Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Child & Family Social Work · Trabajo social
¿Qué ocurre con los lazos entre hermanos y hermanas cuando un niño o una niña pasa a estar bajo medida de protección? Wenche Hovland y Sarah Hean, de la Universidad de Stavanger, entrevistaron a 25 jóvenes en acogimiento en Noruega. Alianzas de supervivencia, parentificación, conflicto o ausencia de vínculo antes del acogimiento; relaciones estrechas, conflictivas, distantes o rotas después: surgen catorce trayectorias, y la relación previa no predice la posterior.
Traducción no oficial al español de The quality and developmental pathways in sibling relationships: A qualitative study of Norwegian children admitted to child welfare service care, de Wenche Hovland y Sarah Hean, publicado en Child & Family Social Work (Wiley) (2021), doi: 10.1111/cfs.12838, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las tablas se presentan en forma de listas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
La transición entre el hogar y el acogimiento, y su efecto en la relación fraterna, dista mucho de ser un proceso lineal y discreto.
Wenche Hovland y Sarah Hean
Resumen
Hermanos y hermanas son actores clave en la red social de la juventud en acogimiento. Este artículo explora las percepciones de jóvenes en acogimiento sobre los cambios en la calidad de las relaciones fraternas y las trayectorias que siguen estas relaciones durante la transición de la familia biológica al acogimiento. Un análisis temático de entrevistas con jóvenes noruegos en acogimiento (n = 25) mostró que, en la familia biológica, las relaciones fraternas se caracterizan por alianzas, parentificación, conflictos o inexistencia. Tras el ingreso en el sistema de los servicios de protección de la infancia, las relaciones fraternas evolucionaron siguiendo múltiples trayectorias. Se reconfiguraron en relaciones estrechas y de apoyo, conflictivas o completamente rotas. Las relaciones fraternas eran dinámicas y complejas, y la trayectoria, así como su efecto en el bienestar, era única para cada joven. La calidad de la relación fraterna en el hogar biológico no predecía la calidad de la relación tras el ingreso en los servicios de protección de la infancia. Se discuten las implicaciones para la práctica del trabajo social.
Cada individuo es el centro de una red social (Barnes, 1954; Bott Spillius, 1957). En la teoría de redes sociales (Moreno, 1934), la estructura de una red social media el flujo de recursos entre los actores de dicha red, lo que permite a los individuos acceder al capital social —positivo y negativo— que contiene. La estructura de la red se define por el número de vínculos que conectan a los actores. La calidad de estos vínculos también se define, y de numerosas maneras: entre ellas, la fuerza, la dirección y la similitud entre los actores conectados. Esta última puede basarse en la ubicación (es decir, temporal/espacial) y en atributos (por ejemplo, el género); en las relaciones sociales entre actores, incluido el parentesco (por ejemplo, fraterno), el afecto (por ejemplo, el odio o el amor), o en el flujo de recursos de la red social (por ejemplo, flujo de información u otros recursos) (Borgatti et al., 2009).
Hermanos y hermanas son miembros clave de la red social de la juventud. No solo son familia, sino también amistades, compañía de juego, figuras de cuidado, etc. La mayoría de las personas del mundo occidental vive una relación fraterna (biológica, de medio hermano o hermana, por alianza o adoptiva) (Milevsky, 2011). Esta relación suele ser más duradera que las relaciones con los padres, las amistades o la pareja (Dunn, 2000; Gustavsson & Maceachron, 2010).
La literatura sobre las relaciones fraternas presenta un panorama heterogéneo de factores influyentes, entre ellos el género (Hetherington, 1989; Milevsky, 2005), el orden de nacimiento (Feinberg & Hetherington, 2001; Milevsky, 2005; Sulloway, 2007), el tamaño de la fratría (Bat-Chava & Martin, 2002; Milevsky, 2005), la diferencia de edad (Milevsky, 2005), el curso vital (East & Khoo, 2005; Jenkins, 1992; Kim et al., 2006) y la dinámica familiar (Jenkins, 1992; Samuels, 1980; Shanahan et al., 2008). Por un lado, las relaciones fraternas estrechas son recursos esenciales para el desarrollo físico, cognitivo y socioemocional de niños y niñas (Bornstein et al., 2003; Hegar & Rosenthal, 2011; Linares et al., 2007; Richardson & Yates, 2014; Spitze & Trent, 2006). Las fratrías con relaciones positivas presentan mejores niveles de comprensión emocional (Dunn et al., 1991), capacidades cognitivas (Smith, 1993), comprensión social (Downey & Condron, 2004), sensibilidad moral (Dunn et al., 1995) y ajuste psicológico (Kramer & Kowal, 2005; Pike et al., 2005). Los comportamientos sociales aprendidos en la fratría se transfieren a otras relaciones, como las amistades entre iguales (Downey & Condron, 2004; Kim et al., 2006).
Por otro lado, las relaciones fraternas pueden ser conflictivas (Bank et al., 2004; Garcia et al., 2000) o abusivas (Wiehe, 1997), como resultado de relaciones negativas entre los padres (Hetherington, 1989; Noller et al., 2008; Panish & Stricker, 2001), de la rivalidad fraterna (Sulloway, 1996), de factores disposicionales (Prochaska & Prochaska, 1985) o de coaliciones familiares (McHale et al., 1995; Volling, 1997). Las relaciones fraternas destructivas provocan comportamientos disruptivos (Bank et al., 2004; Garcia et al., 2000; Volling, 2003), y quienes son menores en la fratría pueden aprender comportamientos negativos de quienes son mayores (Milevsky, 2011; Pinel-Jacquemin et al., 2012). A veces, los conflictos familiares graves aumentan la hostilidad fraterna e influyen en la capacidad de brindar empatía y apoyo a los hermanos y hermanas (Bank, 1992; Brody et al., 1992; Dirks et al., 2015; Hetherington, 1989; Riggio, 2001).
Alternativamente, para compensar el conflicto conyugal y la hostilidad familiar, la fratría se une, lo que aumenta su intimidad y su calidez (Fabing et al., 1956; Kim et al., 2006; Sheehan et al., 2004). En ausencia de relaciones parentales adecuadas, son los propios miembros de la fratría quienes se cuidan mutuamente (Bank, 1992; Thorpe & Swart, 1992), proporcionándose apoyo emocional y psicológico (Bank & Kahn, 1982). Se trata de un proceso de parentificación, es decir, cuando jóvenes asumen un rol parental para atender a la fratría o sostener a los padres. Según la edad, la carga de la parentificación puede ser demasiado pesada y convertir este proceso en una trayectoria destructiva que menoscaba el bienestar de quienes la emprenden (Burton, 2007; Hooper et al., 2011). En cambio, con la madurez suficiente, se puede ganar confianza y beneficiarse de ese rol (es decir, parentificación adaptativa) (Burton, 2007; Byng-Hall, 2008).
