Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Social Sciences · Migración
¿Cómo se llega a sentirse en casa en una familia de acogida después de haber huido sin la propia familia, antes de cumplir 18 años? El equipo de Frederikke Jarlby entrevistó dos veces a ocho jóvenes, a partir de fotos que trajeron, eligieron o imaginaron. Surgen tres hilos: la seguridad, la familiaridad y una autonomía negociada dentro de las relaciones, entretejidos entre pasado, presente y futuro.
Traducción no oficial al español de ‘To Feel at Home Is to Feel Safe’: Unaccompanied Refugee Minors (Re)Creating a Sense of Home in Foster Care over Time, de Frederikke Jarlby, Milfrid Tonheim y Marte Knag Fylkesnes, publicado en Social Sciences (MDPI) (2025), doi: 10.3390/socsci14020091, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. La tabla se presenta en forma de lista; las declaraciones de final de artículo se agrupan en las notas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
No es el acogimiento familiar en sí, sino un acogimiento familiar con ciertas características y cualidades, lo que nutre el sentimiento de hogar y de pertenencia.
Frederikke Jarlby, Milfrid Tonheim y Marte Knag Fylkesnes
Resumen
Este estudio explora lo que los menores refugiados no acompañados (MRNA) consideran importante para (re)crear un sentimiento de hogar en acogimiento familiar a lo largo del tiempo. Mediante un diseño longitudinal basado en entrevistas semiestructuradas de fotoelicitación y apoyándonos en el concepto de homing, agrupamos las experiencias de jóvenes en tres aspectos entrelazados que contribuyen a (re)crear un sentimiento de hogar en acogimiento familiar: la seguridad, la familiaridad y la autonomía. El estudio pone de relieve la importancia de los recursos emocionales, relacionales y materiales a los que la juventud puede acceder a través de relaciones de tipo familiar (en el acogimiento), que parecen ser una parte esencial de la (re)creación del sentimiento de hogar. Nuestros resultados muestran cómo los MRNA en acogimiento familiar son agentes activos en hacer hogar y en llegar a ser hogar —y no solo en estar en casa—, lo que pone de relieve su participación y su navegación continua de la pertenencia en la vida cotidiana. Además, nuestro análisis indica que la (re)creación de un sentimiento de hogar por parte de los MRNA en acogimiento familiar es un proceso dinámico y temporal entre sus experiencias pasadas, sus circunstancias presentes y sus aspiraciones futuras. Es esencial que el personal de protección a la infancia y las familias de acogida conozcan y apoyen los vínculos de los MRNA con su origen cultural, con su familia biológica y con su familia de acogida durante las transiciones, así como sus necesidades individuales. Los resultados de este estudio matizan la investigación existente sobre lo que contribuye a un entorno de acogimiento favorable para los MRNA, en concreto sobre cómo las familias de acogida pueden facilitar su sentimiento de hogar a lo largo del tiempo. Sin embargo, nuestros resultados ponen también de relieve la necesidad de seguir investigando cómo apoyar mejor la continuidad en el acogimiento familiar de los MRNA, en particular en lo que respecta al papel y al sentido de la pertenencia cultural, religiosa y lingüística.
Palabras clave: pertenencia, acogimiento familiar, homing, temporalidad, menores refugiados no acompañados
He vivido en muchos sitios distintos […] Aquí (en la familia de acogida) siento que estoy en casa. Es el único sitio donde me he sentido en casa desde que me mudé a Noruega […] De todos los sitios, ninguno era como estar en casa. No esa sensación. Aquí sí que se siente como en casa.
Esta es la reflexión de una persona joven que pasó a vivir en acogimiento familiar tras llegar a Noruega como menor refugiado no acompañado (MRNA). Por definición, los MRNA se han visto obligados a huir de su país de origen debido a «fundados temores de ser perseguida». (UNHCR 1994, p. 4). Además, ser «no acompañado» significa que huyeron o llegaron al país de acogida sin ninguna persona cuidadora, a lo que se suma su condición de «menores», es decir, de niños y niñas de menos de 18 años. Este estatus complejo los hace especialmente vulnerables (UNHCR 1994, p. 71). Mudarse a un nuevo país supone inevitablemente para los MRNA procesos de desarraigo emocional, relacional y material (Ahmed 1999; Sirriyeh 2016). En palabras de Ahmed (1999), implica «un proceso de extrañamiento, un proceso por el que uno se vuelve extraño a aquello que se habitaba como hogar» (p. 343).
Estas experiencias de inseguridad y de ruptura suponen riesgos para su desarrollo físico, intelectual, psicológico, cultural y social (UNHCR 1994, p. 13). Además, estas condiciones pueden conducir a la exclusión y a la discriminación, lo que pone en cuestión su sentimiento de pertenencia (Kohli et al. 2010; Rip et al. 2020b; Wade et al. 2012). La investigación sugiere que el acogimiento familiar puede ofrecer un entorno favorable a los MRNA y, aunque la investigación internacional sobre los factores de protección está creciendo, se necesitan estudios en profundidad sobre sus experiencias vividas en el día a día y sobre las complejidades que estas conllevan a lo largo del tiempo (Rip et al. 2020b; Trenson et al. 2023; Van Holen et al. 2020). En este contexto, es fundamental realizar estudios longitudinales centrados en la perspectiva de los MRNA, que exploren específicamente sus recursos, sus prácticas y su capacidad de agencia en la (re)creación de un sentimiento de hogar en acogimiento familiar (Garvik et al. 2016; Svendsen et al. 2018; Wernesjö 2012). Este estudio pretende colmar estas lagunas planteando la siguiente pregunta: ¿qué consideran importante los menores refugiados no acompañados en acogimiento familiar para (re)crear un sentimiento de hogar a lo largo del tiempo?
Comprender lo que es importante para los MRNA, incluida la manera en que el hogar se siente y se practica cuando se vive en acogimiento familiar, puede contribuir a orientar políticas y prácticas que respondan a sus necesidades y favorezcan su bienestar.
Entre 1996 y 2022, 10 940 menores obtuvieron un permiso de residencia permanente en Noruega como menores refugiados no acompañados (MRNA), de los cuales 10 173 seguían residiendo en el país a principios de 2023 (Kirkeberg and Lunde 2024)1. Su edad media en el momento del reasentamiento en los municipios es de 15,5 años. Ocho de cada diez son varones y, en los últimos años, proceden principalmente de Afganistán, Eritrea, Somalia y Siria (Kirkeberg and Lunde 2024).
Cuando una persona joven obtiene un permiso de residencia, los municipios son responsables de organizar y determinar una vivienda y unas condiciones de atención adecuadas, ya sea exclusivamente a cargo del servicio de protección a la infancia o en colaboración con el servicio de personas refugiadas (IMDi 2024). El acogimiento familiar es una de las varias modalidades de alojamiento para los MRNA, pero se utiliza sobre todo para menores de 15 años, mientras que quienes tienen más edad suelen vivir en acogimiento residencial (Garvik et al. 2016; Svendsen et al. 2018). No obstante, en el caso de los MRNA que viven en familias de acogida, las familias de acogida de origen mayoritario son más frecuentes que el acogimiento en familia extensa y que las familias de acogida de origen minoritario, debido a la escasez de ambas (Garvik et al. 2016).
Según la Ley noruega de protección a la infancia, toda la juventud tiene derecho a medidas de apoyo posteriores a la salida del sistema de protección hasta los 25 años (Child Welfare Act 2021, sct. 1–2), y los MRNA en Noruega reciben a menudo este tipo de apoyo (Svendsen et al. 2018). En virtud de la Ley de extranjería, los progenitores biológicos de MRNA con determinados tipos de permiso de residencia pueden solicitar la reagrupación familiar, junto con los hermanos y hermanas menores de 18 años (Immigration Act 2008, sct. 43). Muchas de estas personas jóvenes tienen ya más de 18 años cuando llega su familia biológica, dado que el plazo de tramitación de la reagrupación familiar es largo (Bergset et al. 2024). Si se produce la reagrupación con su familia, la persona joven debe vivir con su familia biológica durante cinco años, lo que implica que tendrá que abandonar su alojamiento actual, incluida la familia de acogida (Immigration Act 2008, sct. 62).
Instalarse en una nueva familia puede resultar difícil para cualquier menor en acogimiento familiar (Bengtsson and Luckow 2020; Hedin 2014; Schofield 2002). A menudo han sufrido maltrato, negligencia y rupturas (Gypen et al. 2017) y necesitan construir un sentimiento de pertenencia en un nuevo entorno familiar en cuanto a clase social, cultura familiar y tradiciones (Boddy 2019; Phoenix 2016; Schofield 2002). Los estudios centrados en el acogimiento familiar de MRNA coinciden con la investigación más amplia sobre acogimiento familiar en lo que respecta a estas experiencias de cambios y dificultades importantes. Sin embargo, los MRNA pueden vivir otras rupturas en relación con la cultura (familiar), la lengua, la religión, los valores y las normas (Luster et al. 2009; Ní Raghallaigh and Sirriyeh 2015; Sirriyeh 2013; Van Holen et al. 2020; Wade et al. 2012). Además, se enfrentan a dificultades específicas configuradas por estructuras políticas y sociales, como su precaria situación jurídica de «solicitantes de asilo» o «refugiados», a lo que se suma su posición de «menores acogidos» (Crea et al. 2018; Kohli 2011; Kohli et al. 2010; Ní Raghallaigh 2013; Sirriyeh 2013). Estas condiciones pueden conducir a la exclusión y a la discriminación, que ponen en cuestión su sentimiento de pertenencia a un nuevo país o a una nueva familia (Mörgen and Rieker 2022; Rip et al. 2020b; Wade et al. 2012). En consecuencia, pueden sentirse «invitados» o «extraños» (Kauko and Forsberg 2018; Mörgen and Rieker 2022; Sirriyeh 2013; Wernesjö 2015).
