Traducción asistida por IA

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Clinical Social Work Journal · Terapia familiar

De la complementariedad al reconocimiento mutuo y la terceridad en la psicoterapia infanto-parental

¿Qué hacer cuando un niño de cuatro años, devuelto a su madre después de años en acogimiento familiar, se empeña en decidirlo todo y ella ya no tiene fuerzas para jugar? A partir de un proceso de psicoterapia infanto-parental (CPP), un clínico israelí muestra lo que aportan los conceptos de Jessica Benjamin: ir más allá del «someterse o resistirse» para abrir un tercer espacio en el que cada cual pueda reconocer al otro.

Autor Yuval Saar-Heiman (The Spitzer Department of Social Work, Ben-Gurion University of the Negev, Beer-Sheva, Israel)Primera publicación Clinical Social Work Journal, 6 de diciembre de 2024Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de From Complementarity to Mutual Recognition and Thirdness in Child–Parent Psychotherapy, de Yuval Saar-Heiman, publicado en Clinical Social Work Journal (Springer) (2026), doi: 10.1007/s10615-024-00976-5, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las declaraciones de final de artículo figuran en las notas. Esta traducción no ha sido realizada ni por el autor ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Es importante señalar que la terceridad siempre se derrumba, y que perdemos y recuperamos constantemente la mirada intersubjetiva.

Yuval Saar-Heiman

Resumen

Este artículo explora la integración de los conceptos de «reconocimiento mutuo» y de «el tercero» de Jessica Benjamin en la psicoterapia infanto-parental (CPP), un modelo de intervención diádica basado en la relación, informado por el trauma y arraigado en la teoría del apego. Pese a la importancia de la relación entre la persona cuidadora y el niño o la niña en la respuesta al trauma, la obra de Benjamin sigue estando infrautilizada en la literatura sobre la CPP. Este artículo recurre a la ilustración de un caso para mostrar cómo la incorporación de los conceptos de Benjamin enriquece las intervenciones de CPP que abordan el impacto relacional del trauma en la primera infancia. A partir del material clínico se describen tres estrategias para cultivar la terceridad en la CPP: explorar el trauma y la complementariedad, distinguir el juego de la realidad y trabajar con la subjetividad del clínico. El artículo ilustra cómo el uso de los conceptos de Benjamin puede complementar la CPP, y cómo poner el acento en la dinámica intersubjetiva entre progenitor y criatura, reforzar la subjetividad parental y dar prioridad a la reparación de las rupturas del reconocimiento puede ayudar a profesionales de la clínica a avanzar hacia los objetivos terapéuticos de la CPP.

Palabras clave: Reconocimiento mutuo, Psicoterapia infanto-parental, Intersubjetividad, Apego

Introducción

Los conceptos intersubjetivos de «reconocimiento mutuo» y de «el tercero» de Jessica Benjamin (Benjamin, 1988, 1990, 2006, 2015, 2018) ocupan un lugar central en la teorización de la experiencia vivida de las interacciones recíprocas entre sujetos. Este artículo recurre a la ilustración de un caso para mostrar la aplicación de estos constructos a la psicoterapia infanto-parental (CPP). La CPP es un modelo de intervención en salud mental del bebé y de la primera infancia (IECMH) basado en la relación, destinado a la infancia traumatizada y a sus personas cuidadoras (Zeanah & Zeanah, 2019). Se centra en mejorar la calidad emocional de la relación entre las figuras parentales y sus hijos e hijas desde el nacimiento hasta los cinco años mediante sesiones conjuntas con el niño o la niña y su progenitor (Leiberman & Van Horn, 2008).

Aunque tanto la teoría de la intersubjetividad de Benjamin como la CPP conciben las relaciones como el fundamento del desarrollo y del bienestar psicológicos y como el componente central del proceso terapéutico, la obra de Benjamin apenas se aborda en la literatura sobre la CPP, y la pertinencia de su teoría para las intervenciones de CPP sigue sin explorarse. El presente artículo recurre a la ilustración clínica del trabajo que el autor, profesional del trabajo social, llevó a cabo con una madre y su hijo de cuatro años para mostrar cómo los conceptos de reconocimiento mutuo y de terceridad encajan en el modelo de la CPP y enriquecen el trabajo terapéutico que aborda el impacto relacional del trauma en la primera infancia.

El artículo comienza con una presentación general de la CPP y de los conceptos de reconocimiento mutuo y de tercero. A continuación se describen la historia de la familia y la posición social del clínico y de la familia. Después se presenta el tratamiento, acompañado de un análisis de la intervención a la luz de los conceptos de Benjamin. Por último, la discusión examina cómo la teoría del reconocimiento de Benjamin complementa la CPP y explora de qué manera apoyó la capacidad del clínico para avanzar hacia los objetivos de tratamiento de la CPP.

La CPP

La CPP tiene su origen en la psicoterapia padres-bebé tal como la desarrolló Selma Fraiberg (Fraiberg, 1980). Surgió de la conceptualización psicoanalítica subyacente de los «fantasmas en la habitación del bebé» propuesta por Fraiberg y su equipo (1975), que da cuenta de la transmisión intergeneracional del trauma y de los mecanismos de defensa inconscientes empleados para afrontar los sentimientos no resueltos asociados a conflictos, pérdidas y traumas relacionales tempranos. Partiendo de la base relacional del trabajo de Fraiberg, Leiberman y su equipo (Lieberman & Van Horn, 2008; Lieberman et al., 2011; Ghosh Ippen & Lieberman, 2024) desarrollaron la CPP como un modelo multiteórico que integra la teoría psicoanalítica, incluida la teoría del apego, el trabajo sobre el estrés y el trauma y la psicología del desarrollo.

El modelo tiene por objeto mejorar la salud mental de la primera infancia traumatizada y reforzar la capacidad de sus personas cuidadoras para criarla y protegerla (Lieberman & Van Horn, 2008). En consecuencia, los principales objetivos de la CPP son facilitar los vínculos emocionales entre los miembros de la familia y ayudarles a dar sentido a los acontecimientos estresantes o traumáticos que afectan al niño o la niña, a la persona cuidadora o a su relación. Además, la CPP pretende ayudar a las familias a gestionar de forma adaptativa las consecuencias de estas experiencias y a devolver a la criatura y a la familia a una trayectoria de desarrollo saludable (Lieberman, 2004).