Las relaciones fraternas se vuelven especialmente complejas si uno o más miembros de la fratría pasan a estar bajo la tutela de los servicios de protección de la infancia (child welfare services, CWS). La juventud en acogimiento está conectada con numerosas personas (por ejemplo, padres biológicos, profesionales del trabajo social y amistades). Las políticas de trabajo social (por ejemplo, Bunkholdt, 2017; Norwegian Public reports-NOU, 2018) reconocen que los vínculos fraternos son especialmente importantes y, a menudo, abogan por el acogimiento conjunto de la fratría. El supuesto es que estos vínculos son canales potenciales de intercambio de cuidado y apoyo que inciden en el bienestar de la juventud. La literatura muestra datos variados y a veces contradictorios sobre los resultados de distintas trayectorias de acogimiento. Entre ellos, distintas modalidades de convivencia y trayectorias de acogimiento (Hegar & Rosenthal, 2011; James et al., 2008) producen resultados diferentes en cuanto a problemas de conducta (Hegar & Rosenthal, 2011) y rendimiento académico (Hegar & Rosenthal, 2011), conflicto fraterno (James et al., 2008), apego a la persona cuidadora del CWS (Hegar & Rosenthal, 2011; Leathers, 2005), continuidad y seguridad emocional (Shlonsky et al., 2003) y sentimiento de pertenencia (Leathers, 2005). Por un lado, los lazos fraternos proporcionan a la juventud apoyo emocional durante el acogimiento conjunto en hogares del CWS (Bank et al., 2004; Hegar & Rosenthal, 2011; Henry, 2005; Herrick & Piccus, 2005; McBeath et al., 2014; Richardson et al., 2017; Wojciak, 2016); y los miembros de la fratría pueden formar alianzas y sostenerse cuando sufren juntos (Whiting & Lee, 2003). Sin embargo, esto no siempre es así, y hay relaciones fraternas que se rompen cuando la fratría se acoge en la misma familia (Vinnerljung et al., 2017).
Aunque se describe una variedad de resultados, escasea la investigación que explore el proceso por el cual se desarrollan los lazos fraternos durante la transición al acogimiento del CWS. A pesar de las extendidas orientaciones sobre la necesidad de acoger conjuntamente a la fratría, se sabe poco de la calidad de los apegos fraternos desde la perspectiva de la persona joven en tales circunstancias (Jones, 2016), ni de cómo los afecta la separación (Milevsky, 2011; Seale & Damiani-Taraba, 2017). Para colmar estas lagunas, exploramos cualitativamente la naturaleza de estos lazos desde la perspectiva de la juventud. Pretendíamos contribuir a la investigación actual comparando esta relación antes y después de la transición y trazando las trayectorias entre ambos momentos. Este conocimiento es pertinente para los actores implicados (por ejemplo, profesionales del trabajo social y familias de acogida) que facilitan este proceso.
Noruega es un lugar idóneo para examinar las perspectivas de la juventud sobre las relaciones fraternas tras el paso al acogimiento, ya que sus políticas representan de forma típica las políticas internacionales de protección de la infancia que recomiendan el acogimiento conjunto, por ejemplo, en Noruega (Bunkholdt, 2017; NOU 2018:18, 2018), Europa (Lundström & Sallnäs, 2012; Sting, 2013), el Reino Unido (Hollows & Nelson, 2006; Jones, 2016; Yates, 2018) y los Estados Unidos (Albert & King, 2008; Gustavsson & Maceachron, 2010; Ward, 1984). La Ley noruega de protección de la infancia no contiene ninguna disposición directa sobre cómo deben acogerse los miembros de una fratría, salvo que el servicio de protección de la infancia debe facilitar el contacto fraterno. El Gobierno noruego recomienda que «se permita a niños y niñas crecer con sus hermanos y hermanas» (Sundvollen-erklæringen, 2013), y solo si responde al interés superior del niño o de la niña debe separarse a la fratría (NOU 2018:18, 2018). Pese a estas recomendaciones, en Noruega el 60% de jóvenes que entran en acogimiento son separados de su fratría (Falch-Eriksen, 2017). La razón principal es la falta de plazas en familias u hogares de acogida dispuestos a recibir a grupos de hermanos y hermanas.
Como estudio exploratorio, el enfoque de investigación cualitativa descriptiva utilizado se apoyó en una filosofía constructivista (Caelli et al., 2003).
La muestra se extrajo de la población de jóvenes que viven bajo la protección del CWS noruego. A escala nacional, 55 623 jóvenes están bajo la tutela del CWS, de los cuales 15 140 viven en hogares del CWS o familias de acogida (SSB, 2019). En Noruega, las modalidades más comunes son las familias de acogida (11 000 personas), los apartamentos supervisados (2000 personas) y el acogimiento residencial (1000 personas) (SSB, 2019). Este estudio se realizó en uno de los 356 municipios noruegos, de unos 143 000 habitantes. Lo elegimos por el tamaño de su CWS y por la facilidad de acceso: en primer lugar, debía contar con un número suficiente de jóvenes para que el equipo de investigación pudiera reclutar una muestra adecuada a los objetivos del estudio. En segundo lugar, dado que se trata de una población de difícil acceso para la investigación, el hecho de que la primera autora hubiera trabajado anteriormente en este municipio, y tuviera allí contactos de investigación, facilitó el acceso. La dirección municipal de protección de la infancia autorizó que se invitara a una entrevista a 207 jóvenes (de 16 a 22 años) bajo la tutela del CWS. A esta edad, se consideró que tenían la madurez suficiente para reflexionar sobre sus circunstancias personales y aportar datos en profundidad sobre el impacto del acogimiento. Fijamos un límite inferior de 16 años porque, por debajo de esa edad, la normativa noruega exige el consentimiento parental para participar. Se fijó un límite superior de 23 años porque, aunque oficialmente la juventud puede salir del acogimiento a los 18 años, no está obligada a hacerlo hasta los 23. Se pidió a las personas jóvenes que, si así lo decidían, se pusieran en contacto con la primera autora en caso de querer participar. Veinticinco personas se ofrecieron voluntariamente; la mayoría vivía en familias de acogida (n = 19), y las demás en apartamentos supervisados (n = 4) o en acogimiento residencial (n = 2).