Además, las experiencias traumáticas de los MRNA —haber huido en soledad, haber sido separados de su familia biológica por la guerra y los conflictos y tener que afrontar procesos de reagrupación familiar— plantean también dificultades específicas para este grupo de niños, niñas y jóvenes (Bergset et al. 2024; Crea et al. 2018; Luster et al. 2009; Mitra and Hodes 2019; Trenson et al. 2023). En el conjunto de la literatura, el apoyo social a lo largo del tiempo aparece como un factor central del bienestar general y del sentimiento de hogar de los MRNA, ya provenga de su familia biológica, de su familia de acogida, de sus amistades o de profesionales como el profesorado o el trabajo social (Börjesson and Söderqvist Forkby 2020; Kauko and Forsberg 2018; Mitra and Hodes 2019; Oppedal and Idsoe 2015; Tiilikainen et al. 2023; Trenson et al. 2023; Wernesjö 2015). Mantener vínculos con su cultura de origen es también fundamental (Rana et al. 2011; Trenson et al. 2023; Van Holen et al. 2020), lo que pone de relieve la importancia de las pertenencias múltiples (Kaukko and Wernesjö 2017; Pieloch et al. 2016; Trenson et al. 2023).
Varios estudios europeos han constatado que el acogimiento familiar se asocia a una mejor salud mental (Kalverboer et al. 2016; Mitra and Hodes 2019; Van Holen et al. 2020; Zijlstra et al. 2019) y a mejores resultados escolares entre los MRNA, en comparación con modalidades de alojamiento que ofrecen menos apoyo (Aleghfeli and Hunt 2022; O’Higgins et al. 2018; Rana et al. 2011). Para aprovechar los posibles efectos positivos del acogimiento familiar, es esencial comprender qué contribuye a que una familia de acogida sea buena (Trenson et al. 2023; Van Holen et al. 2020). Algunos estudios indican que el acogimiento familiar aporta un beneficio importante a los MRNA gracias al acceso a cuidados y apoyo familiares, a personas de confianza, a ayuda en los procedimientos de asilo y a una defensa de sus intereses en el acceso a servicios clave (Ní Raghallaigh and Sirriyeh 2015; Sirriyeh 2010, 2013). Los recursos y las experiencias positivas que los MRNA encuentran en el acogimiento familiar, incluidas las relaciones de tipo familiar con su familia de acogida, se señalan como elementos centrales de su sentimiento de hogar (Mörgen and Rieker 2022; Sirriyeh 2013). Además, la investigación previa destaca el papel de las familias de acogida a la hora de facilitar el contacto del niño o la niña con pares de su mismo origen, con su familia biológica y con otras redes, lo que refuerza la previsibilidad, la continuidad y la estabilidad para los MRNA (Crea et al. 2018; Rip et al. 2020a; Van Holen et al. 2020). Algunos estudios subrayan también el delicado equilibrio entre, por un lado, las prácticas de cuidado y los límites de las personas cuidadoras y, por otro, la independencia y la capacidad de agencia que los MRNA necesitan para desarrollarse y sentirse en casa (Oppedal et al. 2009; Sirriyeh 2013; Svendsen et al. 2018; Wade 2019).
Por otra parte, las experiencias de hogar de los MRNA se han explorado en distinta medida en el acogimiento familiar en contextos europeos (p. ej., Mörgen and Rieker 2022; Ní Raghallaigh and Sirriyeh 2015; Rip et al. 2020b; Sirriyeh 2013) y en otras modalidades de alojamiento, como el acogimiento residencial en los países nórdicos (p. ej., Börjesson and Söderqvist Forkby 2020; Garvik et al. 2016; Kauko and Forsberg 2018; Wernesjö 2015). Parte de la investigación cualitativa pertinente aborda temas afines, como la pertenencia y las relaciones de tipo familiar, en particular durante la fase inicial de instalación. Sin embargo, existe una laguna notable en la investigación sobre cómo los MRNA (re)crean un sentimiento de hogar en acogimiento familiar a lo largo de los años y mediante estudios de seguimiento. Hasta donde sabemos, el enfoque teórico del homing, tal como lo propone Boccagni (2017), aún no se ha investigado desde la perspectiva de los MRNA en un contexto de acogimiento familiar.
La migración implica un proceso continuo de construcción del hogar en el que las personas buscan recrear una normalidad en un contexto nuevo (Boccagni 2017). Esta normalidad incluye un lugar que es «…indiscutiblemente “nuestro” lugar, donde nuestra presencia no necesita justificación» (Boccagni and Kusenbach 2020, p. 597). Para jóvenes que llegaron como menores refugiados no acompañados, pasar a vivir en acogimiento familiar en un nuevo país puede describirse como un proceso de re-arraigo que pasa por el ser, el hacer, el llegar a ser y el pertenecer (Boccagni 2017; Boccagni and Kusenbach 2020). Más concretamente, el sentimiento de hogar puede verse como algo que la persona joven lleva consigo (ser), junto con el hogar como práctica (hacer) de sentirse en casa (llegar a ser y pertenecer), con dimensiones emocionales, relacionales y materiales. Por tanto, la construcción del hogar implica el compromiso de las personas con un lugar físico, definido por Boccagni (2017) como un lugar emocionalmente significativo, vinculado a relaciones y prácticas sociales. El hogar no está necesariamente ligado a los «límites materiales de una vivienda» (p. 3).
Boccagni introduce el concepto de homing en los contextos migratorios y lo describe como un proceso dinámico, performativo e interactivo de (re)creación de un sentimiento de hogar y de pertenencia en la vida cotidiana. Se trata de un proceso temporal, tal como se explica: «el homing empieza en el presente, se orienta hacia un logro o un devenir futuro y, sin embargo, está constitutivamente moldeado por (la recuperación de) el pasado» (Boccagni 2022, p. 596). En este estudio nos centramos en cómo la juventud (re)crea un sentimiento de hogar a partir de huellas del pasado, de prácticas en el presente y de ideales y aspiraciones hacia el futuro. Sin embargo, pasado, presente y futuro no se entienden como entidades separadas y «estáticas». Al contrario, son fluidos e interconectados y se moldean continuamente entre sí en las experiencias y (re)creaciones del hogar de estas personas jóvenes.
Según Boccagni, los aspectos centrales de la experiencia del hogar incluyen una búsqueda entrelazada de seguridad, familiaridad y control (Boccagni 2017, p. 7). Esto significa que, para que un lugar se viva como hogar, debe proporcionar a las personas: un sentimiento de protección y de integridad personales (seguridad); estabilidad, rutina y continuidad (familiaridad); y autonomía para utilizar un lugar concreto, para prever lo que ocurre en él y para expresarse sin escrutinio público (control) (Boccagni 2017, p. 7). Los tres aspectos —seguridad, familiaridad y control— se examinan a través de sus dimensiones o recursos emocionales, relacionales y materiales, tal como los destacan las personas jóvenes de nuestro estudio.
Quien firma en primer lugar el artículo realizó un estudio longitudinal en el que entrevistó dos veces a MRNA en acogimiento familiar, con un intervalo de 5 a 10 meses. La recogida de datos tuvo lugar entre febrero de 2022 y febrero de 2023 y consistió en entrevistas semiestructuradas de fotoelicitación (Coyne and Carter 2018; Epstein et al. 2006; Harper 2002). Ocho MRNA participaron en la primera entrevista y siete en la segunda (véase la Figura 1). La segunda entrevista tenía por objeto hacer un seguimiento y captar posibles cambios a lo largo del tiempo, así como enriquecer, aclarar y mejorar la calidad de los datos (Boccagni 2017; Laake et al. 2015). Aunque también se realizaron entrevistas con las familias de acogida, este artículo se centra exclusivamente en la perspectiva de las personas jóvenes.

Como ilustra la Figura 1, quien firma en primer lugar se reunió con todas las personas participantes en un primer encuentro para romper el hielo, conocerse, responder a sus posibles preguntas, revisar el consentimiento escrito y planificar la primera entrevista. Tras las primeras entrevistas, volvimos a ponernos en contacto con todas las personas participantes para organizar una segunda entrevista (con el mismo procedimiento); una familia de acogida se retiró. Antes de cada entrevista, se invitaba a las personas participantes a traer fotos que representaran lo que asociaban con sentirse en casa. Con ello pretendíamos darles margen para orientar la conversación y aportar nuevas perspectivas, de acuerdo con el método de fotoelicitación (Coyne and Carter 2018; Epstein et al. 2006). A quienes no traían fotos se les preguntaba qué fotografiarían (fotos imaginadas). Además, quien firma en primer lugar llevaba a las entrevistas una colección de fotos generadas por el equipo de investigación entre las que se podía elegir, sobre todo con las personas participantes más jóvenes (Ammerman and Williams 2012; Coyne and Carter 2018). Estas fotos debían enriquecer las conversaciones de las entrevistas, lo cual era especialmente importante cuando las personas participantes no traían fotos propias. En combinación con las fotos, las preguntas de la entrevista se centraban en lo que era importante para sentirse en casa, incluidas las rutinas, las actividades importantes, los lugares o las personas dentro o fuera del contexto de acogimiento, así como en preguntas sobre su origen, como el papel de la lengua, la cultura y la religión de origen.
Todas las personas participantes fueron entrevistadas en su familia de acogida, ya fuera en el jardín, en el salón o en su propia habitación, salvo una persona participante en la segunda entrevista, que fue entrevistada en una sala de reuniones formal por razones logísticas. Las entrevistas se realizaron en noruego sin intérpretes, por preferencia de las personas jóvenes. La duración de las 15 entrevistas fue, por término medio, de 1,5 h (58–150 min).
Las personas participantes se reclutaron a través de los servicios de protección a la infancia de tres zonas de Noruega, que comunicaron información sobre el proyecto de investigación a menores refugiados no acompañados y a sus familias de acogida. Si las familias de acogida aceptaban compartir sus datos de contacto con el equipo de investigación, nos poníamos en contacto con ellas para informarles detalladamente sobre el proyecto.
El grupo de jóvenes participantes estaba formado por cinco chicos y tres chicas, de entre 14 y 22 años, que llevaban en Noruega entre cinco y 12 años. Llevaban al menos 1,5 años en su familia de acogida actual. La mitad se había incorporado a ella antes de cumplir 15 años, mientras que la otra mitad tenía 15 años o más al llegar. La mayoría había nacido en Asia meridional, algunas personas en Oriente Medio y una en África oriental. La mitad había obtenido un permiso de residencia permanente, mientras que la otra mitad había obtenido recientemente la nacionalidad noruega. Todas estas personas jóvenes tenían familiares en otros países con quienes mantenían el contacto. Tres de ellas habían perdido a sus progenitores biológicos. Dos estaban tramitando una solicitud de reagrupación familiar en el momento de la primera entrevista, y la familia de una de ellas había llegado a Noruega en el momento de la segunda entrevista. Dos de las personas jóvenes vivían en acogimiento en familia extensa, mientras que seis vivían en acogimiento en familia ajena, con familias de acogida de origen mayoritario. Entre las familias de acogida había tanto familias monoparentales como parejas heterosexuales.