Arraigada en la teoría del apego, la CPP se hace eco de una larga tradición de investigación y de clínica que subraya la disponibilidad emocional y la capacidad de respuesta empática de las personas cuidadoras como elementos esenciales para ayudar a la infancia a regular el afecto y a organizar sus experiencias internas (Lieberman & Zeanah, 1999). Así, uno de los rasgos principales de la CPP es la aspiración a fomentar la «capacidad de la persona cuidadora para servir de base segura, de figura protectora legítima y de compañera en la regulación» (Ghosh Ippen & Lieberman, 2024, p. 295).

La naturaleza de la relación entre un niño o una niña que ha vivido un trauma y su persona cuidadora puede moderar o agravar la respuesta traumática de la criatura y favorecer u obstaculizar su recuperación (Lieberman, 2004). Por ello, quienes promueven la CPP sostienen que conviene abordar el conjunto de los daños causados por la exposición al trauma en la primera infancia en el contexto de la relación de apego principal de la criatura (Ghosh Ippen & Lieberman, 2024). Las intervenciones de CPP, que consisten en sesiones conjuntas con la persona cuidadora y la criatura, aspiran a ayudar a la infancia a percibir a la persona cuidadora principal como una figura segura y digna de confianza cuando se encuentra en apuros, mediante un juego guiado por terapeuta y experiencias positivas que ponen palabras y sentido a su trauma (Hoffnung-Assouline & Knei-Paz, 2024).

En la práctica, la CPP es un modelo flexible, construido desde la sencillez, que responde a las necesidades de la familia y subraya la importancia de reconocer la influencia de los contextos sociales (p. ej., la pobreza, el racismo) y culturales (p. ej., los valores, las expectativas sobre el desarrollo) en la salud mental de los miembros de la familia (Lieberman & Van Horn, 2008). El proceso de tratamiento consta de tres fases. La primera es la fase de fundamentos, que incluye sesiones con las personas cuidadoras sin la criatura y sirve de anclaje para las sesiones posteriores al crear un clima terapéutico. Esta fase permite a quien ejerce la terapia conocer a la persona cuidadora y su percepción de las dificultades de la criatura, y preparar la parte diádica del tratamiento (Reyes et al., 2017). La segunda es la fase de intervención central, que consiste en presentar la terapia a la criatura e incluye un abanico de modalidades de tratamiento, p. ej., ofrecer orientación sobre el desarrollo, brindar apoyo emocional, interpretar emociones y acciones, modelar conductas protectoras, identificar desencadenantes traumáticos y promover procesos de desarrollo, que se aplican a través de diversas puertas de entrada según el juicio clínico de quien ejerce la terapia sobre las necesidades de la familia (Van Horn & Lieberman, 2009). La última es la fase de cierre, esencial, que comprende una síntesis del tratamiento centrada en los recursos de la familia y la ayuda a anticipar y prepararse para posibles dificultades y desencadenantes traumáticos futuros (Ghosh Ippen & Lieberman, 2024).

La eficacia de la CPP se ha documentado empíricamente en cinco ensayos controlados aleatorizados con grupos diversos de niñas y niños pequeños y en edad preescolar en situación de alto riesgo. Los resultados de estos estudios indican que la CPP mejora el comportamiento emocional, cognitivo y social de la infancia traumatizada y reduce los síntomas traumáticos (Guild et al., 2021).

Reconocimiento mutuo y el tercero

Jessica Benjamin es una destacada psicoanalista relacional que se ha nutrido de diversas disciplinas, entre ellas la teoría de las relaciones objetales, la teoría feminista y la filosofía idealista alemana (Meehan, 2019). Profundamente influida por la obra de Winnicott (1971) y por la investigación sobre el bebé de figuras como Daniel Stern (1985), Beebe (1985) y Trevarthen (1979), desarrolló una teoría del reconocimiento centrada en la naturaleza intersubjetiva del desarrollo psíquico. La intersubjetividad, según Benjamin, es «una relación en la que cada persona experimenta a la otra como un “sujeto semejante”, otra mente con la que se puede “sentir”, pero que tiene un centro de sentimiento y de percepción distinto y separado» (Benjamin, 2009, p. 5). Benjamin afirma que el desarrollo de esta relación intersubjetiva requiere una experiencia de reconocimiento que puede expresarse en la sensación de una persona: «Me ven, me conocen, mis intenciones han sido comprendidas, he tenido un impacto en ti y esto también debe significar que te importo» (Benjamin, 2018, p. 4).

La novedad significativa de la teoría de Benjamin reside en la afirmación de que el reconocimiento es necesariamente mutuo e implica no solo la necesidad de ser reconocido por el otro, sino también la necesidad de reconocer al otro como una persona separada, semejante y a la vez distinta. Según McKay (2019):

Desde muy temprano en la vida, una niña se siente reconocida por su progenitor y capaz de alcanzarlo solo si puede vivirlo como alguien cuyos sentimientos —deleite, ternura, incluso exasperación— son únicos y propios de quien es y de lo que siente por esta niña en particular. (p. 80)

Por tanto, el reconocimiento mutuo es más que la sensación de ser comprendido por otro. Es también una relación recíproca que implica una tensión constante entre la afirmación del self y el reconocimiento del otro (Benjamin, 2006). Benjamin define este espacio relacional, que permite a la díada sostener la tensión de la diferencia entre las necesidades de cada sujeto, como el espacio simbólico de la terceridad, un espacio que está «fuera de los dos» pero conectado con ambos (Benjamin, 2018). La terceridad implica el placer diádico de dos sujetos que entran en contacto con la mente del otro y comparten estados afectivos, así como el juego entre lo semejante y lo diferente (Benjamin, 2014).

Sin embargo, esta relación mutua puede degenerar fácilmente en interacciones unilaterales en las que tanto el progenitor como la criatura sienten que reconocer al otro les obliga a negar su propia subjetividad. Esta ruptura de la terceridad crea una estructura complementaria en la que la dependencia se vuelve coercitiva y cada miembro de la díada se siente «objeto de la acción» del otro, el «agente» (Benjamin, 2018). Cuando surge la complementariedad, la búsqueda de reconocimiento puede convertirse en una lucha de poder en la que ni el progenitor ni la criatura pueden «reconocer al otro y afrontar la diferencia sin someterse al otro ni controlarlo» (Benjamin, 2009, p.139), lo que deja a la díada sin recurso a la autorreflexión ni a la mentalización (Curk, 2018). Es importante señalar que la terceridad siempre se derrumba, y que perdemos y recuperamos constantemente la mirada intersubjetiva. Benjamin (2018) describe cómo la ruptura y la reparación de la terceridad son, en sí mismas, cruciales para el desarrollo de una relación mutua duradera.