Las entrevistas las realizó la primera autora, que cuenta con experiencia profesional en trabajo social con la infancia. Las personas participantes respondieron a entrevistas semiestructuradas sobre su experiencia fraterna durante el periodo analizado. El término «hermano/hermana» es biológico, jurídico, cultural y/o relacional (Waid, 2014), y la definición de un hermano o una hermana «de verdad» varía de una persona a otra. Las entrevistas permitieron que las personas participantes hablaran de relaciones significativas para ellas y decidieran por sí mismas qué definían como relación fraterna (Hegar & Rosenthal, 2011). La mayoría habló de su fratría biológica, aunque algunas personas mencionaron a hermanastros y hermanastras. A partir de la teoría de redes sociales, las entrevistas exploraron la estructura y la calidad de los vínculos fraternos en la red familiar de las personas participantes. Prestamos especial atención a lo que Borgatti et al. (2009) denominan la naturaleza afectiva de estos vínculos, a través de los cuales pueden circular recursos de amor y apoyo. Las entrevistas comenzaban con una visión general de las características estructurales de la red: número de hermanos y hermanas en la familia, orden de nacimiento, año de separación de la familia, y edad y género de cada miembro de la fratría. Para obtener datos en profundidad sobre las reflexiones de las personas participantes acerca de las cualidades afectivas y la dinámica de las relaciones fraternas a lo largo del tiempo (es decir, antes y después de la separación) y del espacio (del hogar biológico al entorno del CWS), las personas participantes —junto con la entrevistadora— dibujaron mapas de su red fraterna personal (Figura 1). Estos mapas se basaron en el estudio de Samuelsson et al. (1996): el círculo más interior representa a la persona participante; los círculos concéntricos indican niveles decrecientes de cercanía o afecto entre los miembros de la fratría en la red, y sobre estos círculos concéntricos se superpone un cuadrante. Estos cuadrantes representan la convivencia o no con el hermano o la hermana y si la persona participante se refiere a la relación anterior o posterior a la separación al ingresar en el acogimiento del CWS. Se pidió a las personas participantes que indicaran el lugar del diagrama que mejor describía su relación fraterna y que luego justificaran su elección. La entrevista exploró también el efecto de estas relaciones en el bienestar de las personas participantes. Las entrevistas duraron entre 45 min y 2 h, se grabaron en audio y se transcribieron literalmente, con el consentimiento informado de las personas participantes.

Las entrevistas se analizaron de forma simultánea a la recogida de datos, para explorar los temas emergentes en las entrevistas siguientes. La primera autora (W.H.) anonimizó las grabaciones, las transcripciones y las citas. En primer lugar, dividió los datos en los dos conjuntos siguientes: los relativos a la relación fraterna en el hogar biológico y los relativos a las relaciones fraternas tras el ingreso en el acogimiento del CWS. Después realizó un análisis temático inductivo (Gibbs, 2007; Graneheim & Lundman, 2004). Este incluyó la familiarización, la identificación de unidades de significado y la asignación de un breve encabezado a cada unidad de significado (que resumía su connotación) en un proceso de codificación abierta. Estos códigos se agruparon luego en categorías de nivel superior, y la primera autora se esforzó por justificar con claridad la pertenencia de cada código mediante una comparación constante. Los temas y subtemas se construyeron a partir de las categorías que surgieron durante el proceso de abstracción. Para confirmar la fiabilidad del proceso de categorización y abstracción (Shenton, 2004), llevado a cabo por la primera autora, el análisis se revisó y discutió con la segunda autora. La Tabla 1 ilustra el proceso analítico. La primera autora, cuya lengua materna es el noruego, tradujo las citas al inglés, y estas fueron revisadas por la segunda autora, cuya lengua materna es el inglés. Utilizamos QSR NVivo 12 para gestionar los datos.
Tabla 1 — Ilustración del proceso analítico
Para cada unidad de significado: unidad de significado condensada (descripción cercana al texto; interpretación del significado subyacente), subtema y tema.
Las 25 personas participantes eran jóvenes (rango de edad de 16 a 22 años, edad media 18.3). En total, tenían 86 hermanos y hermanas. Había nueve chicos y 16 chicas, y todas estas personas habían sido separadas de su familia biológica y acogidas en familias de acogida o en centros del CWS (por ejemplo, hogares para jóvenes o apartamentos). Cuatro participantes habían nacido fuera de Noruega y dos eran hijos o hijas de familias inmigrantes. Las personas participantes tenían entre uno y siete hermanos o hermanas (Tabla 2). Aunque todas habían sido separadas de su familia biológica por el CWS noruego, la edad a la que ocurrió variaba (Tabla 3). La mayoría estuvo separada de su fratría durante algún periodo de la transición al acogimiento del CWS (n = 17), pero las circunstancias de la separación y del acogimiento conjunto eran complejas y muy variables entre participantes (Tabla 4).
Tabla 2 — Número de hermanos y hermanas por participante
Tabla 3 — Edad de separación de la familia biológica
Tabla 4 — Contexto de la separación
Del análisis surgieron dos temas generales, que comprenden tres y cuatro temas respectivamente y se resumen así:
La relación fraterna mientras se vivía aún con la familia biológica
Trayectorias desde la relación fraterna pasada hasta la actual durante el acogimiento
Una de las 25 personas participantes no tenía hermanos ni hermanas antes de entrar en acogimiento, y cuatro eran tan pequeñas cuando se produjo la separación que no recordaban las relaciones fraternas en la familia de origen. Las demás, que habían convivido con su fratría en un hogar familiar vulnerable, describen sus relaciones fraternas durante ese periodo como un proceso de formación de alianzas fraternas, un proceso de parentificación/cuidado de la fratría o una relación conflictiva o potencialmente abusiva:
Algunas personas participantes hablaron de las relaciones fraternas en el hogar biológico de manera casi romántica: una alianza o coalición fraterna, o una vía de supervivencia en tiempos de adversidad; «En cierto modo, solo lo recuerdo como una buena época» (Chico, 17). Describen las alianzas como lo que Whiteman et al. (2011) definen como «un subsistema dentro de las familias» (p. 133). Estas se formaban como medio para sobrevivir a dificultades familiares compartidas y en respuesta a la negligencia o el maltrato parental. Estas fratrías desarrollaban una «zona» relacional propia, caracterizada por una gran cercanía, que en ocasiones actuaba en contra de los padres.
No lo habría [podido] superar sin mi hermano, […] y él no lo habría superado sin mí (Chica, 19).
Las personas participantes recordaban el cuidado y el consuelo mutuos: hacer los deberes juntos, comprarse cosas, jugar fuera después del colegio y participar juntos en actividades sociales. Saber que tenían una relación fraterna estable y afectuosa era importante para ellas. Algunas recordaban peleas, pero también que luego se reconciliaban. A pesar de la cercanía y la armonía de la relación, y aunque describían cómo compartían sus frustraciones y se apoyaban mutuamente, no hablaban explícitamente de la precariedad de los cuidados que recibían. También relataron el desarrollo de relaciones fraternas simétricas, horizontales y de igual poder, definidas por un cuidado basado en el «dar y recibir».