La Agencia Noruega de Servicios Compartidos en Educación e Investigación (Sikt) evaluó el estudio antes de su realización. A lo largo del estudio aplicamos una sensibilidad ética con especial atención a nuestra responsabilidad de evitar cualquier daño a las personas participantes (Banks and Brydon-Miller 2018; British Sociological Association 2017). Nuestra posición como personas adultas investigadoras de origen mayoritario y la posición de las personas participantes como a) niños, niñas y jóvenes, b) con trayectoria de refugio y c) en acogimiento familiar se han tenido muy en cuenta en el diseño del estudio y en la difusión de los resultados (British Sociological Association 2017; Hopkins 2008; Ní Raghallaigh 2013).
Para afrontar estos retos éticos, durante el reclutamiento el personal de protección a la infancia examinó y tuvo en cuenta factores como la edad y la salud mental de las personas jóvenes. También utilizamos descripciones más sencillas, acompañadas de ilustraciones, en la información escrita destinada a la juventud para explicar con claridad el objetivo del estudio y lo que implicaba participar (Hopkins 2008). Además, la persona entrevistadora les recordaba esta información, así como su derecho a retirarse en cualquier momento y la forma en que se trataban los datos, para favorecer una participación voluntaria e informada y un consentimiento renovado (Klykken 2021). En el caso de menores de 18 años, se obtuvo también el consentimiento informado de su tutela legal.
Además, los métodos participativos y visuales, como las entrevistas de fotoelicitación, pretenden dar a las personas participantes un espacio para definir lo que es importante para ellas, sacando a la luz sus perspectivas (no verbales) (Coyne and Carter 2018; Epstein et al. 2006). Este método favoreció un enfoque sensible y un ambiente distendido, teniendo en cuenta una ética relacional de la empatía, la confianza y el cuidado (Banks and Brydon-Miller 2018; Coyne and Carter 2018; Kaukko et al. 2017). Además, el diseño de nuestro estudio, que sigue a las personas participantes a lo largo del tiempo, pretendía adoptar un enfoque sensible, por ejemplo mediante la reciprocidad, el conocimiento mutuo y la escucha de sus puntos de vista. También nos permitió aclarar lo que habían dicho en la primera entrevista para evitar malentendidos y representaciones erróneas (Hopkins 2008). Con el fin de reducir el riesgo de reactivar experiencias traumáticas, la persona entrevistadora no preguntaba, por ejemplo, por las razones de su huida (Kaukko et al. 2017; Ní Raghallaigh 2013).
La información personal directa o indirecta que pudiera vincularse a personas participantes concretas se ha modificado, reformulado en términos más generales u omitido para garantizar el anonimato y la confidencialidad (Hopkins 2008). Las fotos de las personas jóvenes no se han utilizado en este artículo por el riesgo de identificación personal a través de lugares, relaciones u objetos concretos (Coyne and Carter 2018; Guillemin and Drew 2010). Todo el material de datos se almacena y gestiona en el sistema de almacenamiento seguro de datos de investigación (SILAF).
Durante el análisis adoptamos un enfoque abductivo, que consistió en ir y venir entre el marco teórico del homing de Boccagni (2017) y los datos empíricos. Quien firma en primer lugar codificó el material de datos en Nvivo15, inspirándose en un enfoque de análisis temático reflexivo (Braun and Clarke 2019).
El proceso analítico fue el siguiente: (i) Quien firma en primer lugar transcribió literalmente catorce de las entrevistas, mientras que una fue transcrita por una empresa de transcripción y revisada por esa misma persona (Braun and Clarke 2019). Transcribir y escuchar las entrevistas permitió analizarlas como relatos completos y llenos de matices antes de segmentarlas mediante la codificación (Sørly 2024). Como parte de este proceso, quien firma en primer lugar anotó reflexiones sobre las experiencias de las personas participantes, así como reflexiones metodológicas; (ii) En la primera ronda de codificación en Nvivo15, aplicamos un enfoque inductivo para captar la perspectiva de las personas participantes mediante códigos semánticos muy cercanos a lo que dicen; (iii) A partir de estos códigos, discutimos los temas principales iniciales, organizando los relatos de las personas participantes en elementos comunes mediante un proceso de ida y vuelta entre los códigos y la teoría; (iv) Por último, quien firma en primer lugar revisó, afinó y definió los temas de manera más deductiva, guiándose por la noción teórica de homing (Boccagni 2017; Braun and Clarke 2019). Como parte de este proceso, elaboramos descripciones de código para los conceptos de seguridad, familiaridad y control/autonomía, con el fin de destacar lo que las personas jóvenes señalaban como importante para (re)crear un sentimiento de hogar en acogimiento familiar (Boccagni 2017). En este proceso, constatamos que la autonomía era un código más adecuado que el control para nuestro análisis (Christman 2014; Mackenzie and Stoljar 2000). En consonancia con varias autoras y autores de la ética del cuidado, sostenemos que la autonomía, en particular la autonomía relacional, es un término más apropiado, que tiene en cuenta la reciprocidad que caracteriza las relaciones entre menores y personas cuidadoras, definidas a la vez por la dependencia y por la autonomía (Held 2005; Mackenzie 2014; Neagu 2021). En la práctica, generamos los tres temas de la (re)creación de la seguridad, la (re)creación de la familiaridad y la (re)creación de la autonomía por parte de las personas jóvenes. Dentro de cada uno identificamos subtemas, como ilustra la Tabla 1. Por ejemplo, dentro de (Re)crear la seguridad, identificamos subtemas como La seguridad a través de la estabilidad y de las relaciones familiares y De la inseguridad a la seguridad.
Tabla 1 — Estructura temática.
Centrándonos en el contexto del acogimiento familiar, nuestro análisis indica que las relaciones de tipo familiar que los MRNA han construido con su familia de acogida y los recursos y posibilidades de que disponen (emocionales, relacionales y materiales/físicos) son esenciales para su sentimiento de hogar. Sin embargo, sus experiencias y (re)creaciones del hogar no se arraigan únicamente en el presente, en el que viven con su familia de acogida. El hogar implica un proceso temporal en el que se apoyan en experiencias, prácticas y relaciones pasadas, como la familia biológica y las amistades (de la infancia). Estos elementos dan forma a sus experiencias actuales y a sus aspiraciones futuras de hogar. La búsqueda entrelazada, o la (re)creación, de seguridad, familiaridad y autonomía por parte de estas personas jóvenes son aspectos vitales en sus relatos sobre lo que es importante para su sentimiento de hogar (Boccagni 2017). Aunque reconocemos que los tres aspectos se solapan a menudo, el análisis se estructura en torno a cada uno de ellos para poner de relieve su carácter propio y su importancia. Para cada aspecto, mostramos con ejemplos cómo se siente el hogar (dimensión emocional) y cómo se practica (dimensión relacional y material/física). También se presentan las experiencias correspondientes de no sentirse en casa, por ejemplo a causa de la inseguridad, de la falta de familiaridad o de la falta de autonomía.
En esta sección analizamos el aspecto de la seguridad en los relatos de las personas jóvenes sobre la (re)creación de un sentimiento de hogar. Las personas jóvenes mencionan explícitamente la «seguridad» y el «estar a salvo» cuando describen lo que es importante para su sentimiento de hogar. En el plano emocional, la seguridad se define como la sensación de poder ser uno mismo, de aceptación, de bienestar, de inclusión y de pertenencia en relación con la vida en una familia de acogida o en Noruega en general. La estabilidad y las relaciones familiares son esenciales en sus experiencias de seguridad en el acogimiento familiar, y por tanto en la (re)creación de un sentimiento de hogar, mientras que su ausencia revela experiencias de inseguridad. A través del método de fotoelicitación, las imágenes de la casa o de la zona donde viven con su familia de acogida y de las relaciones importantes, incluidas la familia de acogida, la familia biológica y las amistades, ilustran las dimensiones relacionales y materiales de la seguridad.
Las personas jóvenes muestran cómo la estabilidad, por ejemplo no tener que mudarse, junto con el hecho de desarrollarse en las relaciones familiares que han construido en el acogimiento, contribuye a sus experiencias de seguridad. Un joven ilustra varias capas de seguridad, con dimensiones emocionales, relacionales y materiales, que contribuyen a su sentimiento de hogar:
Lo que pienso (del hogar) es que aquí estoy ahora, estoy a salvo […], y donde estoy a salvo es mi hogar. Ahora que me han aceptado (las autoridades noruegas), que me han dado la residencia y todo eso, me siento en casa […] Cada día sé que aquí, en esta casa, estoy a salvo, así que esta es mi casa. Sé que hay alguien (la persona que lo acoge) que espera que vuelva a casa.
Este joven subraya que el lugar (Noruega y la familia de acogida) y las relaciones (con la persona que lo acoge), que le hacen sentirse a salvo, contribuyen a su sentimiento de hogar. En primer lugar, tener un permiso de residencia permanente; en segundo lugar, tener un lugar estable donde vivir; y en tercer lugar, la estabilidad social de saber que la persona que lo acoge le espera en casa le reconfortan. Otra joven destaca las dimensiones emocionales y relacionales de sentirse segura y a gusto en las relaciones (de acogimiento), incluidas la aceptación y la confianza:
Solo estoy bien si me siento segura. Por ejemplo, con la gente con la que estoy, mis amigos o mi familia. Que aquí estoy en casa (en la familia de acogida) […] Puedo ser yo misma, por así decirlo, y no fingir que soy otra persona […] Y siento que puedo hablar con ellos, por ejemplo, de cualquier cosa.
