden llevar a la infancia a distanciarse del padre maltratador y a buscar consuelo y apoyo en la madre maltratada y en sus hermanos y hermanas (p. ej., Katz, 2015; Lapierre et al., 2018). Además, el estudio muestra que las niñas y los niños de una misma familia no comparten necesariamente el mismo sentido de pertenencia (también Swanston et al., 2014) y que su sentido de pertenencia puede fluctuar. Esto subraya la importancia de que el personal profesional entienda las relaciones familiares y el sentido de pertenencia de la infancia como una cuestión polifacética, en lugar de pensar que las relaciones familiares tienen una influencia uniforme sobre todos los miembros de la familia (también Angel, 2014).

Además, los resultados muestran que, aunque la infancia puede, hasta cierto punto, elegir con quién y a qué quiere pertenecer (Angel, 2014), puede no tener voz en situaciones en las que profesionales consideran que el contacto entre el niño o la niña y su padre responde a su interés superior, aun cuando ese contacto suponga un riesgo de violencia continuada contra la persona menor y la madre (Nikupeteri & Laitinen, 2015; Bruno, 2018; Radford & Hester, 2015; Staf & Almqvist, 2015; Tisdall et al., 2021). El sentido de no pertenencia a un padre acosador cuestiona el ideal de la coparentalidad y del contacto continuado de la infancia con ambos progenitores tras la separación (también Elizabeth et al., 2012; Jaffe et al., 2009; Radford & Hester, 2015), al añadir la experiencia personal de pertenencia a la evaluación de la calidad de las relaciones familiares. Tener en cuenta esa experiencia es importante, ya que puede reducir el riesgo identificado de que un niño, una niña o la madre sean asesinados tras la separación en el curso de litigios de custodia y de regímenes de visitas (Jaffe et al., 2009; Spearman et al., 2022). Por ejemplo, el Center for Judicial Excellence (2022) de Estados Unidos ha contabilizado el número de niñas y niños asesinados por uno de sus progenitores cuando la cobertura informativa mencionaba un divorcio, una separación, la custodia, las visitas o la pensión de alimentos. Desde 2008, 871 niñas y niños han sido asesinados por un progenitor en proceso de divorcio o separación. Se notificaron fallos del sistema en 118 casos, en los que el asesinato habría podido evitarse.

Sacar a la luz el sentido de pertenencia de la infancia exige que profesionales trabajen con ella durante largos periodos y reconozcan su sentido de pertenencia polifacético en las relaciones familiares. Asimismo, las afirmaciones de no pertenencia al padre deben tomarse en serio (también Bruno, 2018) y como «opiniones reales» de la infancia (Tisdall et al., 2021). Una comprensión matizada del sentido de pertenencia infantil permite a profesionales de los servicios sociales y sanitarios y de las fuerzas del orden valorar las opiniones de la infancia sobre las relaciones familiares tras la separación que le brindan protección, son mutuamente gratificantes y aumentan su bienestar (Jamieson, 2011). Reforzar la identidad social de la infancia con personas adultas de confianza, hermanos y hermanas y pares le permite vivir una pertenencia segura y autodeterminada (Konstantoni, 2012).

El estudio presenta algunas limitaciones. Debido a la escasa cantidad de datos y al amplio rango de edad de las personas participantes (2-21 años), que abarca múltiples etapas de desarrollo, no fue posible centrarse en el sentido de pertenencia de un grupo concreto. Cabe prever que las experiencias de las relaciones familiares varíen considerablemente entre la etapa preescolar y el final de la adolescencia, cuando se tienen más derechos legales para gestionar la propia vida. Asimismo, si la muestra hubiera incluido más chicos, el análisis podría haber abarcado el papel del género en las experiencias infantiles. En particular, el análisis de los grupos de acción terapéutica conllevaba un riesgo de sobreinterpretar o malinterpretar las experiencias de la infancia, pero el hecho de que los datos fueran analizados por un equipo de investigación redujo en cierta medida este riesgo. Dado el enfoque bastante restringido del presente estudio, centrado en las relaciones familiares inmediatas, podría desarrollarse una comprensión más amplia del sentido de pertenencia infantil en contextos familiares de maltrato tras la separación estudiando el papel de las amistades, los familiares y las mascotas en la constitución del sentido de pertenencia. Además, dado que los aspectos ambientales desempeñan un papel crucial en el sentido de pertenencia, y que nuestros datos y nuestro análisis son limitados para estudiar, por ejemplo, cómo afecta al sentido de pertenencia de un niño o una niña la mudanza a una nueva zona o a un nuevo colegio, los factores ambientales requieren más investigación.