Otras personas participantes describieron relaciones fraternas asimétricas en su hogar biológico: o bien cuidaban de su fratría, o bien recibían sus cuidados. La dirección de estas relaciones no era constante; un mismo miembro de la fratría a veces cuidaba y otras veces era cuidado. Una participante habló de la relación como de una tarea de cuidado:
Preparaba el almuerzo; los acompañaba a los entrenamientos, […] vigilaba si habían hecho los deberes, […] me ocupaba de la comida. […] Seguramente tenía una relación muy responsable; [pensaba] que tenían que estar bien todo el tiempo (Chica, 19).
Estas tareas de cuidado podían ser prácticas, como hacer la cena, la compra, preparar el almuerzo para el colegio o llevar a la fratría a las actividades extraescolares. El cuidado psicológico consistía en hacer felices a los hermanos y hermanas y consolarlos. Un participante contó que, con 8 años, se acostaba el último para asegurarse de que sus hermanas y su madre dormían bien. Otra dijo:
Mi madre era alcohólica y mi padre muy violento. Tenía que protegerlos todo el tiempo porque vivían en un lugar muy inseguro (Chica, 19).
Las personas participantes describieron que asumir la responsabilidad de las necesidades prácticas y psicológicas de la fratría era gratificante pero difícil. Quienes cuidaban de su fratría recordaban haber sacrificado tiempo de deberes y de vida social para garantizar que sus hermanos y hermanas, y a veces sus padres enfermos, estuvieran atendidos. Cuando quien cuidaba tenía la madurez suficiente y era capaz de afrontar el cuidado, las relaciones fraternas se describían como un proceso de parentificación adaptativa. Cuando quien cuidaba carecía de la madurez necesaria, no podía afrontar el cuidado y sufría consecuencias físicas o emocionales, las relaciones se describían como un proceso de parentificación destructiva. En general, este patrón de cuidado fraterno, adaptativo o destructivo, se caracterizaba por la ausencia de rivalidad, peleas, conflictos y diversión, elementos que suelen verse en relaciones fraternas más comunes u horizontales. Quienes cuidaban de su fratría solo hablaban de compartir actividades divertidas (por ejemplo, jugar al aire libre) cuando estaban en hogares de fin de semana, una situación en la que eran personas adultas quienes se ocupaban de su cuidado.
Las personas participantes también relataron conflictos o abusos fraternos intensos en el hogar biológico. Los conflictos eran a menudo lo bastante graves como para afectar negativamente a las actividades cotidianas normales de la fratría (por ejemplo, estar con amistades, implicarse en el colegio y en los deberes, comer y dormir). Los conflictos fraternos generaban en el hogar una tensión constante, difícil de sobrellevar, que provocaba ansiedad a largo plazo en los miembros afectados. Las personas participantes percibían estos conflictos como distintos de los conflictos fraternos normales, con un efecto devastador en su bienestar. Una de ellas lo describió así:
No eran simples discusiones entre hermanos; eran discusiones feroces, era acoso (Chica, 19).
Los conflictos a veces implicaban a los padres y a alianzas formadas entre distintos miembros de la familia, que en ocasiones desembocaban en violencia: una chica contó que se sentaba junto a su perro para protegerse de un hermano maltratador. Algunas personas participantes relataron maltrato psicológico por parte de hermanos o hermanas, solos o junto con los padres. Una explicó que, cuando empezaba el conflicto fraterno, su madre, con una enfermedad mental, se encerraba en el dormitorio; esto daba lugar a un hogar caótico, a una escalada del conflicto y a relaciones fraternas confusas e inestables. Las personas participantes relataron también conflictos cuando los miembros de la familia se utilizaban mutuamente para regular sus emociones:
Mi hermano no podía enfadarse con mis padres porque no lo soportaban, así que reaccionaba contra mí (Chica, 18).
Estas fratrías en conflicto tampoco hablaban de la precariedad de los cuidados parentales ni de la relación fraterna. Aparentemente, solo reaccionaban unos contra otros.
Las personas participantes describieron sus relaciones fraternas actuales (es decir, tras el ingreso en el acogimiento del CWS) en torno a cuatro temas principales: relaciones estrechas y de apoyo, conflictivas, distantes o rotas. Mencionaron numerosas trayectorias de transición desde el hogar biológico hasta el ingreso en el acogimiento del CWS: múltiples combinaciones entre la relación previa a la separación y la actual. Observamos 14 descripciones distintas de trayectorias en las 25 personas entrevistadas (Figura 2). Muchas tenían varios hermanos o hermanas, y las trayectorias variaban normalmente según el miembro de la fratría del que se hablara.
Dieciséis participantes describieron algunas o todas sus relaciones fraternas actuales como estrechas y de apoyo, y las consideraban esenciales para su bienestar. Estas relaciones se caracterizaban por el cuidado mutuo, el apoyo en los momentos difíciles (tanto práctico como emocional) y la responsabilidad por el bienestar de la otra persona:

Así que, si una lo está pasando mal… su sola presencia hace las cosas más fáciles; [las hace más fáciles] que si estuviera sola (Chica, 20).
Estas relaciones estrechas tenían orígenes diversos; algunas personas no señalaron cambios importantes en la relación fraterna. Hablaron de alianzas sólidas en el hogar biológico que siguieron siéndolo tras el ingreso en el acogimiento del CWS (de la alianza a relaciones estrechas y de apoyo, flecha 3, Figura 2).
Otras personas participantes relataron relaciones conflictivas en el pasado que con el tiempo se volvieron estrechas y de apoyo (de la relación conflictiva a la relación estrecha y de apoyo, flecha 1, Figura 2). Estas personas desarrollaron una relación fraterna estrecha tras separarse de su fratría. Vivir separados permitió un desarrollo individual en hogares distintos y dio espacio para construir relaciones fraternas más sólidas y recíprocas:
Después de que me fuera, empezó a pagarlo con mi padre, así que ahora tenemos una buena relación (Chica, 18).
Aunque la separación parecía deseable para algunas personas, otras encontraban difícil mantener una relación fraterna positiva a distancia. La comunicación entre hermanos y hermanas únicamente a través de las redes sociales o de llamadas telefónicas no siempre era ideal. A otras personas, los profesionales del trabajo social no les permitían en absoluto comunicarse con su fratría. Se trataba de medidas introducidas por el personal de trabajo social para ayudar a los hermanos y hermanas menores a vincularse con su nueva familia de acogida. Las personas participantes relataron que esta distancia las dejaba preocupadas e inseguras sobre cómo mantener sus relaciones fraternas.