Esta joven subraya su búsqueda o su experiencia de sentirse lo bastante segura como para ser ella misma con sus amistades, su familia de acogida y su familia biológica. En conjunto, las personas jóvenes de este estudio describen mayoritariamente a su familia de acogida actual como un lugar seguro y reconfortante al que volver en su vida cotidiana y en los momentos difíciles. Muchas destacan también su aspiración a que las relaciones familiares del acogimiento perduren en el futuro. Comparándola con «cualquier otra familia», una joven desarrolla este punto y expresa la expectativa de que estas relaciones familiares perduren después de que se marche, algo que no puede darse por sentado en una familia de acogida (ajena):
Aunque esto sea una familia de acogida, no tengo que irme cuando cumpla 18 y no volver. [La persona que me acoge] lo dice bastante a menudo, que esta es mi casa […] Que esta siempre será mi casa. Si vuelvo a casa, es aquí, ¿no? (se ríe) […] igual que cualquier otra familia.
Mediante afirmaciones verbales como «esta es tu casa» y tratando a las personas jóvenes como auténticos miembros de la familia, las familias de acogida contribuyen a crear para ellas un lugar de normalidad gracias a un entorno estable, familiar y afectuoso (Boccagni 2017).
Cuando las personas jóvenes explican cómo se sienten en casa en su familia de acogida actual, algunas lo contrastan con sus experiencias pasadas y destacan los sentimientos de miedo, exclusión, falta de aceptación y desconfianza que vivieron antes o durante su huida y en varios hogares (de acogida). Un joven enseñó a la persona entrevistadora la casa de su familia de acogida actual y subrayó: «Sentirse en casa es sentirse a salvo. Que no tienes miedo de nadie». Reflexiona sobre cómo se siente seguro en toda la casa —incluso en la habitación de las personas que lo acogen—, a diferencia de su acogimiento anterior, donde le daba miedo el comportamiento de su familia de acogida, como él mismo ilustra:
[Los de mi anterior familia de acogida] eran muy protectores con sus cosas. Me daba miedo usarlas. Pensaba que si las usaba, a lo mejor se enfadaban conmigo […] Quería comprar comida. Entonces [la persona que me acogía] vino y me dijo: «¿Qué quieres?» (con voz enfadada) […] Siempre tenía miedo.
Como muestra este ejemplo, los recursos del hogar y la comida simbolizan elementos fundamentales que se vieron cuestionados en relaciones anteriores de acogimiento, provocando sentimientos de desconfianza, de no pertenencia y de no ser bienvenido. Otra joven describe también su anterior familia de acogida como un lugar «que no era un hogar»: «Cada vez que decía o hacía algo, me lo cortaban, así que sentía que todo lo que decía y hacía estaba mal. Así que me volví muy tímida y retraída». En cambio, las personas jóvenes subrayan sus experiencias de llegar a sentirse seguras en su familia de acogida actual. Sentirse aceptado y reconocido como parte de la familia, porque la familia de acogida demuestra que «este es tu sitio», es esencial, como ilustra un joven:
Aquí es como «sí, eres parte de la familia» y «tienes que venir a todo», o sea, a las cosas de familia. Por ejemplo, tienen un chat familiar (en una aplicación de mensajería) y yo estoy en él. En las otras familias de acogida (anteriores) no era así. Sabía que tenían un chat, pero yo no estaba.
Como ilustra esta cita, sentirse reconocido como un miembro de la familia en pie de igualdad —algo que la familia de acogida expresa con palabras y con prácticas— puede contribuir al sentimiento de hogar y de normalidad de las personas jóvenes. Estos ejemplos reflejan también su transición de la inseguridad hacia un sentimiento de hogar deseado, inclusivo y seguro.
Las personas jóvenes entrevistadas reflexionan también sobre cómo su sentimiento de hogar procede de cosas, lugares, personas y prácticas familiares con las que se sienten a gusto y que buscan (re)crear. Sus relatos indican que algo puede resultarles familiar y, sin embargo, provocarles malestar o la sensación de estar «fuera de lugar» si no les gusta. Estar en un lugar familiar, con personas y actividades familiares que les gustan, parece estrechamente ligado a su sentimiento de seguridad, lo que pone de relieve la dimensión emocional de la familiaridad. A este sentimiento de familiaridad contribuyen elementos relacionales o materiales con los que se han familiarizado tras llegar a Noruega, o que proceden de su país o su familia de origen y que intentan mantener activamente. Entre los ejemplos de fotos que trajeron, eligieron o imaginaron —y que suscitan relatos de familiaridad— figuran las prácticas (de cuidado) de la familia de acogida, el barrio, la casa, su habitación y objetos que representan su origen. Además, transmiten una sensación de bienestar (re)creada en los entornos cotidianos y a través de actividades y prácticas importantes para ellas, a veces entrelazada con la (re)conexión con su origen, su familia biológica o sus amistades (de la infancia).
Las distintas experiencias de familiaridad y de falta de familiaridad de estas personas jóvenes ilustran procesos de adaptación y la complejidad de (re)crear un sentimiento de hogar. Por ejemplo, reflexionan sobre cómo la familiaridad es dinámica y temporal: lo desconocido puede volverse familiar y lo familiar puede volverse ajeno con el tiempo. Un joven lo ilustra con sus experiencias de extrañeza antes de llegar a Noruega y a su familia de acogida actual:
A lo mejor no me sentía en casa en [país de tránsito] porque era un extranjero. Pero en Noruega, ahora que llevo tanto tiempo viviendo aquí […] me siento en casa por la familia, los amigos y los vínculos con distintas personas […] En [país de tránsito] no tenía recuerdos así, así que a lo mejor es por eso.
El extracto anterior pone de relieve que, con el tiempo, la construcción progresiva de relaciones, recuerdos y experiencias en Noruega le permitió construir un sentimiento de hogar, pasando de sentirse un extraño a sentir que pertenecía. Además, el ejemplo muestra cómo los vínculos significativos pueden ser una clave para ello. Las personas jóvenes destacan también el papel parental de su familia de acogida, incluidas sus prácticas de cuidado, que contribuyen a un sentimiento de familiaridad. Algunas cuentan cómo estas prácticas de cuidado les recuerdan las de sus progenitores biológicos, creando una sensación de continuidad y de normalidad, como expresa un joven:
Ellos (la familia de acogida) me cuidan y me preguntan todo el rato: «¿Qué tal estás?»; cuando salgo y eso, me llaman: «¿Cómo estás?», «¿Necesitas algo?», «¿Cuándo vuelves a casa?» […] Mi madre (biológica) siempre ha sido así, así que era normal […] Ella (la madre de acogida) se ha portado como una madre conmigo.
Muchas de estas personas jóvenes llaman «mamá» o «papá» a quienes las acogen, lo que denota una manifestación de vínculo y una co-construcción de la familia de acogida como figuras parentales. Al mismo tiempo, las describen como «como de la familia», aunque no sean sus padres «de verdad». Otra persona joven lo desarrolla así: «Es igual que tu madre, que te ayuda con todo. El colegio. Ayuda con lo que necesitas. Entonces sientes que es como un hogar […] Es igual que tu madre y tu padre, no de verdad, pero…». Este extracto muestra cómo las familias de acogida desempeñan roles y comportamientos de tipo familiar que resultan familiares a las personas jóvenes, como mostrar preocupación, ofrecer apoyo e implicarse en su vida cotidiana. Estas relaciones familiares co-construidas reflejan un compromiso con patrones familiares de cuidado, así como su búsqueda y su creación, que se asemejan a sus ideales de figuras parentales o a sus experiencias con sus progenitores biológicos.
Las fotos del barrio, de la casa y de la habitación de las personas jóvenes en su familia de acogida actual suscitan relatos sobre dimensiones materiales/físicas de la familiaridad, que aprecian y a las que sienten que pertenecen: algo que con el tiempo se ha vuelto hogareño, como ilustra otro joven:
Como esta foto de aquí (de una calle cercana)… La hice yo… Es una calle, justo ahí (al lado de la casa). Y cuando vuelvo a casa, y salgo con amigos, y eso, voy por aquí […] Y cuando caminas por aquí, miras alrededor y eso… Entonces sientes «¡Ah!». Cierras los ojos y respiras y piensas «Ya estoy en casa», por así decirlo. Como aquí (foto de la casa), cuando vuelvo a casa, ves la casa y enseguida piensas «ah (espira), esto es mi casa»” […] Cuando vuelves a casa y ves el jardín y las paredes de aquí y… ese sofá de ahí, es como que tú… […] Es un sentimiento de hogar, se podría decir.
Este joven describe con detalle una rutina de ida y vuelta entre la casa (la familia de acogida) y el mundo exterior (p. ej., quedar con amigos, ir a clase o al trabajo). Subraya cómo, al volver, se siente relajado y a gusto, lo que pone de relieve la seguridad de lo familiar. Más concretamente, la familiaridad con el entorno puede cultivar un sentimiento de seguridad, al permitir conocer el lugar y a las personas y anticipar lo que cabe esperar.
Una de las jóvenes imaginó que haría una foto de «comer juntos» en la familia de acogida, algo que asocia con un sentimiento de hogar: «Si tuviera que hacer una foto de algo, haría una foto de una cena familiar un domingo». Para ella, este encuentro familiar repetido representa algo familiar y acogedor, de lo que disfruta. Sin embargo, la comida que se sirve no es la que le resultaba familiar por su origen; es algo con lo que se ha familiarizado y que ahora le gusta. Aunque los gustos, las preferencias y las necesidades de las personas jóvenes puedan cambiar con el tiempo, algunas destacan también la necesidad de (re)conectar con su origen a través, por ejemplo, de determinadas comidas, de la música o de prácticas religiosas. En la sección siguiente profundizamos en cómo las personas jóvenes (re)crean un sentimiento de hogar conectando con elementos familiares de su origen.
La frecuencia del contacto con la familia biológica y con amistades de un origen similar varía entre las personas jóvenes entrevistadas. En consecuencia, también varían sus posibilidades de (re)crear, a través de estas relaciones o comunidades, un sentimiento de familiaridad vinculado a su origen. Por ejemplo, algunas dicen no recordar nada de su país de nacimiento o no tener contacto con amistades de la infancia ni con familiares en el extranjero. Otras cuentan cómo los recuerdos compartidos se (re)crean mediante el contacto digital o presencial con amistades de la infancia y con la familia biológica. Un joven describe lo complejo que puede ser: tiene la suerte de conservar a un amigo de la infancia, pero aun así faltan piezas, y cuenta cómo le afecta:
[E]so es lo que a veces me duele; tengo buenos recuerdos con ellos (los amigos de la infancia), y quiero hablar con ellos, pero no puedo. No sé dónde están. A algunos los vi morir con mis propios ojos, y a otros les he perdido la pista […] Mi amigo de la infancia y yo éramos pobres; no teníamos mucho dinero, y él me decía: «Un día tú y yo vamos a ser ricos, y vamos a hacer esto y aquello e ir aquí y allá». Solo estábamos soñando. Hoy tenemos esas cosas, así que se lo dije, y se echó a llorar enseguida.