En el plano clínico, trabajar hacia el reconocimiento mutuo y la terceridad requiere un espacio cálido y acogedor en el que terapeuta y paciente puedan vivirse como individuos únicos. Juntos exploran las relaciones de las personas en tratamiento, incluidas sus interacciones en la terapia. El clima clínico es de apertura, colaboración y exploración compartida, y terapeuta y paciente contribuyen al proceso terapéutico (Muran et al., 2010).

La obra de Benjamin concuerda con gran parte de la base teórica de la CPP y con su premisa de que la mutualidad en la relación temprana entre progenitor y criatura es esencial para el desarrollo de la intersubjetividad y del bienestar psicológico. En concreto, la conceptualización de la ruptura y la reparación de la terceridad está en consonancia con el empeño de la CPP en «reparar las percepciones e interacciones emocionalmente dañinas y crear o restablecer mayores niveles de regulación afectiva, de mutualidad y de interacciones adecuadas al desarrollo» (Lieberman & Van Horn, 2008, p. 64).

Pese a estas similitudes, la literatura sobre la CPP apenas hace referencia a la obra de Benjamin, y la pertinencia de su teoría para la práctica de la CPP aún no se ha explorado. En lo que sigue, el autor muestra cómo los conceptos de reconocimiento mutuo y de tercero mejoraron su capacidad para llevar a cabo una intervención de CPP con una madre y su hijo de cuatro años, describiendo cómo estos conceptos le permitieron comprender mejor la dinámica relacional entre la madre, el niño y el terapeuta, y cómo orientaron sus acciones y decisiones clínicas.

Rita y Rony: contexto

Los nombres utilizados son seudónimos y se han modificado otros datos identificativos para proteger la privacidad de la familia, que aceptó generosamente compartir su historia.

Rita, de 37 años, y su hijo Rony, de cuatro años, fueron derivados al centro comunitario infanto-parental por la persona de referencia del trabajo social de protección de la infancia, tres meses después de que Rony quedara al cuidado de Rita tras la separación de ambos al nacer. Rony nació con un síndrome de abstinencia neonatal (NWS) debido al consumo de sustancias de Rita durante el embarazo. Tanto Rita como David, el padre de Rony, reconocieron que no podían hacerse cargo del niño a causa de sus adicciones. Pidieron a los servicios sociales que Rony fuera acogido en familia extensa por su abuela materna. Tras pasar dos meses y medio con su abuela, Rony fue trasladado a una familia de acogida de transición. A los cinco meses fue acogido por la familia del hermano de su padre, donde pasó tres años y medio desarrollando una relación estrecha y afectuosa con su tío, su tía y su prima o primo de tres años.

Cuando Rony tenía un año, Rita terminó su rehabilitación y solicitó al tribunal que iniciara un proceso de reunificación con él. Durante tres años, Rita demostró su motivación, su capacidad y su aptitud para criar a Rony: se mantuvo sin consumir drogas, acudió escrupulosamente a todas las visitas con Rony, mostró su capacidad para recibir orientación y colaboró de forma positiva con los servicios sociales. El tribunal resolvió que Rony dejaría la casa de su tío y que se concedería la custodia a Rita. Cabe destacar que, mientras Rony vivía con su familia de acogida, Rita conoció a Max, una persona que había consumido drogas en el pasado. Formaron pareja y empezaron a vivir juntos seis meses antes de que Rony se trasladara a su casa. En el momento del traslado, Rony solo había visto a Max dos veces, de modo que apenas le conocía. Dos meses después del traslado, fueron derivados al autor para una CPP.

La posición social del clínico y de la familia

Rita es una mujer inmigrante que vive en la pobreza, actualmente en recuperación de un trastorno por consumo de sustancias, y a quien se le retiró la custodia de su hijo. El clínico es un hombre blanco de clase media, casado y padre de tres hijos. Sus trayectorias reflejan percepciones culturales distintas de la parentalidad y del desarrollo infantil, así como un desequilibrio de poder social. El hecho de que Rita fuera derivada por la persona de referencia del trabajo social en el marco del plan de intervención obligatorio destinado a acompañar el traslado de Rony a su casa acentuaba este desequilibrio de poder.

En consonancia con la atención que presta la CPP al impacto de la raza, la clase, el género y la etnia en las experiencias y las relaciones de las familias (Leiberman & Van Horn, 2008) y con el énfasis de Benjamin en la subjetividad de quien ejerce la terapia (Benjamin, 2018), el clínico reflexionó y trabajó de forma continua sobre los aspectos sociales de su relación con Rita y Rony y sobre sus experiencias en la sociedad. Por ejemplo, Rita y el clínico hablaron de los aspectos reguladores y de supervisión de la intervención. Además, las dificultades materiales de Rita se abordaron a lo largo de todo el tratamiento. Sus dificultades se plantearon a menudo como una lucha contra barreras estructurales (p. ej., tener que cancelar sesiones por su trabajo como empleada temporal) y contra actitudes sociales negativas hacia ella como madre cuyo hijo había sido tutelado (p. ej., comprender los comentarios malintencionados de la maestra de la escuela infantil sobre su manera de criar como microagresiones, y acompañarla a una reunión con ella).

El tratamiento

Rita y Max expusieron sus preocupaciones durante la sesión inicial con el clínico y la persona de referencia de protección de la infancia. Hablaron de dificultades importantes con Rony y de sentirse desbordados por su comportamiento. Lo describieron como inquieto, desatento, sin límites e incapaz de jugar solo. La maestra de la escuela infantil compartía estas preocupaciones y señalaba episodios de agresividad de Rony hacia otras criaturas. Tras presentar brevemente la CPP, el clínico invitó a Rita y a Max a un primer encuentro para iniciar la fase de fundamentos del tratamiento (Ghosh-Ippen & Leiberman, 2024).