Algunas personas participantes que relataron parentificación en el hogar biológico y vivieron la separación de la fratría al ingresar en el acogimiento del CWS desarrollaron más tarde relaciones conflictivas o bien estrechas y de apoyo (De la parentificación a relaciones estrechas y de apoyo, flecha 2, o De la parentificación al conflicto flecha 9, Figura 2). Una chica describió una relación difícil con su hermano: cuando ella dejó el hogar biológico para vivir sola, su hermano se quedó, y las zonas y alianzas de la familia se alteraron. A partir de entonces, su hermano formó una alianza con su madre contra ella, lo que transformó su relación fraterna de una relación de parentificación en una relación conflictiva; esto le dificultó la vida cotidiana en su nueva familia de acogida. Desde entonces, la relación ha mejorado tras esta separación.
Algunas personas jóvenes no tenían ningún recuerdo de las relaciones fraternas pasadas, pero más adelante, durante su trayectoria en el CWS, fueron acogidas junto con uno de sus hermanos o hermanas; según sus relatos, estas relaciones fraternas también podían volverse estrechas y de apoyo (De la ausencia de experiencia o recuerdo del hermano o la hermana a una relación estrecha y de apoyo, flecha 4, Figura 2).
Algunas personas participantes describieron sus relaciones fraternas actuales como conflictivas y destructivas. Sufrían acoso o menosprecio por parte de sus hermanos o hermanas, lo que les causaba dolor. Estas relaciones conflictivas surgían cuando los miembros de la fratría que se habían quedado con la familia sentían resentimiento por las nuevas oportunidades dadas a quien había cambiado de hogar, o cuando quienes estaban en acogimiento conjunto no se ponían de acuerdo sobre cómo adaptarse a la familia de acogida. Apenas se mencionaba apoyo, empatía o amor en estas fratrías. Algunas personas sentían que deberían tener buenas relaciones fraternas, pero que el conflicto era demasiado intenso para lograrlo. Como en las trayectorias hacia relaciones sólidas y de apoyo, las trayectorias hacia el conflicto variaban. Para algunas personas jóvenes, la relación original ya era conflictiva. Pero, del mismo modo, la relación podía haber comenzado como una forma de parentificación o haber sido inexistente. Para algunas, el trauma familiar y los celos del pasado (por ejemplo, el daño de vivir con padres drogodependientes) habían sido demasiado para su relación, que nunca se reparó (Del conflicto al conflicto, flecha 11, Figura 2). Otras personas jóvenes, que habían vivido relaciones de parentificación en el pasado, sentían ahora que no habían estado a la altura de las expectativas de su fratría, lo que daba lugar a malas relaciones hoy (De la parentificación al conflicto, flecha 9, Figura 2). Algunas, sin recuerdo de la relación pasada, no lograron construir nuevas relaciones fraternas y surgió el conflicto (De la ausencia de experiencia al conflicto, flecha 10, Figura 2).
El conflicto fraterno en el contexto del acogimiento continuaba o surgía tanto si la fratría estaba separada como si no: para algunas personas, permanecer juntas significaba no tener la distancia necesaria para salvar la relación. Para otras, poner distancia mediante la separación tampoco resolvía el conflicto y, de hecho, agravaba la situación, que se mantenía a través de llamadas, redes sociales o encuentros:
Si tienes conflictos fuertes con amistades, puedes terminar la relación. Pero no es posible terminar las relaciones con tus hermanos, porque son tus hermanos (Chica, 18).
Algunas personas participantes describieron sus relaciones actuales como distantes, es decir, ni conflictivas ni sólidas o de apoyo, sino más bien «en pausa». Describieron la necesidad de tener espacio propio para reevaluar sus expectativas sobre la relación fraterna, y explicaron que el contacto era escaso en ese momento. Algunas relaciones inicialmente marcadas por la parentificación evolucionaron así, con hermanos y hermanas que deseaban la distancia que les brindaba la separación (De la parentificación a la distancia, flecha 7, Figura 2). Por ejemplo, un chico, implicado en relaciones de parentificación con su fratría, describió la necesidad de distancia para desarrollarse como persona.
También se desarrollaron relaciones fraternas distantes a partir de relaciones que habían sido alianzas en la familia de origen (De la alianza a la distancia, flecha 6, Figura 2): la nueva distancia entre los miembros de la fratría suponía una liberación de esas alianzas intensas. Les había resultado incómodo convivir con hermanos y hermanas que habían compartido las mismas experiencias de sufrimiento y negligencia, sobre todo si sabían que seguían pasándolo mal y no podían hacer nada al respecto. Para algunas personas, la distancia fue un respiro bienvenido tras relaciones fraternas antes conflictivas (Del conflicto a la distancia, flecha 8, Figura 2).
Vale, ahora puedo hablar con ellos, porque ya no vivo bajo el mismo techo. Pero prefiero evitarlos. Sé que son mis hermanos y que debería decir que de alguna manera me importan, pero me importan muy poco (Chica, 18).
La relación distante se caracteriza por un contacto mínimo entre los miembros de la fratría, pero, pese a ello, las personas participantes sentían una presión normativa para mantener algún contacto, sobre todo en cumpleaños y otras fechas señaladas. Entre quienes no tenían experiencias pasadas con su fratría, algunas personas sentían que era demasiado tarde para establecer contacto y desarrollar una relación significativa (De la ausencia de experiencia a la distancia, flecha 5, Figura 2). Para la mayoría de estas personas jóvenes, la distancia se produjo cuando la fratría se separó al ser retirada de los padres biológicos. Para algunas, esta separación era deseada; para otras, la distancia geográfica dificultaba reconfigurar su relación fraterna para convertirla en la relación de apoyo que idealmente desean. En cada uno de sus escasos encuentros tienen que volver a conocerse:
Me parece horrible que vivan tan lejos de mí. A mi hermano pequeño hacía 5 años que no lo veía (Chica, 16).