Esta cita muestra cómo un sentimiento de vínculo profundo y de continuidad entre pasado, presente y futuro —encarnado aquí por un amigo de la infancia— hace posible la (re)creación de la familiaridad a través de experiencias, recuerdos y sueños compartidos. Sin embargo, la pérdida, la separación o la distancia física pueden generar un sentimiento de discontinuidad o de añoranza. Aunque el contacto de estas personas jóvenes con su familia biológica o sus amistades —en el lugar o a escala transnacional— es variable, todas subrayan la importancia de mantenerlo en cierta medida. Algunas subrayan que, por ejemplo, el contacto que mantienen con su familia biológica no es algo que compartan con su familia de acogida, de modo que algunas familias de acogida no saben cuánto contacto mantienen con ella, ni siquiera si lo mantienen. Otras describen cómo su familia de acogida les ayuda a facilitar el contacto con su familia biológica, invitándola a casa o viajando juntos a los países donde vive.
Uno de los jóvenes enseñó una foto del interior de la casa de unos familiares, poniendo de relieve su sentimiento de pertenencia a más de un lugar: «Tengo dos hogares. Aquí (la familia de acogida) y con mi [familiar]». Al igual que otras personas jóvenes, este joven ilustra una experiencia sensorial familiar cuando huele especias de su país de nacimiento: «[E]n cuanto lo huelo, pienso: “Este olor ya lo he vivido antes en mi vida”».
Conectar con elementos familiares del propio origen parece depender a menudo de las relaciones. Sin embargo, las personas jóvenes muestran también cómo (re)crearon un sentimiento de hogar a través, por ejemplo, de la música o de prácticas religiosas, sin la presencia física de otras personas. Un joven que vive en una familia de acogida de origen mayoritario enseñó una lista de canciones de su país de nacimiento: «Cuanto más la escucho, mejor entiendo […] Así no se me olvida del todo el idioma (mi lengua materna) […] Me vienen muchos recuerdos (cuando la escucho)». Una joven que vive en acogimiento en familia extensa imaginó una foto de su alfombra de oración: «Me siento en casa cuando rezo; entonces me siento segura». Estos ejemplos muestran cómo la familiaridad está entrelazada con la autonomía o con la seguridad. Ilustran también cómo las personas jóvenes conectan con recuerdos y sentimientos reconfortantes —una parte de su identidad— a través de experiencias sensoriales, objetos simbólicos o prácticas, que pueden ser más o menos accesibles en su entorno de acogimiento.
En cambio, algunas personas jóvenes cuentan cómo lugares o relaciones que antes les eran familiares pueden volverse ajenos con el tiempo. Un joven reflexiona sobre lo que vivió cuando su familia biológica se reunió con él en Noruega y, en consecuencia, tuvo que dejar la familia de acogida. Sus reflexiones son un ejemplo de cómo se navega entre distintas pertenencias a lugares, culturas y relaciones:
Y entonces sentí, cuando llegaron (la familia biológica), que ya no era realmente el [yo] de antes, se podría decir […] Han pasado [muchos años]… Así que, en cierto modo, no los conozco de verdad […] Me alegro de que hayan venido. Pueden tener un futuro y todo eso, pero… […] No tienes la misma mentalidad que ellos. Y ellos no tienen la misma mentalidad que yo […] Y de repente tienes que mudarte de esta casa a otra… Es duro. Porque aquí es donde perteneces (en la familia de acogida), aquí es donde te sientes en casa, y luego tienes que irte.
Como se ve, las personas jóvenes pueden sentir a la vez alegría por reencontrarse con su familia biológica y tristeza por no poder seguir viviendo con su familia de acogida. Seguir a estas personas jóvenes y a sus familias de acogida a lo largo del tiempo puso de manifiesto cambios como la reagrupación familiar o el traslado a otra ciudad o a otra casa, que muestran cómo las emociones, las relaciones o las materialidades cambian en consecuencia. Sin embargo, la co-construcción de relaciones familiares (duraderas) entre las personas jóvenes y su familia de acogida, que puede permitirles mantener el contacto después de marcharse, proporciona un ancla de continuidad y de apoyo para recorrer este terreno (a veces) ambivalente.
En esta sección utilizamos el concepto de autonomía, en lugar del de control conceptualizado por Boccagni (2017), como aspecto del sentimiento de hogar de las personas jóvenes en acogimiento familiar. Situadas como hijos e hijas en sus familias de acogida, las personas jóvenes que participaron en el estudio no esperan un control (total) sobre su entorno y sus rutinas cotidianas; en cambio, esperan recibir apoyo, ser escuchadas e implicadas en la toma de decisiones. Entendemos, pues, la autonomía como un proceso relacional interconectado con las dimensiones emocional y material (Boccagni 2017; Christman 2014; Mackenzie and Stoljar 2000). El acceso de las personas jóvenes al espacio y a los recursos del hogar refleja un proceso de reparto y de participación caracterizado por el hecho de que la familia de acogida da acceso o fija normas de la casa mientras las personas jóvenes demuestran responsabilidad. Además, este proceso se define por el respeto, el reconocimiento y la confianza mutuos. A través de fotos de su habitación, de sus relaciones y de lugares del acogimiento, las personas jóvenes suscitaron relatos que reflejan sus experiencias de autonomía relacional, en contraste con la sensación de ser invitadas o ajenas. Tener (o no) la posibilidad de utilizar y personalizar sus espacios de vida (familiares), así como de acceder a los recursos del hogar y compartirlos a través de relaciones de acogimiento (seguras), ilustra cómo la autonomía se hace posible (o se obstaculiza) en el acogimiento familiar. Formar parte de una familia de acogida puede generar tensiones que las personas jóvenes deben gestionar. Sin embargo, cuando se las incluye y reconoce como miembros autónomos del hogar y de la familia y se las apoya en sus aspiraciones futuras, ello parece contribuir a su sentimiento de hogar.
Las personas jóvenes describen cómo navegan entre independencia y participación en el acogimiento familiar, equilibrando una sensación de libertad con la responsabilidad. La autonomía se lograba mediante la reciprocidad, como expresa un joven: «[La persona que me acoge] me ha dicho: “mientras seas buena persona y no hagas ninguna tontería, no tenemos normas” […] Puedo hacer lo que quiera, soy un hombre libre». Otra persona joven lo explicaba así: «No he sentido que haya nadie más que decida por mí. Hago lo que quiero hacer y lo que necesito». Estos ejemplos sugieren que las familias de acogida confían en las personas jóvenes y las reconocen como autónomas y responsables. En nuestro estudio, esto parece estar relacionado con la edad: las personas jóvenes algo mayores mencionaban menos normas. Con el tiempo, algunas de las personas participantes más jóvenes describen cómo han ganado autonomía gracias a que hay menos normas y a que muestran más responsabilidad, como se expresa en una segunda entrevista: «Ahora tengo 16 años, ahora puedo volver a casa cuando quiera. Pero al mismo tiempo, ellos (la familia de acogida) quieren saber dónde estoy, y no debería volver demasiado tarde». Además, su navegación entre independencia y participación implica negociaciones y compromisos: «Si hay desacuerdos en la familia (de acogida), ¿sabes?, llegamos a un acuerdo en el que todo el mundo gana un poco, en vez de que una sola persona tome las decisiones […] Tenemos en cuenta las necesidades de los demás […] Y nos respetamos».
La mayoría de las personas jóvenes dicen estar satisfechas con cuánto pueden decidir o con la frecuencia con que se les escucha en su familia de acogida actual. Solo unas pocas mencionan desacuerdos al respecto, como la sensación de ver limitada su autonomía. Un joven, por ejemplo, subraya que estaba acostumbrado a gestionar su propia vida desde muy pequeño, como se ilustra a continuación:
En [mi país de nacimiento] no tenía ninguna norma de hora de llegada, y en cuanto llegué aquí, a [el centro de asilo], había normas, y es muy difícil adaptarse a eso cuando lo aprendes tan tarde […] No estaba en la calle todo el rato, pero salía mucho con amigos, a jugar y a hacer cosas (en mi país de nacimiento)— cuando llegué aquí, había normas que tenía que cumplir […] Me tengo que acostar a [una hora determinada], y la verdad es que lo agradezco, porque al día siguiente rindo mucho mejor en el instituto.
Las experiencias pasadas de las personas jóvenes en materia de restricciones y de autonomía pueden influir en cómo perciben sus circunstancias actuales. Sin embargo, como también subraya este joven, ciertas restricciones, como tener una hora fija para acostarse, se valoran porque mejoran, por ejemplo, el rendimiento escolar, algo a lo que aspira. El ejemplo pone de relieve también el contraste, para las personas jóvenes en acogimiento familiar, entre una independencia sin restricciones y una independencia con responsabilidades, y subraya la importancia de equilibrar la dinámica de formar parte de una familia de acogida con la independencia.
Además, las personas jóvenes dan ejemplos de su participación en las decisiones cotidianas del acogimiento: «Por ejemplo, la cena […] O si vamos a poner cortinas nuevas, por ejemplo, el color. Son cosas pequeñas, básicamente». Participar en las pequeñas decisiones cotidianas es, por tanto, fundamental para sentirse a la vez independiente e incluido en la familia de acogida. En línea con lo señalado en la sección sobre la seguridad, el reconocimiento explícito por parte de la familia de acogida de que la persona joven forma parte del hogar y de la familia es también esencial para sus experiencias de autonomía. Por ejemplo, cuando la familia de acogida reconoce que comparten las cosas materiales y el espacio de la casa, ello refuerza el sentimiento de seguridad de la persona joven y le permite actuar de forma autónoma: «(La persona que me acoge dice) “Es nuestro coche, nuestra casa, nuestras cosas. No solo tuyas o mías. Estas cosas las compartimos” […] Eso te da cierta seguridad. Puedes sentirte en casa».