Hasta donde sabemos, ningún estudio previo ha examinado el sentido de pertenencia de la infancia en el contexto del acoso y la violencia doméstica. Nuestro estudio muestra que investigar el sentido de pertenencia infantil puede aportar valor añadido a los estudios previos sobre la calidad de las relaciones de la infancia con un progenitor maltratador y con un progenitor maltratado, y sobre la maternidad y la paternidad cuando uno de los progenitores maltrata al otro o a sus hijos e hijas (p. ej., Cater & Forssell, 2014; Katz, 2015; Lapierre et al., 2018; Staf & Almqvist, 2015). La pertenencia permite examinar el carácter polifacético de las relaciones familiares de la infancia, insertas en un contexto sociocultural más amplio, teniendo en cuenta también las emociones, los valores personales y las opiniones morales que caracterizan sus relaciones familiares (véase May, 2011). En cuanto a la investigación futura, la pertenencia puede considerarse un marco teórico aplicable al análisis de las experiencias infantiles de distintas formas de violencia en las familias.

Conclusión

Según los resultados del estudio, profesionales que trabajan con la infancia que vive situaciones familiares violentas tras la separación deberían reconocer su capacidad para analizar la calidad de sus relaciones familiares y para valorar a quién pertenece. Es esencial que el personal profesional permita a niñas y niños formar relaciones familiares y sociales de acuerdo con sus experiencias subjetivas y que apoye esas relaciones (también Noble-Carr et al., 2020). Las fuerzas del orden y los servicios sociales y sanitarios necesitan una comprensión más fina del sentido de pertenencia infantil para poder garantizar la seguridad y el interés superior de la infancia frente a la violencia doméstica y el acoso. Los resultados son aplicables sobre todo a las culturas que comparten el ideal occidental de la implicación continuada de ambos progenitores en la vida de sus hijos e hijas tras la separación.

Complexe Systémique: puntos clave

Este texto ofrece a la clínica un vocabulario valioso para escuchar lo que dicen niñas y niños cuando un padre sigue acosando a la madre tras la separación: la pertenencia no es un bloque único; fluctúa, toma distancia, se rechaza o encuentra refugio en la madre, en hermanos y hermanas, en las amistades, en un perro. Para la terapia familiar destacan dos puntos. En primer lugar, dentro de una misma fratría puede vivirse la pertenencia a un mismo padre de formas muy distintas: más vale escuchar a cada cual que presuponer una «posición fraterna». En segundo lugar, rechazar el vínculo puede ser una conquista de autonomía más que un síntoma que corregir; el artículo invita a tomarlo en serio frente al ideal de la coparentalidad. Conviene mantener la cautela: una muestra pequeña de entre 2 y 21 años reclutada a través de un centro especializado, sesiones grupales que no se transcribieron, un marco en el que quien acosa es siempre el padre. El «cuidado controlador» de quienes se ocupan de su madre y de sus hermanos y hermanas merecería también una lectura en términos de parentificación. Puede leerse junto con el artículo sobre el miedo de la infancia en los grupos de acción terapéutica y el artículo sobre el enfoque de las capacidades.

Notas del original

1 La mujer entrevistada y su hijo o hija forman parte de nuestro proyecto de investigación Children's Knowing Agency in Private, Multiprofessional and Societal Settings - The Case of Parental Stalking.

Nota de la editorial. Springer Nature se mantiene neutral con respecto a las reivindicaciones jurisdiccionales en mapas publicados y afiliaciones institucionales.

Agradecimientos. Agradecemos al personal experto en violencia del Support Centre Varjo [Sombra] la recogida de los datos. También estamos muy agradecidas a todas las niñas, niños y jóvenes que participaron en este proyecto.

Financiación. Financiación de acceso abierto proporcionada por la University of Lapland. El estudio fue financiado por la Academy of Finland (subvención n.º 308470).

Conflicto de intereses. En nombre de toda la autoría, la autora de correspondencia declara que no existe ningún conflicto de intereses.

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Traducción no oficial al español de Children’s Sense of Belonging in the Context of Post-separation Parental Stalking: Finnish Children’s Experiences of their Family Relations, de Anna Nikupeteri, Merja Laitinen y Kati Kallinen, Journal of Child & Adolescent Trauma, vol. 16, n.o 2, pp. 285-295 (2023), doi: 10.1007/s40653-022-00494-x, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia. Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.

Este es el artículo original «Children’s Sense of Belonging in the Context of Post-separation Parental Stalking: Finnish Children’s Experiences of their Family Relations», publicado en Journal of Child & Adolescent Trauma (2023) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción no oficial al español realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.

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Nikupeteri, A., Laitinen, M., y Kallinen, K. (2023). Children’s Sense of Belonging in the Context of Post-separation Parental Stalking: Finnish Children’s Experiences of their Family Relations. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/childrens-sense-of-belonging-in-the-context-of-post-separation-parental-stalking (Obra original publicada en 2022 en Journal of Child & Adolescent Trauma, 16(2), 285-295 (2023); republicada en 2023 por Journal of Child & Adolescent Trauma, https://link.springer.com/article/10.1007/s40653-022-00494-x)

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