En este tema, los miembros de la fratría relatan que no tienen ningún contacto entre sí ahora que están en acogimiento. Algunas personas tuvieron cierto contacto tras entrar en acogimiento, pero ya no. Otras nunca habían establecido una relación debido a grandes diferencias de edad o a que vivían desde el nacimiento en familias de origen distintas (por ejemplo, hermanos o hermanas de padres distintos). Para algunas personas jóvenes, este cese del contacto es deliberado. No llaman a su fratría ni contactan por redes sociales, y evitan los lugares donde podrían coincidir. Es un acto de autoprotección. Estas relaciones rotas surgieron de puntos de partida diversos: para algunas personas, la relación en el hogar había sido fuertemente conflictiva (Del conflicto a la ruptura, flecha 12, Figura 2), física o psicológicamente violenta, hasta llevar a una ruptura completa de la relación. Los recuerdos son tan traumáticos que necesitan cortar todo contacto para poder sobrellevarlos. Una chica sufrió maltrato por parte de ambos progenitores y de su hermano. Otra chica fue utilizada por la familia como chivo expiatorio. La ruptura de la relación se producía también porque otros miembros de la fratría tenían problemas graves, a menudo relacionados con el consumo de drogas o con problemas de salud mental. Mantener estas relaciones puede resultar demasiado doloroso o arriesgado para el niño o la niña, que teme que su hermano o hermana le arrastre consigo.
Las relaciones de parentificación también se rompen (De la parentificación a la ruptura, flecha 13, Figura 2). Una chica tenía una hermana mayor que la cuidaba cuando vivían juntas con una madre con una enfermedad mental. Dependían la una de la otra, pero también se tenían celos. No había ninguna persona adulta que las ayudara a gestionar y reconfigurar su relación, y la ausencia total de contacto parecía la única salida.
Una última trayectoria hacia una relación fraterna rota corresponde a los casos en que no existía relación inicial (De la ausencia de experiencia a la ruptura, flecha 14, Figura 2). Aquí, las personas jóvenes hablaban de hermanos o hermanas mayores de quienes solo conocían el nombre o a quienes nunca, o rara vez, habían visto en el pasado. No le veían sentido a establecer esa relación.
De todos modos, no creo que pueda tener una relación de igual a igual con los dos mayores; esa oportunidad, de algún modo, ya pasó (Chica, 19).
Todas las relaciones hoy rotas corresponden a jóvenes a quienes los servicios de protección de la infancia separaron de su fratría en el momento de la retirada de la familia de origen, o que habían crecido en otra familia distinta.
Las redes sociales, la calidad de los vínculos y el flujo de recursos en ellas son vitales en nuestra vida, y los hermanos y hermanas desempeñan un papel central en estas redes, para bien o para mal (Gustavsson & Maceachron, 2010; Rast & Rast, 2014; Whelan, 2003; Wojciak, 2016; Wojciak et al., 2013).
La juventud en acogimiento de este estudio subraya la importancia que tienen para ella estas relaciones fraternas. Dedica mucha energía a construirlas, reconstruirlas o destruirlas. Para algunas personas, es la relación más importante de su vida, y pasan mucho tiempo con su fratría o pensando en ella. Construir la relación fraterna es un proceso continuo, y la separación del hogar biológico es un acontecimiento de transición importante, como lo son la entrada en la escuela, el desarrollo de relaciones estrechas o la pubertad (Conger et al., 2009). Incluso cuando las relaciones fraternas parecen destructivas, son centrales en la red social de la juventud en acogimiento, como lo son para cualquier joven (Sting, 2013). Por un lado, los conflictos continuos se convierten en un foco principal de la vida cotidiana y, si no se resuelven, las relaciones pueden volverse distantes, rotas o conflictivas. Por otro lado, las personas jóvenes separadas de su fratría que aun así se esfuerzan por mantener con ella una relación estrecha y de apoyo también lo pasan mal. Las personas jóvenes describen ambas situaciones como agotadoras: les impiden llevar una vida corriente y comprometen su salud mental. La gestión de la relación fraterna parece tener un efecto decisivo en su bienestar presente y futuro. Si se considera que las relaciones fraternas influyen en la vida de la juventud más que la relación parental (Gustavsson & Maceachron, 2010), esto puede ser especialmente cierto para la juventud en acogimiento.
La juventud de este estudio describe de maneras variables los vínculos de parentesco fraterno en la familia biológica: los hermanos y hermanas pueden asumir un rol parental o formar alianzas, pero las relaciones también pueden ser conflictivas y abusivas. Para algunas personas, en esa época no hay contacto directo con la fratría dentro de su red social más amplia. Sin embargo, estas relaciones fraternas iniciales no están grabadas en piedra: son rasgos dinámicos de la red social de la fratría que se reconfiguran cuando la persona joven deja la familia de origen y entra en acogimiento. Esta reconfiguración de las relaciones fraternas es un proceso natural y continuo para toda la juventud a medida que madura, pero para quienes están en acogimiento hay desafíos añadidos, debido a la salida de una situación familiar vulnerable y a la posible separación de uno o más miembros de su fratría. Algunas personas luchan por la reconciliación para mejorar la relación, mientras que otras se protegen tomando distancia o cortando todo contacto. Estos rasgos dinámicos de las relaciones fraternas implican que el estado inicial de la relación en el hogar biológico no determina necesariamente la calidad de las relaciones en el acogimiento. Por ejemplo, relaciones muy conflictivas en el pasado pueden convertirse en relaciones buenas y de apoyo en la situación actual, y viceversa.
La reconfiguración de las relaciones fraternas que se produce durante la transición al acogimiento es un proceso complejo. Así lo reflejan las múltiples trayectorias presentadas en la Figura 2, que describen las posibles vías por las que pueden evolucionar las relaciones fraternas. Para algunas personas jóvenes, entrar en acogimiento refuerza los vínculos fraternos, desbloquea canales dentro de la red y permite que el amor y el apoyo circulen entre los miembros de la fratría en una relación recíproca. Sin embargo, para otras puede ser necesario debilitar los vínculos o desconectarlos temporalmente (o conectarlos indirectamente a través de una familia de acogida o de una persona profesional del trabajo social), para evitar que la energía negativa circule entre la fratría. La trayectoria seguida, y su efecto en el bienestar, es única para cada joven y sus diversas circunstancias. Cada joven tiene su propia manera de gestionar cada una de sus relaciones fraternas en el nuevo contexto y a lo largo del tiempo. Cada cual tiene necesidades individuales, historias fraternas, capacidades sociales y motivaciones distintas para reconfigurar sus relaciones fraternas. Las relaciones variarán incluso dentro de una misma familia. La naturaleza compleja y dinámica de las relaciones fraternas descrita en nuestro estudio, y los desafíos que plantea la construcción, reconstrucción o destrucción de la relación tras la retirada del niño o la niña de la familia, hacen que estos desafíos sean típicos de los llamados wicked problems («problemas perversos») (Rittel & Webber, 1973). En tanto que «problema perverso», los desafíos a los que se enfrenta la juventud en acogimiento suelen ser difíciles de definir, son únicos para cada persona y están en constante cambio, lo que sugiere que la solución a estos desafíos debe ser igualmente flexible y dinámica. Es probable que existan muchas soluciones posibles para cada situación familiar, y la decisión de acoger o no conjuntamente a la persona joven, y en qué circunstancias, no es una cuestión de lo correcto o lo incorrecto, sino de lo que puede ser más o menos aceptable en ese momento y para esa persona. Es poco probable que una intervención de la persona profesional del trabajo social tenga un efecto rápido o inmediato, pero cada acción emprendida probablemente sea significativa y tenga un efecto a largo plazo. El resultado final para cada joven difícilmente será solo fruto de la intervención de acogimiento conjunto: será multifactorial, influido por la naturaleza de la relación original (como pone de relieve este estudio), pero también por las características y circunstancias personales.
