Esta versión ha sido traducida del francés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
¿Y si lo importante no fuera el punto de partida, sino la capacidad de reorganizarse por el camino?
En un mundo saturado de relatos causales simplistas —«si fracasó, es por culpa de su infancia», «ella triunfó porque siguió el recorrido adecuado»—, el concepto de equifinalidad viene a agrietar nuestras certezas lineales.
Inspirado en la teoría general de sistemas, este principio afirma que un mismo estado final puede alcanzarse por caminos diferentes. Las condiciones iniciales no siempre predeterminan el desenlace: trayectorias diversas pueden converger hacia una misma configuración.
En un mundo complejo, esta idea invita a mirar de nuevo al ser humano, las organizaciones, las familias. Devuelve su lugar a la plasticidad de los sistemas, a la contingencia, a la emergencia.
El término equifinalidad fue popularizado en la década de 1950 por el biólogo y teórico de sistemas Ludwig von Bertalanffy.
El resultado está estrictamente determinado por las condiciones iniciales, como en una ecuación o un sistema mecánico.
Un organismo vivo, una institución, una familia: intercambia energía e información con su entorno, se autorregula, se adapta.
Es ahí donde interviene la equifinalidad: distintos puntos de partida, distintos encadenamientos causales, pueden conducir a un mismo estado final, siempre que el sistema pueda organizarse activamente a lo largo de su evolución.
Esta idea fue retomada por la cibernética, en particular por Heinz von Foerster, y por el pensamiento sistémico —Gregory Bateson, Paul Watzlawick, Humberto Maturana—, que mostraron que el comportamiento de un sistema depende menos de su pasado que de sus regulaciones presentes. La causalidad se vuelve circular, los efectos retroactúan sobre las causas y el sistema inventa sin cesar nuevas vías de autorreorganización.
En los sistemas humanos, este principio se comprueba en todas partes. Dos personas que crecieron en entornos muy diferentes pueden acabar dedicándose ambas a la docencia o a la terapia. Dos empresas con estrategias opuestas pueden alcanzar la misma rentabilidad. Dos parejas con historias afectivas caóticas pueden, con el tiempo, construir una relación estable.
Eso es la equifinalidad: la convergencia funcional de trayectorias divergentes.
Personas que han vivido acontecimientos muy diferentes —duelo, migración, negligencia, divorcio— pueden desarrollar trastornos similares en la edad adulta. Y dos personas pueden alcanzar un bienestar comparable pese a enfoques terapéuticos opuestos.
El alumnado puede aprender una misma competencia por múltiples caminos pedagógicos: la repetición, el descubrimiento, la experimentación. Lo que cuenta no es el método único, sino la convergencia del proceso.
Diferentes estructuras, culturas o estrategias pueden desembocar en resultados equivalentes, si son coherentes con el entorno y capaces de ajustarse. No existe una receta universal del éxito.
La equifinalidad desborda la estricta lógica de los sistemas para unirse a una filosofía de la complejidad. Concuerda con el pensamiento de Gilles Deleuze, que propone una visión no lineal y no jerárquica del devenir. En Mille Plateaux, escribe que «toda multiplicidad se define por sus líneas de fuga»: no hay un origen y un desenlace, sino una infinidad de caminos posibles que tejen un devenir. La equifinalidad es una manera de decir que lo real no se deja encerrar en una causalidad rígida.
En cuanto a Gilbert Simondon, explica que la individuación —la manera en que un individuo se constituye— no es una derivación mecánica de causas pasadas. Es un proceso dinámico, en el que varias tensiones heterogéneas pueden resolverse en una forma coherente. Una vez más, el mismo nivel de individuación puede surgir de gestaciones muy diferentes.
«El mismo efecto puede nacer de interacciones diferentes y, a la inversa, la misma causa puede producir efectos opuestos». Lo llama equifinalidad y plurifinalidad: dos principios gemelos para pensar la complejidad.
La equifinalidad no es un relativismo blando. No dice que todo vale lo mismo, ni que todas las trayectorias llevan al mismo punto. Dice algo más sutil: es posible que itinerarios diferentes produzcan una función, un resultado, un efecto comparable, sin que los recorridos sean intercambiables. Lo que varía no es solo la forma, sino el sentido, la carga afectiva, la memoria del trayecto.
En un acompañamiento terapéutico o educativo, esto implica una atención a la diversidad de los recorridos. No hay una única buena manera de avanzar, ni una única vía hacia la resiliencia, el éxito o la paz interior. Quien acompaña debe poder reconocer y sostener procesos heterogéneos que, cada uno a su manera, tienden hacia una reorganización constructiva.
Pensar la unidad sin uniformidad, la convergencia sin reducción.
La equifinalidad nos empuja a abandonar las explicaciones simplistas y a adoptar una lógica pluralista, contextual, dinámica.
Doumit, Y. (2025). Équifinalité : une pluralité de trajectoires pour un même devenir. Complexe Systémique. https://www.complexe-systemique.com
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