Aunque el clínico tenía la intención de celebrar una sesión solo con la pareja, Rita y Max acudieron al primer encuentro con Rony. Ante este cambio inesperado, el clínico se situó como observador del juego. La sesión fue tumultuosa: Rony pasaba constantemente de una actividad a otra mientras Rita y Max intentaban imponer disciplina. Rony mostraba agresividad en su juego y se resistía a los intentos de la pareja de dirigir sus actividades. Pese a sus esfuerzos por proponer juegos didácticos, como rompecabezas y cartas, Rony se empeñaba en controlar la dinámica del juego.

Rony encontró un trozo de tela, se acercó a Rita y a Max, los tapó y les ordenó que durmieran. Al principio no querían jugar, así que le pregunté si quería que yo también durmiera; dijo que sí, y todos fingimos que nos íbamos a dormir. Rony lo repitió muchas veces, insistiendo en la orden de dormir. Para él era muy importante que cerráramos los ojos, y nos gritaba que los cerráramos cada vez que los abríamos. Eso los incomodaba (y a mí también). Les costaba que fuera tan dominante, y había algo bastante desagradable en ello. Con Rita resultaba violento; en un momento dado, le empujó la cabeza contra la mesa para hacerla dormir. Ella le dijo que parara y que no jugaría con él de esa manera, y él enseguida le pidió perdón y la besó y la abrazó, también con mucha fuerza. Rita dijo: «Bien», y continuamos. Nos hacía callar todo el tiempo. Cuando nos quedábamos sentados durmiendo en silencio, se calmaba, pero a Rita le costaba fingir que seguía dormida y le dijo: «¡Ahora nos levantamos!». Él le gritó que se negaba. Rita y Max dijeron: «¿Lo ves? Quiere decidirlo todo. Así es todo el tiempo».

La interacción ilustraba la estructura complementaria de la relación entre Rony y Rita en aquel momento. Era evidente que Rony no se sentía seguro ni escuchado y que, para experimentar una sensación de control y de conexión con su madre, necesitaba afirmar simbólicamente su dominio sobre la situación mediante estallidos vocales y acciones físicas. Esta dinámica dejaba poco espacio para el juego o la creatividad. Rita respondía intentando imponer estructura y disciplina a sus interacciones, y a menudo forzaba a Rony a pedir perdón. Sin embargo, las disculpas de Rony parecían nacer más de la angustia ante la amenaza de Rita de dejarle que de una auténtica empatía hacia sus sentimientos. En consecuencia, Rita seguía insatisfecha con sus disculpas y le costaba implicarse en sus intentos de juego, sin llegar a reconocer ni atender sus necesidades subyacentes.

Este ciclo negativo del reconocimiento, desprovisto de espacio para la terceridad, persistió a lo largo de todo el tratamiento. Una parte importante de la intervención se centró en fomentar la terceridad en la relación entre Rita y Rony y en abordar las rupturas del reconocimiento, como se explica a continuación. Los apartados siguientes describen, con ejemplos, tres estrategias que el autor empleó como clínico para cultivar la terceridad en la dinámica terapéutica: explorar y reconocer el vínculo entre el trauma y la complementariedad, distinguir entre el juego y la realidad, y trabajar con la subjetividad del clínico. Estos enfoques pretendían romper los patrones de interacción arraigados entre Rita y Rony y favorecer, en última instancia, una dinámica relacional más equilibrada y nutricia.

Explorar y reconocer el vínculo entre el trauma y la complementariedad

Tras el encuentro imprevisto con Rony, el clínico se reunió a solas con Rita durante varias sesiones como parte de la fase de fundamentos. En estas sesiones conoció, desde la perspectiva de Rita, a Rony y la serie de acontecimientos traumáticos que había vivido en su corta vida. También conoció el pasado complejo y traumático de Rita. Nació en el extranjero y la criaron su abuela y su abuelo. Su madre solo participó parcialmente en su vida. A los cinco años sufrió acoso sexual por parte de una persona del vecindario, y a los seis padeció en la escuela un acoso que incluyó maltrato físico. Junto a estas experiencias traumáticas, describió una relación significativa con su abuelo. A los 12 años emigró con su familia. Contó que, al emigrar, se prometió no volver a ser nunca una víctima, y explicó que esta postura la volvió muy agresiva y la llevó a verse envuelta en numerosos enfrentamientos violentos. Dejó la escuela a los 16 años y conoció a un hombre mayor con el que se hizo adicta a las drogas. Se quedó embarazada a los 18 años y dio a luz a su primera hija. En los 12 años siguientes, Rita pasó por varios ciclos de consumo y dio a luz a otra hija a la que no crio. Pasó largos periodos en la calle, sufriendo pobreza y violencia. A los 30 años, Rita ingresó en una comunidad de rehabilitación y logró no consumir drogas durante tres años, en los que vivió cerca de sus dos hijas, trabajó y se sintió bien. Conoció al padre de Rony y se quedó embarazada. En el séptimo mes de embarazo volvió a consumir, y Rony nació mientras ella seguía consumiendo.

Durante estas sesiones, Rita expresó un profundo temor a no ser capaz de desempeñar su papel de madre de Rony y de responder a sus necesidades. Le angustiaba constantemente que Rony no la percibiera como su madre y se sentía intimidada por la presencia de la tía de Rony, que lo había cuidado durante la mayor parte de su vida. Rita describió numerosas dificultades surgidas desde la llegada de Rony a su casa, entre ellas su aparente negativa a reconocer su papel materno, su desobediencia, su conducta controladora y su deseo de dictar todas las decisiones del hogar. Compartió abiertamente sus dificultades, describiendo momentos en los que se sentía impotente ante el desafío de Rony, y reveló que a menudo acababa pidiéndole que guardara las distancias y expresando su reticencia a estar con él.

Otra comprensión que surgió de estas conversaciones fue el impacto de las experiencias traumáticas tempranas de Rita en su parentalidad, es decir, sus «fantasmas» (Fraiberg et al., 1975). A medida que avanzaba la terapia, Rita pudo reflexionar sobre cómo reaccionaba cuando sentía que Rony intentaba imponerle su control. Se hizo evidente que esos momentos actuaban como desencadenantes traumáticos para Rita; Rony simbolizaba a quienes la habían maltratado en su infancia y el fracaso de su madre a la hora de atender su angustia. Su retirada agresiva frente a Rony cuando él intentaba dominarla tenía sus raíces en estas experiencias infantiles.