Pese a la importancia de las relaciones fraternas para la juventud en acogimiento, las personas jóvenes apenas mencionaron la implicación de profesionales del trabajo social en el apoyo a esta relación. Tampoco mencionan apoyarse en ningún otro actor clave de su red que pudiera ofrecer apoyo, como la familia de acogida. Desde la perspectiva de la juventud en el contexto noruego, parecería que existe poca ayuda sistemática para gestionar sus relaciones fraternas. Las personas jóvenes deben reconfigurar estas relaciones por sí mismas lo mejor que pueden. Es posible que el personal de trabajo social, o las familias de acogida, prioricen la relación entre madres, padres e hijos y presten menos atención a la relación fraterna. Por ello, convendría animar a estos equipos profesionales a hacer un seguimiento de las relaciones fraternas, así como de las parentales, tras la separación, para comprender la experiencia de cada joven al respecto. Necesitan ayudar a la juventud a reconfigurar estas relaciones en el interés superior de toda la fratría, tanto si sus miembros están separados como si se mantienen juntos. Puede requerirse ayuda especialmente para construir las relaciones fraternas en la primera infancia, cuando más se depende de una persona adulta para construir y mantener estas relaciones de un modo que resulte beneficioso (Drapeau et al., 2000; Richardson et al., 2017).
Al trasladar a una persona al acogimiento, el personal de trabajo social debe tomar decisiones clave sobre si separar o no a la fratría. Algunos equipos de investigación abogan por el acogimiento conjunto de la fratría (Hegar, 1988; Herrick & Piccus, 2005). Otros señalan que hay poco respaldo empírico para ello (James et al., 2008; Linares et al., 2007). Nuestra investigación sugiere que no hay una respuesta definitiva y que es difícil predecir los resultados de un acogimiento conjunto. Hemos encontrado casos que respaldan la investigación según la cual a algunos niños y niñas les va igual de bien cuando se les acoge juntos (Albert & King, 2008; Hegar, 2005; Hegar & Rosenthal, 2011; James et al., 2008; Jones, 2016; Wojciak et al., 2013). El acogimiento conjunto puede ayudar a la fratría a vincularse y minimiza el trauma que se vive al separarse de los padres (Albert & King, 2008; Wojciak et al., 2013). La fratría se siente más apoyada emocionalmente (Hegar & Rosenthal, 2011) y la infancia acogida en estas condiciones refiere un mayor bienestar que la que está sola en acogimiento (Davidson-Arad & Klein, 2011). El acogimiento conjunto se ha asociado a menos problemas emocionales y conductuales (Herrick & Piccus, 2005), menos soledad y depresión (Milevsky, 2005), menos rupturas del acogimiento (Leathers, 2005) y puede acelerar los procesos de reunificación (Albert & King, 2008). Por otro lado, nuestra investigación también halló que, para algunas personas jóvenes, la separación tenía ventajas. Como en otros estudios (James et al., 2008; Jenkins & Dunn, 2009; Linares, 2006; Richardson et al., 2017; Ryan, 2002), no todos los niños y niñas tenían relaciones fraternas estrechas, y la distancia en la fratría puede ser beneficiosa en algunos casos, sobre todo si predominan el acoso y la violencia fraternos. En nuestros resultados, algunos niños y niñas piden expresamente distancia aunque hayan tenido relaciones fraternas estrechas en el pasado: necesitaban «espacio para encontrarse» o les resultaba demasiado duro que se les recordara constantemente el trauma que habían vivido en común.
Nuestros resultados muestran también que, aunque los datos se clasifican claramente entre lo que las personas jóvenes recordaban de sus relaciones en la familia biológica y cómo las veían ahora que estaban en acogimiento, las trayectorias entre estos dos momentos son muy variables. Por tanto, es prematuro extraer de este análisis conclusiones sobre cómo las circunstancias de la separación (acogimiento conjunto o separado) han influido en las múltiples trayectorias descritas en la Figura 2. Lo que aporta nuestro estudio, en cambio, es una comprensión de la complejidad del contexto y de las dimensiones que lo componen. El personal de trabajo social y las familias de acogida pueden desear enfoques estandarizados del acogimiento conjunto de la fratría. Sin embargo, nuestro análisis sugiere que intentar categorizar el estado actual de la relación fraterna según la forma de acogimiento conjunto puede simplificar en exceso un fenómeno complejo. Puede que no exista una solución única válida para todos los casos en cuanto a la forma de acogimiento fraterno que debe seguir el trabajo social, y que cada joven, y su hermano o hermana, deban tratarse como un caso individual. En consonancia con Drapeau et al. (2000), la decisión de separar o acoger conjuntamente a la fratría es más compleja que un simple sí o no. Se requiere, en cambio, una evaluación individual de cada caso. El personal de trabajo social debería tener en cuenta el tipo de relación fraterna en el hogar biológico, pero entender que las relaciones fraternas que luego se desarrollan en el acogimiento no están decididas de antemano. Es probable que el tipo de acogimiento más adecuado para la persona joven varíe mucho de un caso a otro. Esta complejidad se ilustra en el diagrama de trayectorias (Figura 2), que muestra líneas múltiples y entrecruzadas entre los temas que conectan la naturaleza de la relación fraterna antes y después de la separación. La transición entre el hogar y el acogimiento, y su efecto en la relación fraterna, dista mucho de ser un proceso lineal y discreto.