Además, el papel activo de las personas jóvenes en la creación de un espacio familiar, decorando su habitación con objetos de valor personal u organizándola según sus necesidades y sus gustos, es también un signo de autonomía. Como ilustra un joven al enseñar una foto de su habitación: «Todas las paredes eran [de un color] […], y luego, al cabo de unos meses, pensé “vale, hay que pintarlas [de otro color]”, y entonces “sí, sí”, dijo [la persona que me acoge] (en tono benévolo)». Este ejemplo subraya el papel activo de las personas jóvenes en la personalización de su espacio a lo largo del tiempo, lo que indica además la existencia en el acogimiento de un entorno seguro que les permite hacerlo.
En las relaciones de acogimiento que hacen posible la autonomía, las personas jóvenes reciben apoyo y orientación para explorar su identidad y afrontar múltiples transiciones, como la entrada en la familia de acogida (dentro del acogimiento), así como la entrada en la sociedad en general y en la vida adulta (más allá del acogimiento). Una joven cuenta cómo ganó autonomía cuando llegó a su familia de acogida actual:
Desde que llegué a [esta familia de acogida], he intentado encontrar mi sitio, porque antes (en una familia de acogida anterior) no sentía que tuviera voz, y lo que decía no importaba mucho, porque tenía que pasar por alguien, como pedírselo a la persona encargada de mi caso […] Así que cuando me mudé (a esta familia de acogida), gané un poco de voz y la posibilidad de hacer lo que quiero […] Todavía estoy en ello, intentando averiguarlo y saber quién soy.
Este ejemplo subraya el papel crucial de las familias de acogida a la hora de ofrecer un entorno en el que las personas jóvenes se sientan escuchadas y valoradas. Además, las personas jóvenes destacan la ayuda que reciben de su familia de acogida con las tareas escolares, el aprendizaje del noruego y la transición a la vida adulta, por ejemplo para ahorrar dinero para un futuro piso. Algunas subrayan que la escuela es necesaria «para conseguir una vida mejor». Un joven compartió una imagen que había hecho, con montañas que simbolizan las dificultades de la vida y a la persona que lo acoge, que le ha ayudado a atravesar esos momentos difíciles:
La vida tiene tantas dificultades; sube y baja, sube y baja. Pero si quieres alcanzar metas, tienes que aguantar las cosas duras que pasan en la vida… Tenemos personas que vienen y nos cuidan. Por ejemplo, yo tengo [a una persona de acogida] que se preocupa por mí. Y [la persona que me acoge] me ayuda a salir de situaciones difíciles y de los retos… [La persona que me acoge] me apoya en las metas que quiero alcanzar […] Por ejemplo, ahora ya tengo el carné de conducir.
Este ejemplo subraya cómo un sentimiento de autonomía relacional, el desarrollo personal y la movilidad social, como posibles aspiraciones futuras de las personas jóvenes, pueden fomentarse mediante el apoyo práctico y emocional y la orientación de la familia de acogida. Otra persona joven desarrolla este punto con un consejo para el personal de protección a la infancia y para las familias de acogida:
Si vosotros (el personal de protección a la infancia) encontráis una familia de acogida que encaja con un niño, eso le ayuda a tener una sensación de normalidad. Si vosotros (la familia de acogida) le dais cosas completamente normales, al niño le resulta mucho más fácil acabar independizándose. Y tener esperanza […] [Los niños que no tienen ese apoyo] lo pasan mal con cosas que mucha gente da por sentadas […] Como las rutinas, ¿sabes?…
Como ilustra esta cita, la «normalidad» —entendida como aquello a lo que otras personas jóvenes de la sociedad pueden acceder a través de las prácticas de hogar de su familia (biológica)— es vital para su transición hacia una vida adulta independiente. Esto es especialmente importante dada la situación socioeconómica de quienes han llegado como menores no acompañados a un nuevo país, a menudo sin ningún apoyo material ni relacional. Aunque ya han logrado mucho por sí mismas, las personas jóvenes entrevistadas subrayan la importancia de las relaciones de apoyo en los nuevos contextos, sobre todo con su familia de acogida, para cultivar la pertenencia y una mirada esperanzada hacia el futuro.
Este estudio ha explorado lo que los menores refugiados no acompañados (MRNA) consideraban importante para (re)crear un sentimiento de hogar en acogimiento familiar a lo largo del tiempo. Mediante un proceso analítico abductivo entre las entrevistas con las personas jóvenes y la conceptualización del homing de Boccagni (2017), estructuramos nuestros resultados en tres temas principales, que muestran cómo las personas jóvenes (re)crean seguridad, familiaridad y autonomía en el acogimiento familiar. En primer lugar, subrayaron la importancia de la estabilidad en la familia de acogida, incluido un lugar al que volver, y de las relaciones familiares como fuente de seguridad. En segundo lugar, destacaron la importancia de familiarizarse con las prácticas de la familia de acogida, con el entorno material y con las rutinas cotidianas, así como de conectar con su origen, incluidas las prácticas culturales y religiosas y el contacto con su familia biológica y sus amistades (de la infancia). En tercer lugar, navegaban entre su participación en la familia de acogida y su necesidad de independencia, lo que pone de relieve la importancia de la autonomía relacional. De forma transversal, nuestro análisis muestra que su sentimiento de hogar es un proceso entrelazado de seguridad, familiaridad y autonomía, vinculado a sus experiencias pasadas y a los futuros a los que aspiran.
Todos los niños, niñas y jóvenes que pasan a vivir en acogimiento familiar experimentan cierto grado de desarraigo emocional, relacional y material/físico (Bengtsson and Luckow 2020; Hedin 2014; Phoenix 2016; Schofield 2002). Para los MRNA, este desarraigo implica además pasar de un país a otro, con olores, sabores y sonidos diferentes, a lo que se suman experiencias traumáticas pasadas e incertidumbres relacionadas con la familia biológica que dejaron atrás o con sus procedimientos de asilo (Ahmed 1999; Boccagni 2017; Crea et al. 2018; Mitra and Hodes 2019). La investigación sobre migraciones ha puesto de relieve que los estatus migratorios temporales dificultan la estabilidad y la previsibilidad, en lugar de permitir sentirse seguro y en casa, debido a la incertidumbre sobre el futuro (Chase 2013; Kohli 2011). Nuestro estudio contribuye a colmar la laguna de la investigación sobre las experiencias de los MRNA en una fase posterior, cuando ya han obtenido un permiso de residencia permanente o la nacionalidad. Al dar voz a la perspectiva de los MRNA a lo largo del tiempo, nuestro estudio aporta conocimientos importantes sobre cómo (re)crean un sentimiento de hogar en acogimiento familiar. Además, nuestros resultados enriquecen la investigación existente sobre lo que contribuye a un entorno de acogimiento favorable para los MRNA (véanse, p. ej., Garvik et al. 2016; Rip et al. 2020b; Svendsen et al. 2018; Van Holen et al. 2020; Wernesjö 2015). Discutiremos las implicaciones de estos resultados para los servicios de protección a la infancia (SPI) y para las prácticas de las familias de acogida: ¿cómo puede un entorno de acogimiento favorable facilitar la (re)creación de la seguridad, la familiaridad y la autonomía por parte de las personas jóvenes?
Dado que la estabilidad y las relaciones familiares se señalaron como fundamentales para (re)crear un sentimiento de seguridad, es esencial que las familias de acogida confirmen activamente que los MRNA son miembros de pleno derecho del hogar y de la familia que comparten, apoyando así el sentimiento de seguridad de las personas jóvenes. Las familias de acogida también pueden apoyarlo mediante comportamientos afectuosos y de tipo familiar, como mostrar preocupación o incluirlas en las rutinas de la familia, en consonancia con otros estudios sobre MRNA en acogimiento familiar (Kohli et al. 2010; Ní Raghallaigh and Sirriyeh 2015; Sirriyeh and Ní Raghallaigh 2018; Wade 2019). Sostenemos, de acuerdo con otras investigaciones, que las prácticas que contribuyen a establecer relaciones de tipo familiar refuerzan al mismo tiempo el sentimiento de seguridad, de normalidad y de hogar de los MRNA (Rip et al. 2020b; Sirriyeh 2013; Wade 2019). La reciprocidad, la buena comunicación, la aceptación, la confianza, el reconocimiento, la apertura de miras, la hospitalidad y la «calidez emocional» son algunas de las prácticas esenciales de las familias de acogida que permiten a los MRNA expresar su identidad sin miedo a la discriminación y a la exclusión (Hedin 2014; Hedin et al. 2012; Sirriyeh 2013).
En su estudio sobre la pertenencia en el acogimiento familiar, Bengtsson y Luckow (2020) destacan la distinción entre pertenencia emocional y pertenencia funcional en las experiencias de la infancia. La pertenencia emocional implica un vínculo familiar y un fuerte apego al lugar. La pertenencia funcional, en cambio, se centra más en la ayuda práctica de la familia de acogida que en un mismo grado de emociones íntimas hacia ella. Otros estudios, centrados específicamente en los MRNA, subrayan igualmente variaciones en sus experiencias de hogar: mientras que algunas personas se sienten en casa emocionalmente, otras lo viven más bien como un lugar cotidiano o como un hogar funcional (Mörgen and Rieker 2022; Wade 2019). Para las personas jóvenes que viven en familias de acogida visible y culturalmente distintas de ellas, el sentimiento de pertenencia cobra una importancia particular (Phoenix 2016; Rip et al. 2020b). Aunque las personas jóvenes de nuestro estudio destacaban la ayuda que recibían de su familia de acogida y la «función» de vivir en acogimiento familiar, varias expresaron un apego emocional a su lugar de acogida y esperaban mantener relaciones familiares duraderas con su familia de acogida, lo que denota una pertenencia emocional. En nuestro estudio no se apreciaba una división entre jóvenes que vivían su familia de acogida como un hogar emocional y quienes la vivían como un hogar funcional. Al contrario, ambas dimensiones parecían constituirse mutuamente en sus experiencias; por ejemplo, definían a su familia de acogida como su familia porque les había ayudado. Nuestro estudio refleja así lo que subraya Kohli (2011): «Para niños y niñas que quizá se han alejado de su familia, de sus amistades, de sus lugares y de la sensación de tener derecho a un hogar, la necesidad de pertenecer a alguien, a algún lugar, se convierte en un objetivo consciente» (Kohli 2011, p. 315).