Otro aspecto crucial de la fase de fundamentos consistió en explorar el impacto de las experiencias adversas de Rony en la infancia sobre su desarrollo, su comportamiento y su relación con Rita. En concreto, Rita y el clínico profundizaron en cómo la capacidad de Rony para establecer relaciones de confianza se había visto afectada por haber estado separado de Rita la mayor parte de su vida y por haber vivido múltiples transiciones entre figuras de apego. Hablaron de las numerosas rupturas en el sistema de apego de Rony y de su dificultad para apoyarse en Rita como base segura y compañera en la regulación. En lugar de encontrar consuelo en los intentos de Rita por regularle, Rony los percibía como recordatorios traumáticos de sus pérdidas pasadas y de la imprevisibilidad de las figuras de apego.

Apoyándose en estas comprensiones, Rita y el clínico exploraron los vínculos entre los pasados traumáticos de Rita y de Rony y la estructura complementaria de su relación. Además, hablaron de cómo los traumas no resueltos de Rita y sus angustias en torno a la maternidad se entrecruzaban con el trauma relacional de Rony, lo que se manifestaba en su sensación de sentirse asfixiada por él. Aunque la capacidad de reflexión de Rita fue decisiva para avanzar hacia la terceridad, el impacto de estas comprensiones siguió siendo limitado durante las fases iniciales del proceso. Como se explica más adelante, solo cuando estos traumas relacionales se actuaron en la sala a lo largo de la intervención pudo Rita servirse de estas comprensiones para aumentar su capacidad de hacer frente a los sentimientos difíciles de Rony hacia ella.

Diferenciar el juego y la realidad

Las sesiones diádicas con Rita y Rony confirmaron la observación inicial del clínico sobre la naturaleza complementaria de su relación. Durante las sesiones, Rony cambiaba con frecuencia de actividad e ignoraba cualquier intento de implicarle o de establecer alguna forma de regulación. En su juego se dirigía hacia la cocinita y los alimentos de juguete, y asumía el control de la preparación y el reparto de la comida, lo que reflejaba la interrupción de los cuidados que había vivido. Su juego estaba marcado por la agresividad: gritaba, culpaba y privaba de comida a Rita y al clínico.

A Rita este comportamiento le resultaba intolerable y se negaba de inmediato a participar en esos juegos, respondiendo con acciones concretas y agresivas. No estaba en sintonía con la necesidad de Rony de expresar impulsos agresivos y destructivos a través del juego. Esta falta de sintonía provocaba una reactividad creciente en ambas partes y desembocaba en una ruptura del juego y en la aparición de una lucha simbólica por el reconocimiento en la sala. Rita y Rony llegaban a un callejón sin salida cada vez que jugaban. Con la esperanza de ayudarles a superar estos callejones sin salida, el clínico centró sus intervenciones en diferenciar el juego de la realidad:

Rita y yo intentamos participar activamente en el juego, pero a medida que avanzaba, Rony empezó a decir «Chsss» o «Silencio», y luego directamente gritaba «¡Cállate!» cada vez que yo intentaba hablar. Rita le dijo que no era agradable que no nos dejara hablar. Le dije que veía que para él era muy importante decidir, que aquí era un lugar donde de verdad podía permitirse decidir, pero que eso no significaba que pudiera hablarnos de forma desagradable. Siguió gritándonos que nos calláramos. Les dije que quizá Rony nos estaba mostrando que estaba enfadado y que podíamos pensar en qué le hacía enfadar, y entonces me gritó «¡Silencio!» directamente al oído. En ese momento le dije que lo que había hecho era desagradable y que podía pedirnos que nos calláramos, pero que debía entender que su madre y yo también estábamos allí y queríamos jugar con él, que estábamos allí para aprender a jugar juntos, y que teníamos que diferenciar entre jugar y fingir y hacernos cosas desagradables. Me gritó y de repente pareció muy coercitivo. Sentía que Rita sufría a cada instante. Le dije que, aunque nos resultara difícil que Rony estuviera enfadado, necesitaba tener un lugar donde estar enfadado. Está muy bien enfadarse, pero si quiere hacer daño de verdad a alguien, solo puede hacerlo en un juego de mentira. Ella dijo: «Vale, pero tenemos que decirle si algo nos resulta desagradable». Estuve de acuerdo.

Con el tiempo, la validación de los sentimientos e impulsos destructivos y agresivos dentro del espacio simbólico produjo dos resultados importantes. En primer lugar, dio a Rita la fuerza para resistir los ataques simbólicos de Rony. Una vez que reconoció que Rony utilizaba el espacio simbólico para elaborar sus experiencias traumáticas y expresar su agresividad, pudo reconocer su necesidad de independencia sin sentir que se invalidaba a sí misma. En consecuencia, fue sintonizando poco a poco con las señales de Rony durante el juego y supo manejar con éxito sus estallidos.

En segundo lugar, estas intervenciones crearon un espacio para la subjetividad de Rita (y del clínico). Al distinguir entre el juego y la realidad, Rony tomó conciencia del impacto de sus acciones sobre Rita. Además, como sus sentimientos eran reconocidos cuando los expresaba en el juego, no percibía como hirientes o intimidantes los intentos de regularle en la realidad. Este cambio, a su vez, permitió a Rita y al clínico participar en el juego simbólico. Este proceso recíproco fue abriendo poco a poco espacio para que emergiera la terceridad.

El siguiente extracto de una sesión que tuvo lugar a los seis meses de tratamiento ilustra la evolución de la diferenciación entre juego y realidad hacia un espacio simbólico de terceridad, así como la creciente capacidad de Rita y de Rony para reparar las rupturas del reconocimiento:

En un momento dado, volvió a la cesta, cogió un walkie-talkie y dijo: «¿Diga?». Le pregunté a quién llamaba y dijo: «A un amigo». Le pregunté a qué amigo y dijo: «A Rita». Rita se levantó, trajo el segundo walkie-talkie y dijo: «Toma, soy tu madre y podemos hablar». Él se fue al rincón de las herramientas de juguete y se sentó de espaldas a nosotros. Rita le llamó y le preguntó cuándo volvía a casa, porque le estaba preparando la comida. Él dijo: «Dentro de un rato». Ella le preguntó qué quería que le preparara y él dijo: «Zumo de naranja». Mientras jugaba, vino a ocuparse de su boca como si fuera dentista, y ella le llamaba de vez en cuando para preguntarle qué quería. Consiguieron hablar por teléfono durante unos diez minutos, y había algo muy agradable y comunicativo en ello. En un momento dado, le metió el instrumental médico en la boca de forma algo desregulada. Ella le dijo: «Rony, así no es agradable. Si quieres jugar al dentista, tienes que hacerlo con cuidado y de mentira». Él dijo: «Vale, lo haré de mentira», lo volvió a intentar y lo consiguió. A partir de ahí el juego siguió fluyendo.