Este es un estudio exploratorio que presenta la amplitud y la profundidad de las opiniones de las personas participantes. Las descripciones de la muestra (Tablas 2–4) relativas a las circunstancias específicas de las personas participantes garantizan cierta transferibilidad de los resultados a otros contextos nacionales e internacionales. Sin embargo, como corresponde a un estudio cualitativo, el tamaño de la muestra es pequeño, y ahora se requiere investigación cuantitativa futura para poner a prueba algunas de las hipótesis generadas por el estudio. La clave es explorar en muestras más amplias la prevalencia y la distribución de cada trayectoria en la población en acogimiento. En esta muestra reducida no se apreció de inmediato ningún patrón en función del tipo de acogimiento, en gran parte por las numerosas y variadas características de cada participante y por la diversidad de sus relaciones y trayectorias de transición con cada uno de sus hermanos y hermanas. Estas dimensiones pueden servir ahora de contenido sustantivo para herramientas de encuesta y estudios de seguimiento con análisis cuantitativo multinivel, en los que se podría pedir a las personas participantes que nombren a cada hermano o hermana, indiquen si están separadas o no de esa persona y categoricen la relación con ella antes (parentificación, ninguna, alianza y conflicto) y después del ingreso en acogimiento (estrecha, conflictiva, distante y rota). Esto resulta ahora necesario para determinar de manera más concluyente el efecto del acogimiento conjunto de la fratría. Encuestas de mayor escala de este tipo podrían también comprobar si se detectan relaciones significativas entre el tipo de acogimiento (y otros factores ambientales, incluidos atributos de las personas participantes como el género y el tamaño de la fratría) y cada una de las 14 trayectorias descritas en nuestro estudio. Estos análisis arrojarán luz sobre las razones por las que, en algunos casos, la separación de la fratría refuerza ciertas relaciones fraternas pero no otras. Estos estudios también podrían controlar algunos de estos múltiples factores ambientales que probablemente influyen en la relación fraterna, además del tipo de acogimiento.
Desde el punto de vista cualitativo, las entrevistas también nos han dicho poco sobre cómo se produjeron exactamente los procesos de construcción, reconstrucción y destrucción de la relación fraterna a lo largo de las trayectorias señaladas en la Figura 2. Aparte del teléfono y las redes sociales, las personas jóvenes no explican cómo se mantienen o cambian las relaciones. Sugerimos que esto refleja una carencia de competencias en estas personas jóvenes. El artículo recomienda que, dado que niños y niñas no son capaces de articular estrategias para construir relaciones fraternas positivas, corresponde al personal de trabajo social y a las familias de acogida ayudarles a desarrollarlas. Actualmente, y según los propios relatos de la infancia, estas personas adultas aún no les brindan ese apoyo. Se necesita investigación futura para explorar si el personal de trabajo social y las familias de acogida ofrecen efectivamente este apoyo y, en caso afirmativo, cómo lo hacen. Esto podría incluir el estudio de la opinión del personal de trabajo social y de las familias de acogida sobre los beneficios de desarrollar en niños y niñas diversos estilos de comunicación con su fratría, como las redes sociales, pero también de ayudarles a sortear sus peligros.
La visión del personal de trabajo social y de las familias de acogida también merece explorarse como perspectiva alternativa a la de la persona joven. No porque el relato que la persona joven hace de su propia experiencia tenga menos valor, sino como una visión subjetiva diferente de la realidad que se triangula con la suya. Ello podría maximizar las posibilidades de comprender las condiciones necesarias para maximizar el bienestar de la persona joven.
Este artículo pretendía explorar las percepciones de la juventud sobre cómo cambian las relaciones fraternas al pasar de la familia biológica al acogimiento. Muestra que las relaciones fraternas son importantes para las personas jóvenes y describe la calidad de los vínculos fraternos en la familia biológica (parentificación, estrechos, conflictivos o inexistentes) y, después, la calidad de estos vínculos sociales en el acogimiento (rotos, conflictivos, estrechos o distantes). El estudio ha puesto de manifiesto múltiples trayectorias por las que cambia la calidad de estos vínculos de parentesco cuando la persona joven pasa de la familia al acogimiento. Esto sugiere, en primer lugar, la complejidad y el carácter singular de esta transición, pero también la posibilidad de que en el acogimiento se dé una relación fraterna adecuada sea cual sea la relación inicial en el hogar biológico.
Se necesita una solución a medida de las necesidades y circunstancias de cada pareja fraterna, difícil de predecir o estandarizar, si se quiere alcanzar la relación fraterna ideal para la persona joven. Recomendamos que el personal de trabajo social, junto con las familias de acogida, preste una atención explícita a la construcción dinámica de la relación fraterna cuando se retira a un niño o una niña del hogar. Toda decisión sobre el acogimiento debería basarse en un enfoque flexible y centrado en la persona, que permita los cambios en esta relación dinámica según lo que mejor convenga al niño o la niña. Es necesario explorar y aplicar mejores estrategias y herramientas para gestionar la reconstrucción de las relaciones fraternas.
Complexe Systémique: puntos clave
El mérito del estudio es considerar la fratría como una red viva y no como un bloque que se acoge junto o por separado. Antes del acogimiento, las personas jóvenes describen alianzas de supervivencia, una parentificación a veces sostenedora y a veces aplastante, o conflictos que rozan el maltrato; después, vínculos estrechos, conflictivos, distantes o rotos, unidos por catorce trayectorias. El punto decisivo es que la relación previa no predice la posterior, y que el acogimiento conjunto no es en sí mismo ni una garantía ni un error. Para la práctica sistémica, esto invita a evaluar cada vínculo fraterno por sí mismo, a escuchar la distancia que algunas personas piden como una protección y no como un fracaso, y a acompañar activamente la reconstrucción de los vínculos que estas personas jóvenes dicen reconfigurar hoy sin ayuda. Los límites residen en una muestra pequeña de un único municipio, en relatos retrospectivos de un solo miembro de cada fratría y en la ausencia de la perspectiva del personal de trabajo social y de las familias de acogida. Puede leerse junto con el artículo sobre los relatos de fratrías ante el malestar psíquico parental y el artículo sobre el conflicto parental intenso como problema perverso.
Notas del original
Declaración ética. El estudio obtuvo la autorización ética del Defensor de la privacidad para la investigación, el Servicio Noruego de Datos de Ciencias Sociales (NSD).
Conflicto de intereses. La autoría declara no tener ningún conflicto de intereses.
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Traducción no oficial al español de The quality and developmental pathways in sibling relationships: A qualitative study of Norwegian children admitted to child welfare service care, de Wenche Hovland y Sarah Hean, Child & Family Social Work, vol. 26, n.o 4 (2021), doi: 10.1111/cfs.12838, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (traducción, tablas presentadas en forma de listas). Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Artículo original: «The quality and developmental pathways in sibling relationships: A qualitative study of Norwegian children admitted to child welfare service care», publicado en Child & Family Social Work (2021) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción no oficial al español realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Hovland, W., y Hean, S. (2021). The quality and developmental pathways in sibling relationships: A qualitative study of Norwegian children admitted to child welfare service care. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/the-quality-and-developmental-pathways-in-sibling-relationships-a-qualitative-study (Obra original publicada en 2021 en Child & Family Social Work, 26(4), 559-571 (2021); republicada en 2021 por Child & Family Social Work, https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1111/cfs.12838)
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