En esta línea, nuestro análisis ha mostrado cómo el sentimiento de hogar de las personas jóvenes se reforzaba cuando sentían que su familia de acogida se comprometía con ellas —como cualquier otra familia— más allá del marco formal del acogimiento. Otras investigaciones sobre acogimiento familiar destacan también la importancia de las relaciones familiares duraderas a las que aspiran las personas jóvenes en su transición a la vida adulta (Biehal 2014; Christiansen et al. 2013; Hedin 2014; Join-Lambert and Reimer 2022; Schofield 2002). Esto subraya el papel crucial que pueden tener los servicios de apoyo posteriores al acogimiento para la juventud en general y para los MRNA en particular (Ní Raghallaigh and Thornton 2017; Paulsen et al. 2020). El derecho a este apoyo hasta los 25 años (Child Welfare Act 2021, sct. 1–3) es, por tanto, una medida importante, ya que los SPI pueden prolongar el acogimiento más allá de los 18 años. Aunque nuestro análisis pone de relieve las ventajas de adoptar una perspectiva del curso vital que favorezca relaciones a largo plazo cuando las personas jóvenes entran en la vida adulta, pueden existir varios obstáculos. Al igual que muchos otros países europeos (Reimer 2021), Noruega sufre actualmente una grave escasez de familias de acogida (NOU 2023). Cuando entre 200 y 300 menores esperan una familia de acogida, la prioridad de los SPI puede ser animar a las familias de acogida existentes a aceptar a un nuevo niño o niña. Aunque el acogimiento familiar conlleva límites específicos fijados por los SPI, las relaciones son más fluidas y pueden perdurar más allá de esos límites (Christiansen et al. 2013; Sirriyeh and Ní Raghallaigh 2018). Un estudio de seguimiento de MRNA que salen del acogimiento familiar sería útil para explorar los cambios, la permanencia y los obstáculos de estas relaciones.
Aunque la continuidad relacional se considera importante para la infancia en acogimiento familiar en general, la continuidad cultural es especialmente importante para menores con trayectoria migratoria o de refugio (Tonheim et al. 2025), aspecto en el que profundizamos a continuación.
Nuestro estudio ha mostrado que el sentimiento de hogar de los MRNA iba más allá de la familia de acogida física e incluía vínculos relacionales y emocionales fuera del contexto del acogimiento. Por ejemplo, para los MRNA de nuestro estudio era vital (re)conectar con su familia biológica (transnacional), con sus amistades de la infancia y con pares de su comunidad. Por ello es importante que los SPI y las familias de acogida conozcan y faciliten el contacto de los MRNA con su familia biológica y sus amistades, tanto en el lugar como a escala transnacional. En comparación con otras personas jóvenes en acogimiento familiar, las relaciones de los MRNA con su familia biológica y sus amistades —que pueden no estar físicamente presentes— suelen ser más invisibles para los SPI y las familias de acogida (Mendoza Pérez and Morgade Salgado 2019; Rip et al. 2020b), así como en las políticas de acogimiento familiar de varios países europeos (Tonheim et al. 2025). Sin embargo, estas relaciones pueden seguir estando presentes psicológica y emocionalmente, aportando apoyo social y continuidad (Oppedal and Idsoe 2015). No obstante, los beneficios y las necesidades varían entre los MRNA, por lo que las familias de acogida deben abordar esta cuestión con apertura, inclusividad y sensibilidad (Aleghfeli and Hunt 2022; Luster et al. 2009; Ní Raghallaigh and Sirriyeh 2015; Rana et al. 2011; Trenson et al. 2023). Las familias de acogida pueden necesitar orientación y supervisión específicas al respecto (Tonheim et al. 2025).
Al mismo tiempo, lo que antes era familiar puede volverse ajeno debido a la evolución de las circunstancias y a los cambios de preferencias y necesidades, como ilustra en nuestro estudio la reagrupación familiar. Para los MRNA, esto puede llevar a renegociar sus vínculos, tanto con su origen como con su entorno actual. Apoyar este proceso exige también flexibilidad en el marco normativo. Por ejemplo, la normativa actual obliga a las personas jóvenes a vivir con su familia durante cinco años (Immigration Act 2008, sct. 62) y les impone exigencias considerables de asumir la responsabilidad de su familia (Bergset et al. 2024). Estas restricciones pueden limitar su capacidad de agencia y crear desigualdad de oportunidades respecto a sus pares.
Mantener vínculos con el propio origen, ya sea a través de la familia, de la lengua o de prácticas culturales, se ha señalado como un factor de protección en otros estudios sobre MRNA (Luster et al. 2009; Pieloch et al. 2016; Trenson et al. 2023). Las personas jóvenes de nuestro estudio demostraron capacidad de agencia al conectar con recuerdos reconfortantes y sentimientos de familiaridad a través de experiencias sensoriales como la comida, la música o las prácticas religiosas, que no dependían necesariamente de su familia de acogida. No obstante, el papel de la familia de acogida sigue siendo importante. Wade (2019) y Kohli et al. (2010) subrayan específicamente la importancia de las familias de acogida a la hora de facilitar estos vínculos, por ejemplo cocinando platos familiares, lo que «permite a las personas jóvenes sentirse más en casa» (Wade 2019, p. 386). Nuestros resultados indicaban que los recursos relacionales y materiales para mantener los vínculos con su origen eran accesibles en distinta medida.
Aunque nuestro análisis no comparó específicamente el sentimiento de hogar de las personas jóvenes en acogimiento en familia extensa y en familia ajena, ambas modalidades parecen tener ventajas e inconvenientes (Fazel et al. 2012; O’Higgins et al. 2018; Rip et al. 2020b; Trenson et al. 2023). Parte de la investigación previa destaca la importancia de la calidad de la relación con la familia de acogida, gracias a la cual las personas jóvenes pueden sentirse queridas y respetadas en su identidad (Crea et al. 2018; Rip et al. 2020b; Sirriyeh and Ní Raghallaigh 2018; Van Holen et al. 2020). Otros estudios constatan que, para niños, niñas y jóvenes que «pierden» su lengua de origen y su pertenencia cultural, esto puede dificultar la formación de su identidad y la comprensión de sí, así como sus relaciones con sus progenitores biológicos, con su familia (transnacional) y con pares de su mismo origen (cf. Brown et al. 2009; Degener et al. 2020, 2022). Los estudios futuros deberían seguir explorando el papel y el sentido del origen cultural, religioso y lingüístico de los MRNA, para comprender mejor sus necesidades de continuidad cultural en el acogimiento familiar (Tonheim et al. 2025).
En nuestro estudio, el sentimiento de autonomía resultó ser una parte esencial de la construcción del hogar y del hecho de «sentirse en casa» para las personas jóvenes. Sostenemos que la manera en que la familia de acogida (y otras personas significativas) tratan a las personas jóvenes determina su sentimiento de autonomía y su capacidad de agencia. Esto no incluye solo las expresiones de respeto y de reconocimiento, sino también los recursos disponibles (Christman 2014). El concepto de autonomía relacional aporta perspectivas importantes al ámbito de la protección a la infancia, en particular cuando se consideran las experiencias de los MRNA en acogimiento familiar. Esta perspectiva teórica pone de relieve la importancia de la reciprocidad en el fomento de la autonomía, y sugiere que la autonomía no es simplemente un logro individual, sino que se cultiva a través de las relaciones con los demás. Held (2005) y Mackenzie y Stoljar (2000) sostienen que la autonomía es relacional y que la interdependencia con los demás es crucial para su desarrollo. Esta perspectiva relacional de la autonomía subraya el papel de las relaciones de apoyo y de cuidado para ayudar a las personas a encontrar el equilibrio entre independencia y pertenencia.
En el caso de los MRNA, la autonomía relacional ofrece una perspectiva más matizada que el enfoque tradicional centrado en la independencia. Oppedal et al. (2009) y otras investigaciones (p. ej., Sirriyeh 2013; Svendsen et al. 2018; Wade 2019) subrayan que los MRNA necesitan a la vez cuidados y la oportunidad de desarrollar su independencia. Horgan y Ní Raghallaigh (2017) destacan el delicado equilibrio entre proporcionar cuidado y protección a los MRNA y permitirles desarrollar resiliencia y autonomía. Aunque esta perspectiva es valiosa, tiende a presentar el cuidado y la autonomía como fuerzas en cierto modo opuestas. En cambio, la autonomía relacional sugiere que la autonomía puede y debe desarrollarse dentro de relaciones de cuidado, en las que las personas jóvenes reciben el apoyo emocional y práctico que necesitan para tomar decisiones autónomas, en particular en el entorno seguro del acogimiento familiar.
Para los MRNA, los «entornos de mayor apoyo», como el acogimiento familiar, pueden ofrecer menos autonomía que otras formas de atención, como los hogares de grupo o los centros residenciales (Mitra and Hodes 2019). Sin embargo, también ofrecen la oportunidad de que florezca la autonomía relacional. Las relaciones cercanas y de apoyo del acogimiento familiar permiten a los MRNA explorar su autonomía sin dejar de formar parte de un sistema familiar que les ofrece confianza, cuidado y respeto. La tensión dinámica entre independencia y cuidado —a menudo subrayada en la literatura— puede gestionarse con mayor eficacia en el marco de la autonomía relacional. Esta perspectiva relacional concibe la autonomía como un logro a la vez personal y relacional (Christman 2014). Las familias de acogida pueden apoyar el sentimiento de autonomía de las personas jóvenes y su capacidad de actuar de forma autónoma creando un espacio seguro para la independencia y manteniendo a la vez vínculos relacionales que permitan el respeto mutuo, el apoyo emocional y la orientación.
Los SPI y las familias de acogida deberían, por tanto, implicar a los MRNA en los procesos de toma de decisiones relativos a su cuidado y a su vida cotidiana, para reforzar su sentimiento de autonomía y su capacidad de agencia. Es importante que su familia de acogida anime a las personas jóvenes a expresar sus opiniones, las escuche y las tome en serio (Pölkki et al. 2012). También es importante tener presente que pueden comunicar sus necesidades de forma sutil, mediante una comunicación no verbal, como se vio en nuestro estudio a través de relatos de retraimiento en un entorno inseguro. Además, los y las profesionales deben saber que las personas jóvenes a veces guardan silencio sobre su pasado (Kohli 2006).