En este extracto se aprecia un cambio notable en la naturaleza del juego en la sala con respecto a las fases anteriores del tratamiento. El espacio simbólico de la terceridad permitió un juego más mutuo y recíproco. Rony podía expresar impulsos agresivos a través del juego imaginativo, como fingir que era dentista, mientras Rita desempeñaba a la vez el papel de paciente y el de madre. Sin embargo, la terceridad se vio interrumpida cuando los impulsos de Rony se manifestaron en la realidad y acabó haciendo daño a Rita sin querer. Pese a esta ruptura, Rita demostró su capacidad para diferenciar la necesidad de Rony de escenificar la agresión en el juego de su comportamiento real. Al mantener su propia regulación y validar el impulso de Rony de hacer de agresor, al tiempo que afirmaba su propia subjetividad, Rita reparó la ruptura en su relación (Gianino & Tronick, 2013; Hughes, 2007), restableciendo la terceridad en el espacio terapéutico.

Trabajar con la subjetividad del clínico

Mientras que Benjamin concibe la terceridad como un espacio mental intersubjetivo cocreado por los individuos, otros trabajos destacan el tercero como una función que puede conducir a intervenciones psicoterapéuticas eficaces en la díada progenitor-bebé (Jones, 2006; Pitillas, 2020). Remez (2010) sugiere que quien ejerce la terapia puede servir como una tercera entidad de la que la díada se sirve para «sostener, reflejar y reconocer su experiencia del otro, así como su propia experiencia interna» (p. 306).

En efecto, el clínico se esforzó constantemente por mantenerse en sintonía y conservar una postura reflexiva hacia Rony, hacia Rita y, sobre todo, hacia su intersubjetividad diádica. Sin embargo, durante los dos primeros meses de terapia, vivió rupturas en su capacidad de reconocer a cada uno de ellos, lo que provocó un deslizamiento hacia una estructura complementaria entre él y ellos. La interacción descrita en el siguiente extracto, del segundo mes de tratamiento, se produjo tras una conversación sobre la dificultad de Rony para confiar en Rita, que el clínico había relacionado con su separación en el momento de su nacimiento:

Dije que veía que Rony estaba muy enfadado hoy con su juego y que quizá tenía que ver con lo que habíamos hablado al principio. Fue hacia la puerta y dijo: «Ya está. Me voy a casa». Le dije que teníamos tiempo y que podíamos jugar un poco más. Rony abrió un juego de construcción, sacó un martillo y me golpeó con él en la pierna. Me levanté de un salto y, con mi tono más enfadado, le dije: «Rony, no voy a permitir esto. Me acabas de hacer daño de verdad». Rita dijo: «Es porque se lo permites… solo se porta así aquí. Se lo permite porque le dejas decidir».

Esta breve interacción ilustra cómo Rony y Rita se sirvieron del clínico para sostener la terceridad, contener sus emociones difíciles y desviar su impulso de imponerse el uno al otro tras la conversación cargada de emoción del comienzo de la sesión. Al final de la sesión, el clínico se sentía enfadado por la agresión física de Rony hacia él y desbordado por la angustia y la culpa tras la acusación de Rita de que estaba propiciando el comportamiento violento de Rony. Empezó a temer que sus intentos de crear espacio para sus emociones y conductas difíciles se estuvieran volviendo contraproducentes.

Al reflexionar, el clínico comprendió que Rony y Rita lo habían utilizado como amortiguador para no volver a caer en una dinámica complementaria. En lugar de dirigir sus impulsos destructivos hacia Rita —algo que en esa etapa todavía no era seguro para él—, Rony los proyectó sobre el clínico mediante la agresión física. Rita, por su parte, interpretó la agresividad de Rony como reflejo de su propio fracaso para regularle y proyectó su culpa sobre el clínico.

Aunque a los miembros de la díada les costaba mantener el reconocimiento mutuo pese a la intensidad de sus emociones, la presencia del clínico permitió a la madre y al hijo atravesar la situación e impedir que se derrumbara en la complementariedad. Al actuar como amortiguador, facilitó su capacidad para manejar sus emociones y conductas, preservando a la vez cierto grado de reconocimiento mutuo entre ellos.

Una de las trampas más destacadas en las que Rony y Rita caían una y otra vez giraba en torno al deseo de Rony de jugar al escondite. En el tercer mes de terapia, Rony pedía jugar al escondite con su madre y con el clínico en cada sesión, a veces durante toda la sesión. Tras varias rondas, Rita le dijo a Rony que el juego era aburrido y que esconderse en una habitación tan pequeña no tenía sentido. Le dijo al clínico que no tenía paciencia para jugar a algo así durante tanto tiempo.

El clínico intentó enmarcar la dinámica del juego del escondite en el contexto de las experiencias traumáticas de separación y de relaciones fragmentadas vividas por Rony. Sugirió que Rony estaba reviviendo su necesidad de que ella le buscara y, sobre todo, la obligaba a demostrar que seguiría buscándole incluso cuando estuviera agotada. Cuanto más sentía Rony que Rita no quería jugar al escondite, más insistía en jugar.

Como se ha mencionado, comprender la conexión entre el trauma de Rony y sus conductas no ofrecía una base suficiente para instaurar la terceridad. Aunque Rita podía reconocer por qué Rony actuaba como lo hacía, le costaba acoger plenamente sus necesidades y a menudo se sentía desbordada, percibiéndose como objeto de la acción más que como alguien que se implica activamente. Parecía que jugar al escondite reactivaba los traumas tempranos de Rita y la experiencia de haber perdido a Rony en su primera infancia. También estaba agotada por la necesidad de demostrar su valía como madre y cansada de oír que el dolor y la rabia de él estaban relacionados con su separación, sobre todo cuando ella cargaba con tanto dolor y tanta rabia propios.