Aunque varios estudios señalan los efectos positivos que el acogimiento familiar puede tener en los MRNA, este no garantiza el éxito (O’Higgins et al. 2018; Trenson et al. 2023; Van Holen et al. 2020). Existen variaciones notables en las experiencias de acogimiento de los MRNA, y no todos se desarrollarán bien por el mero hecho de vivir en una familia de acogida (Horgan and Ní Raghallaigh 2017; Mörgen and Rieker 2022). Algunas de las personas jóvenes de nuestro estudio compartieron sus experiencias de no sentirse seguras en sus familias de acogida anteriores. Solo llegaron a sentirse seguras con el tiempo, después de pasar a una nueva familia de acogida. Así pues, la ruptura del acogimiento no siempre es negativa; a veces es necesaria para que puedan desarrollarse (Van Holen et al. 2020).
La manera en que las personas jóvenes valoraban y gestionaban la seguridad, la familiaridad y la autonomía variaba en nuestro estudio, en función de factores como la edad, el tiempo pasado en acogimiento, el origen cultural, la dinámica familiar y las experiencias previas (Rip et al. 2020b; Wade et al. 2012). Por ejemplo, nuestros resultados reflejaban cómo las personas jóvenes daban sentido a sus experiencias de hogar apoyándose en experiencias pasadas. Además, es crucial que los SPI y las familias de acogida reconozcan las variaciones individuales y la complejidad de las experiencias de hogar de las personas jóvenes. Seguir investigando distintos factores que se entrecruzan, en particular cómo la edad, el género y la etnicidad moldean las experiencias de los MRNA y las prácticas de las familias de acogida, aportaría conocimientos valiosos para la investigación y la práctica futuras.
En conjunto, las personas jóvenes reclutadas para este estudio expresaron su satisfacción con su familia de acogida actual y dijeron sentirse en casa. Esto podría indicar que no reclutamos a jóvenes descontentos con su acogimiento ni a quienes tienen un «sentimiento de pertenencia más cauteloso» respecto a su familia de acogida (Christiansen et al. 2013). Un reto ético crucial que se deriva de ello es que las personas jóvenes consideradas más vulnerables por los servicios de protección a la infancia, o que no mantienen una relación positiva con su familia de acogida actual, no quisieran participar en el estudio o no fueran informadas del proyecto por el personal de protección a la infancia. Además, las personas participantes pueden haberse mostrado reticentes a compartir experiencias más negativas. Sin embargo, como se ha visto a lo largo de los resultados, algunas compartieron retrospectivamente experiencias de no sentirse en casa, lo que aportó información útil sobre las posibles dificultades que pueden surgir. Además, el enfoque del estudio en «sentirse en casa en el acogimiento familiar» puede haber favorecido tanto el reclutamiento como los relatos de acogimientos exitosos, lo que constituye a la vez una fortaleza y una limitación. Es importante señalar que este estudio no capta lo que es importante para todos: los MRNA son un grupo heterogéneo, con orígenes, trayectorias migratorias y necesidades diversos (Derluyn 2018). Nuestro estudio se ha centrado principalmente en el entorno de la familia de acogida y ha prestado menos atención al contexto circundante, como la escuela, las actividades de ocio o las experiencias de discriminación.
El marco teórico del homing aporta perspectivas importantes y contribuciones teóricas al conocimiento sobre las experiencias y las prácticas de hogar de los MRNA. Sin embargo, algunas voces críticas han reprochado al concepto de hogar ser intrínsecamente positivo, abarcarlo todo y carecer de claridad conceptual (Boccagni 2017, p. 13). Además de que el hogar es un concepto difícil de definir y de comprender, las barreras lingüísticas también pueden haber afectado a la comprensión de las personas participantes y a la calidad de las conversaciones de las entrevistas. Intentamos superar estas dificultades mediante el diseño del estudio. Por ejemplo, las fotos que las personas jóvenes trajeron, eligieron o imaginaron ayudaron a reforzar su participación. Además, este método visual sacó a la luz dimensiones más «ocultas» de sus experiencias y prácticas de hogar, lo que constituye una fortaleza del estudio. Realizar un estudio longitudinal entrevistando a las personas jóvenes en dos momentos distintos también enriquece los datos y, por tanto, aumenta la validez de los resultados mediante la triangulación de datos.
Los resultados de este estudio muestran que las experiencias de seguridad, familiaridad y autonomía de los menores refugiados no acompañados son importantes para (re)crear un sentimiento de hogar en el acogimiento familiar. Las relaciones de tipo familiar que han construido gracias al acogimiento y los recursos emocionales, relacionales y materiales disponibles son esenciales en este proceso. Además, este estudio aporta conocimientos sobre la participación de las personas jóvenes y su navegación continua de la pertenencia en la vida cotidiana. Reconocerlas a la vez como agentes activos y como personas que necesitan apoyo social es, por tanto, una implicación crucial para las políticas y la práctica.
A medida que las personas jóvenes se apoyan en sus experiencias pasadas y en sus aspiraciones futuras y se adaptan a circunstancias cambiantes, sus necesidades, preferencias y prácticas evolucionan. Esto hace de la (re)creación de un sentimiento de hogar un proceso dinámico y continuo. Un apoyo emocional y práctico constante, procedente de relaciones de acogimiento estables, es vital a lo largo de las transiciones, incluida la entrada en la vida adulta. El personal de protección a la infancia y las familias de acogida deben comprender y tener en cuenta las necesidades diversas y cambiantes de las personas jóvenes, en particular en lo que respecta a sus vínculos con su origen cultural, su familia biológica y su familia de acogida.
Los relatos de las personas jóvenes participantes sobre experiencias de acogimiento poco hogareñas anteriores a su experiencia positiva actual ponen de relieve que no es el acogimiento familiar en sí, sino un acogimiento familiar con ciertas características y cualidades, lo que nutre el sentimiento de hogar y de pertenencia de los MRNA. El sentimiento de hogar de las personas jóvenes en el acogimiento familiar parece esencial para el éxito de la medida. Por ello, las familias de acogida podrían beneficiarse de la orientación y la formación de los servicios de protección a la infancia sobre distintas formas de apoyar a los MRNA en la (re)creación de un sentimiento de hogar. Nuestro estudio contribuye así al creciente conocimiento sobre cómo el acogimiento familiar puede apoyar los procesos de construcción del hogar y el bienestar de los MRNA. Para profundizar en ello, la investigación futura debería estudiar el papel y el sentido de la continuidad en el acogimiento familiar de los MRNA.
Complexe Systémique: puntos clave
Lo que destaca aquí es que el hogar no es un lugar que se recibe, sino un proceso que las personas jóvenes construyen a partir de su pasado, su presente y su futuro. La seguridad procede de la estabilidad y de palabras explícitas («esta es tu casa»); la familiaridad, de las rutinas compartidas, pero también de olores, músicas u oraciones que las conectan con su país de origen; la autonomía, de una libertad negociada, que el estudio interpreta como autonomía relacional más que como independencia. Para la práctica sistémica, la lección es doble: una familia de acogida se sostiene cuando acepta que el niño o la niña la redefina como familia, y debe permanecer abierta a las lealtades hacia la familia biológica, a menudo invisibles para los servicios. La reagrupación familiar, que obliga a las personas jóvenes a dejar la familia de acogida, muestra cómo las pertenencias múltiples pueden entrar en tensión, lo que exige un acompañamiento de las transiciones más que una simple decisión de acogimiento. Los límites residen en la pequeña muestra noruega, reclutada a través de los servicios y en general satisfecha con su acogimiento. Puede leerse junto con el artículo sobre la reagrupación familiar vivida por menores no acompañados y el artículo sobre los procesos sensoriales y narrativos en la pertenencia de la juventud refugiada.
Notas del original
1 Estas cifras no incluyen a los MRNA que han obtenido permisos de residencia temporales.
Contribuciones de la autoría. Conceptualización, F.J., M.T. y M.K.F.; análisis formal, F.J.; investigación, F.J.; redacción del borrador original, F.J.; redacción, revisión y edición, F.J., M.K.F. y M.T.; supervisión, M.K.F., M.T. y F.J.; obtención de financiación, M.T. Todas las personas firmantes han leído y aprobado la versión publicada del manuscrito.
Financiación. Este trabajo forma parte del proyecto HoMi «Home and (dis)continuity: Foster care for children with migrant backgrounds». El proyecto fue financiado por el Consejo Noruego de Investigación (NFR), a través del programa «Research project in welfare, working life and migration (VAM)», con el número de proyecto 302183.
Declaración del comité de ética. El estudio se realizó de conformidad con la Declaración de Helsinki y fue aprobado por la Agencia Noruega de Servicios Compartidos en Educación e Investigación (Sikt) (873235, 25 de junio de 2021).
Declaración de consentimiento informado. Se obtuvo el consentimiento informado de todas las personas participantes en el estudio. En el caso de menores de 18 años, se obtuvo también el consentimiento informado de su tutela legal.
Agradecimientos. Queremos expresar nuestro más sincero agradecimiento a las familias de acogida que compartieron generosamente sus historias y a los servicios de protección a la infancia por su inestimable ayuda en el reclutamiento.
Conflicto de intereses. La autoría declara que no existe ningún conflicto de intereses.
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Traducción no oficial al español de ‘To Feel at Home Is to Feel Safe’: Unaccompanied Refugee Minors (Re)Creating a Sense of Home in Foster Care over Time, de Frederikke Jarlby, Milfrid Tonheim y Marte Knag Fylkesnes, Social Sciences, vol. 14, n.o 2, 91 (2025), doi: 10.3390/socsci14020091, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (tabla presentada en forma de lista, declaraciones agrupadas en las notas). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
Traducción no oficial del artículo original «‘To Feel at Home Is to Feel Safe’: Unaccompanied Refugee Minors (Re)Creating a Sense of Home in Foster Care over Time», publicado en Social Sciences (2025) bajo licencia CC BY 4.0. Traducida y maquetada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Jarlby, F., Tonheim, M., y Fylkesnes, M. K. (2025). ‘To Feel at Home Is to Feel Safe’: Unaccompanied Refugee Minors (Re)Creating a Sense of Home in Foster Care over Time. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/to-feel-at-home-is-to-feel-safe-unaccompanied-refugee-minors-re-creating-a-sense-of-home (Obra original publicada en 2025 en Social Sciences, 14(2), 91 (2025); republicada en 2025 por Social Sciences, https://www.mdpi.com/2076-0760/14/2/91)
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