En la práctica, a Rita le resultaba difícil participar en juegos como el escondite durante más de unos minutos seguidos, y el clínico se encontraba a menudo intentando convencerla de su importancia para el desarrollo de Rony. Este callejón sin salida se prolongó durante varios meses y dejó al clínico sin saber muy bien cómo seguir apoyándoles. Al clínico le llevó tiempo darse cuenta de que sostener la terceridad suponía algo más que limitarse a absorber proyecciones mientras Rony y Rita desarrollaban sus capacidades de terceridad. Llegó a comprender, en cambio, que podía actuar como facilitador cuando la díada se quedaba atascada:

Rony dijo que quería jugar al escondite una vez más. Rita dijo: «Dime qué se puede hacer con que quiera jugar al escondite todo el rato. No es divertido cuando es una y otra vez». Les pregunté a ella y a Rony si recordaban que habíamos hablado de que él quería que le mostráramos que siempre tenemos fuerzas para seguir buscándole. Él dijo: «¡Ahora, jugad ahora!». Dije: «Oigo que para tu madre es muy cansado. De verdad es muy difícil jugar a un juego tantas veces». Le pregunté a ella si creía que, aunque fuera cansado, tenía fuerzas para jugar un poco más. Me miró, frustrada. Dije: «Tengo una idea. A lo mejor tu mamá descansa dos rondas y yo te busco mientras tanto. Ella puede ayudarte a esconderte». Él se entusiasmó y jugamos dos rondas. Les pregunté si podíamos hacer una última ronda en la que su mamá le buscara, y aceptaron.

El juego del escondite se convirtió en un desencadenante para Rita y Rony, atrapándoles en un ciclo negativo de complementariedad que provocaba rupturas frecuentes y obstaculizaba el desarrollo de la terceridad. Para ayudarles a liberarse de este patrón, el clínico intervino jugando dos rondas en lugar de Rita. Este cambio pretendía alejar a Rita y a Rony de la dinámica complementaria en la que su relación quedaba reducida a dos opciones: la sumisión o la resistencia. Al reconocer que el deseo de jugar de Rony nacía de sus necesidades y que la resistencia de Rita provenía de una dificultad real, el clínico creó un espacio para que emergiera el tercero. Sin embargo, el hecho de que sustituyera a Rita funcionó también como una escenificación de la separación de Rita y Rony en el nacimiento de Rony y, para que fuera posible avanzar, la pausa fue temporal y vino seguida de la propuesta de terminar la sesión con Rita buscando a Rony. A medida que la opción de implicar al clínico se volvió disponible, el escondite fue perdiendo poco a poco su capacidad de suscitar tensiones y de alterar la regulación. En los últimos meses de terapia, las peticiones de Rony de jugar al escondite disminuyeron y, cuando pedía a Rita que jugara con él, ella respondía con una mayor atención a las necesidades del niño. Ya no necesitaban la presencia del clínico para manejar sus interacciones y reparar las rupturas.

Discusión

A partir del material clínico obtenido en el trabajo del clínico con Rony y Rita, se han descrito tres estrategias destinadas a favorecer el desarrollo de la terceridad en las intervenciones de CPP: explorar y reconocer la interacción entre el trauma y la complementariedad, delimitar las fronteras entre el juego y la realidad, y trabajar con la subjetividad de quien ejerce la terapia.

La incorporación de la teoría del reconocimiento de Benjamin al tratamiento apoyó la capacidad del clínico para avanzar hacia los objetivos de la CPP: reforzar el vínculo emocional entre Rony y Rita, ayudarles a sintonizar mejor como madre e hijo y acompañarles mientras abordaban los desequilibrios relacionales entre ellos. El uso de los conceptos de reconocimiento mutuo y de tercero complementó el modelo de la CPP de tres maneras.

En primer lugar, la conceptualización de Benjamin del desarrollo de la intersubjetividad ofrece a terapeutas y personas cuidadoras otra lente a través de la cual explorar la escenificación de experiencias traumáticas en la relación entre la persona cuidadora y la criatura. En la ilustración del caso, Rita encontró útil y liberador el vínculo entre su sensación de que Rony intentaba humillarla y someterla y sus experiencias traumáticas de la infancia. Si bien la práctica de comprender los «fantasmas» y de relacionar los traumas del pasado con las dificultades del presente es una competencia básica de intervención en CPP (Ghosh Ippen & Leiberman, 2024), el recurso a la intersubjetividad para explicar la tendencia de Rita y de Rony a volver a la complementariedad añadió otra capa a la construcción del relato sobre sus dificultades con Rony. Ayudó a Rita a dar sentido al comportamiento de Rony, a sus propias reacciones emocionales y a la dinámica que derivaba de ellos.

En segundo lugar, uno de los retos de la CPP es la necesidad de equilibrar «las polaridades de la experiencia entre la criatura y el progenitor [que se] actúan en la incapacidad de terapeutas para mantener una perspectiva equilibrada sobre la subjetividad separada de cada miembro» (Liberman & Van Horn, 2008, 247). Adoptar el reconocimiento mutuo como lente para examinar lo que ocurría en la sala situó el aspecto intersubjetivo en primer plano de la atención y de la acción clínicas. La lente intersubjetiva permitió al clínico entender las escisiones y las identificaciones contradictorias a lo largo del tratamiento como reflejos de la lucha de Rita y Rony por el reconocimiento. Le exigió esforzarse por reconocer la interacción entre sus subjetividades separadas y promover un espacio de terceridad. Por ejemplo, cuando Rita contraatacaba ante la necesidad de Rony de expresar sentimientos hostiles hacia ella, en lugar de explicarle a Rita por qué y cómo debía contener la agresividad de su hijo, el clínico centró la intervención en desarrollar un espacio simbólico de terceridad en el que la agresividad no se vive como dominación, lo que permitió a Rita y a Rony reconocer las necesidades subjetivas del otro.

En tercer lugar, la conceptualización de Benjamin de la ruptura y la reparación de la terceridad como componente necesario e integral de los procesos terapéuticos significativos proporciona a terapeutas una justificación teórica para comprender momentos que de otro modo pueden resultar insoportables, y ofrece una posible vía de acción cuando se producen. La influencia de estas comprensiones en la capacidad del clínico para ofrecer apoyo durante esas rupturas evolucionó a lo largo del tratamiento. En las primeras sesiones diádicas, la interacción entre Rony y Rita intimidaba al clínico y le llevaba a responder de forma intuitiva, intentando regularles, por un lado, y evaluando la interacción entre ellos como destructiva, por otro. Sin embargo, a medida que avanzaba el tratamiento y el clínico adoptaba una perspectiva intersubjetiva sobre esos momentos, pudo mantenerse regulado y ayudar a Rony y a Rita a recuperarse de las rupturas.

Con todo, la justificación teórica no fue solo una comprensión tranquilizadora. También llevó al clínico a utilizar los momentos de ruptura como importantes puertas de entrada al impacto relacional de los traumas vividos por Rita y Rony. Así, en lugar de intentar apartarles de los conflictos, utilizó esos momentos para restablecer la terceridad reflejando el ciclo negativo de complementariedad, permitiéndoles expresar sentimientos difíciles hacia él, separando el juego de la realidad y respondiendo activamente a las necesidades de Rita y de Rony (p. ej., dándole a ella un respiro en el juego del escondite; permitiéndole a él seguir jugando al escondite).

Conclusión

Conviene subrayar que, como toda ilustración de un caso clínico, la que se presenta en este artículo ofrece inevitablemente una descripción solo parcial de la intervención, y se han omitido muchos detalles sobre la historia de la familia y el tratamiento por limitaciones de espacio y por centrarse en la aplicación de los conceptos teóricos. Por ello, cuestiones importantes como la historia del desarrollo de Rony, los tratamientos que recibió antes de su traslado con Rita, un relato detallado de los encuentros individuales con Rita, el trabajo de defensa de derechos realizado con la familia y el papel que desempeñó Max, su pareja, en el tratamiento quedaron fuera del alcance de este artículo. Además, la presentación teórica de los conceptos de Benjamin se centra en su manifestación en la primera infancia y no aborda su manifestación a lo largo del ciclo vital ni en las distintas etapas y trayectorias del desarrollo. Esta carencia se debe tanto al alcance limitado del artículo como a la escasez de literatura que aplique explícitamente estos conceptos en etapas y contextos diversos. Pone así de relieve la necesidad de seguir investigando mediante revisiones sistemáticas de la literatura e investigación sobre el desarrollo.

Dejando a un lado estas limitaciones, este artículo contribuye a la base teórica de la CPP. En consonancia con la afirmación de Leiberman y Van Horn (2008) de que el modelo de la CPP está constantemente «abierto a nuevos marcos teóricos y prácticas clínicas que informan y afinan la eficacia clínica» (p. 8), muestra cómo los conceptos de reconocimiento mutuo y de terceridad ayudaron al clínico a hacer avanzar el tratamiento con Rita y Rony.

Al presentar una exploración en profundidad de las implicaciones teóricas y prácticas de la versión de Benjamin de la teoría intersubjetiva para la CPP, el artículo propone una perspectiva teórica adicional que complementa los enfoques basados en el apego y psicoanalíticos que fundamentan el modelo. Aunque muestra la aplicación de estos enfoques en el tratamiento de una familia que vivió un conjunto específico de adversidades, a saber, la separación en la primera infancia, el acogimiento familiar y múltiples traumas, la compatibilidad de la intersubjetividad con la CPP, que se ha aplicado con éxito en contextos diversos, sugiere que las teorías aquí analizadas son aplicables a una gran variedad de poblaciones.

Complexe Systémique: puntos clave

Este caso clínico interpela directamente a terapeutas familiares y a los equipos de protección de la infancia que acompañan un regreso al hogar tras un largo acogimiento familiar. La lectura que propone es relacional en sentido fuerte: el niño que da órdenes y la madre que se retira no son dos problemas distintos, sino los dos polos de una complementariedad en la que cada cual se siente objeto de la acción del otro. Los traumas de ambas historias se responden entre sí, y comprender esos «fantasmas» no basta para salir de ella. Lo que desplaza el circuito es un tercero: el marco del juego, que permite la agresividad sin realidad, y el propio terapeuta, que acepta hacer de amortiguador y luego ocupa el lugar de la madre durante dos rondas del escondite antes de devolvérselo. El texto tiene los límites de una sola viñeta: ninguna medida, una pareja casi ausente del relato, solo la voz del clínico. Pero ofrece una gramática valiosa para pensar las rupturas como puertas de entrada. Puede leerse junto con el artículo sobre los efectos a largo plazo de la psicoterapia infanto-parental y el artículo sobre las experiencias de las psicoterapias diádicas persona cuidadora–menor en el trauma.

Notas del original

Agradecimientos. El tratamiento presentado en este artículo se llevó a cabo en el marco de un programa de formación en CPP impartido por el Haruv Institute. El autor desea dar las gracias al equipo de Haruv y, en especial, a Michal Yardeni por su valiosa supervisión del tratamiento descrito en el artículo.

Financiación. Financiación de acceso abierto proporcionada por la Ben-Gurion University.

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Traducción no oficial al español de From Complementarity to Mutual Recognition and Thirdness in Child–Parent Psychotherapy, de Yuval Saar-Heiman, Clinical Social Work Journal, vol. 54, n.o 1, pp. 113-122 (2026), doi: 10.1007/s10615-024-00976-5, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (declaraciones agrupadas en las notas). Esta traducción no ha sido realizada ni por el autor ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

El artículo original «From Complementarity to Mutual Recognition and Thirdness in Child–Parent Psychotherapy» se publicó en Clinical Social Work Journal (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Complexe Systémique publica aquí una traducción no oficial al español, realizada con la ayuda de la inteligencia artificial y adaptada para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página. Prevalece la versión original.

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Cómo citar este artículo

Saar-Heiman, Y. (2026). From Complementarity to Mutual Recognition and Thirdness in Child–Parent Psychotherapy. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/from-complementarity-to-mutual-recognition-and-thirdness-in-child-parent-psychotherapy (Obra original publicada en 2024 en Clinical Social Work Journal, 54(1), 113-122 (2026); republicada en 2026 por Clinical Social Work Journal, https://link.springer.com/article/10.1007/s10615-024-00976-5)

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