Traducción asistida por IA

Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.

Journal of Solution Focused Practices · Ensayo

El trabajo centrado en soluciones como estética

¿Y si miráramos el enfoque centrado en soluciones no como un método (¿cómo se hace?), sino como una estética (¿qué lo hace bello?)? Mark McKergow toma prestada la palabra de la pintura: los impresionistas, objeto de burla en el Salón de París, no pintaban peor que Canaletto; valoraban otra cosa. Propone cinco elementos de una estética SF: la brevedad, la autonomía de la persona consultante, la aceptación radical, el permanecer en la superficie y el valor otorgado a las pequeñas diferencias. Ninguno menciona la pregunta milagro ni las escalas: las técnicas no son más que corolarios de lo que se considera bello. De ahí, quizá, la obstinada incomprensión de las escuelas clásicas, que aman la duración y la profundidad.

Autoría Mark McKergow (Centre for Solutions Focus at Work)Primera publicación Journal of Solution Focused Practices, vol. 3, n.º 1, 2019, artículo 8, pp. 35-46Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de Solution Focused Work as an Aesthetic, de Mark McKergow, publicado en el Journal of Solution Focused Practices (2019), doi: 10.59874/001c.75081, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original, ligeramente editado, se ha traducido al español y maquetado, con la tabla 1 presentada como recuadro, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Resumen. Este artículo examina el trabajo centrado en soluciones (SF) de una manera novedosa: como una estética (¿qué lo hace bello?) y no como un método (¿cómo se hace?). El término procede del mundo del arte, donde de las distintas escuelas de pintura puede decirse que tienen estéticas diferentes. Partiendo de una definición del término, propongo cinco elementos de una estética SF: la brevedad, la autonomía de la persona consultante, la aceptación radical, el permanecer en la superficie y el valor otorgado a las pequeñas diferencias. Aunque no están presentes en todo trabajo SF, son aquello a lo que aspiramos, cualidades que me procuran (al menos a mí) satisfacción, alegría y razones para seguir apoyando, promoviendo y desarrollando el enfoque SF.

Palabras clave: centrado en soluciones, belleza, estética, satisfacción, cualidades

Introducción

Este artículo propone una manera diferente de mirar el enfoque centrado en soluciones (Solution Focus, SF): ¿qué consideramos «bello» en nuestro trabajo quienes lo practicamos? Esta mirada podría extenderse a otras formas de la tradición de la terapia breve, pero aquí quiero centrarme en particular en el SF. Este examen podría ayudar en parte a arrojar luz sobre la resistencia y el desconocimiento persistentes que el SF suscita en otras escuelas. Si trabajamos con una estética diferente, entonces no valorarán las mismas cosas y lo que hacemos les resultará confuso, irritante y desconcertante (y posiblemente a la inversa, por supuesto).

Me comprometí de inmediato y con pasión con el trabajo SF cuando lo descubrí en 1993, por razones que en aquel momento no me resultaban del todo claras. A lo largo de las últimas tres décadas, más o menos, he mantenido ese compromiso y me he dado cuenta de que estos aspectos estéticos son muy importantes para mí. Ahora me pregunto si estos aspectos (de los que rara vez se habla y que a menudo se dan por supuestos) son compartidos, y en qué medida. Este artículo pretende presentarlos de forma explícita. Es una visión de conjunto de por qué me encanta, personalmente, la práctica SF. ¿Y a usted?

¿Qué es una «estética»?

Si consultamos el diccionario (Aesthetic, s. f.), encontramos las siguientes definiciones de «estética». Adjetivo: relativo a la belleza o a su apreciación (ejemplo de uso: «los cuadros proporcionan un gran placer estético»). Sustantivo: conjunto de principios que subyacen a la obra de un artista o de un movimiento artístico determinado (ejemplo de uso: «la estética cubista»).

El término procede de la palabra griega aisthētikos, que significa «percepción vinculada a los sentidos». Aunque la percepción sensorial es claramente importante, la idea de estética abarca más que eso. David Hume, filósofo del siglo XVIII y además buen cocinero, escribió que la delicadeza del gusto no es solo «la capacidad de detectar todos los ingredientes de una composición», sino también nuestra sensibilidad «tanto a los dolores como a los placeres que escapan al resto de la humanidad» (Hume, 1987, p. 5). Se trata tanto de respuestas afectivas y emocionales meditadas como de distinciones sensoriales.

Una manera de entrar en este tema es observar el mundo del arte y, en particular, la pintura. Durante siglos, los artistas se esforzaron por producir representaciones (por ejemplo) de paisajes detalladas, nítidas y figurativas. Basta mirar los célebres cuadros de Venecia de Canaletto como buen ejemplo, o la obra del artista británico Thomas Gainsborough. En estos casos, los artistas realizaban numerosos bocetos preparatorios y después elaboraban en su taller una obra final muy detallada, construyendo la composición para que resultara agradable (estéticamente) más que como instantánea de un momento concreto. Aún hoy, los resultados son extraordinarios.

Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XIX, los pintores empezaron a explorar con mayor vigor lo que sucedía cuando se aventuraban fuera del taller y trabajaban «en plein air», al aire libre, en el lugar mismo. Pintores como John Constable y J. M. W. Turner habían empezado a explorarlo a comienzos del siglo XIX, pero pintores como Claude Monet, Pierre-Auguste Renoir, Alfred Sisley y otros lo llevaron a nuevos extremos a principios de la década de 1860. Su obra se centraba en la luz y en la inmediatez del momento, y era sistemáticamente rechazada por el Salón de París, la principal exposición de arte reconocida y con jurado, que favorecía a los pintores de estilo clásico. El emperador Napoleón III vio las obras rechazadas y decretó que se permitiera al público juzgar por sí mismo. Como resultado, se organizó un «Salon des Refusés», una exposición de las obras rechazadas. Aunque mucha gente acudió para reírse, esta exposición fue un punto de encuentro clave para quienes se entusiasmaban con la nueva estética «impresionista», que tomó su nombre de Impresión, sol naciente de Monet. Como ha ocurrido a menudo a lo largo de la historia, el nombre nació como un insulto del crítico Louis Leroy, quien, en su artículo «La exposición de los impresionistas», calificó la obra de Monet de esbozo en el mejor de los casos, nada parecido a una obra acabada. (Para más detalles sobre el desarrollo del impresionismo, se remite a quien lee al excelente sitio web del Metropolitan Museum de Nueva York; Samu, 2004.)

La estética impresionista consiste mucho más en captar una «impresión» de un momento; la pincelada es más amplia y audaz, el efecto más espontáneo. Si miramos un cuadro impresionista con una estética clásica, vemos lo que vieron Leroy y otros: manchas inacabadas, incompletas, de escasa trascendencia. Si miramos a Caravaggio y a Gainsborough con una estética impresionista, vemos una «perfección» estilizada y sobrecargada que dice poco de la respuesta del artista (o de quien contempla la obra). (Es interesante que el impresionismo surgiera más o menos al mismo tiempo que la fotografía, y que pueda verse como una alternativa consciente a ella.)

Ambas estéticas son, por supuesto, interesantes y valiosas. Lo que intento señalar aquí es la manera en que un paradigma alternativo, una nueva forma de ver las cosas, puede observarse a través de la lente estética: ¿qué hace que algo sea bello? ¿Qué se valora, se aprecia, se admira, se percibe, se aplaude? Tiene que ver con lo que nos hace exclamar «¡¡Sí!!» y con lo que nos hace exclamar «¡Puaj!». En este artículo intentaré explorar qué me hace exclamar «¡Sí!» en el trabajo SF y, de ese modo, arrojar un poco más de luz sobre lo que significa trabajar con una estética SF.

Lo que sigue es mi lista de lo que me encanta y valoro de la práctica SF. La lista no es completa, por supuesto, y es personal. Espero que muchas y muchos profesionales del SF encuentren reconocimiento y resonancia en al menos algunos de sus elementos.

La brevedad

El SF se llamó originalmente terapia breve centrada en soluciones (Solution-Focused Brief Therapy, SFBT) por una razón: ¡es breve! La versión original de la terapia breve interaccional surgió del Brief Therapy Center del Mental Research Institute de Palo Alto, dirigido por John Weakland, Paul Watzlawick y Dick Fisch. Esta forma de práctica, llamada modelo del MRI o terapia breve de resolución de problemas (Problem Solving Brief Therapy), sigue existiendo y se basa en un marco de diez sesiones (Segal, 1991). En su momento (en la década de 1970), esto resultaba asombrosamente breve en comparación con los años de tratamiento semanal que consideraban normales quienes trabajaban en la tradición psicodinámica.

Cuando Steve de Shazer e Insoo Kim Berg pasaron de frecuentar el MRI a fundar su propio centro en Milwaukee, a finales de los años setenta y principios de los ochenta, quisieron apoyarse en ese trabajo y desarrollaron la idea de que la terapia breve debía ser «tan breve como sea posible, y ni una sesión más» (de Shazer, en su prólogo a Dolan, 1991). Es un paso considerable incluso respecto a un marco de diez sesiones: cada sesión podría ser la última, y se lleva a cabo teniendo en cuenta esa posibilidad. La decisión de continuar corresponde, al menos en parte, a la persona consultante; volveremos más adelante sobre este aspecto del reparto del poder.

La idea misma de que la terapia pueda ser eficaz en una o dos sesiones sigue pareciendo descabellada a algunas personas. De hecho, en la tradición psicoanalítica se ha desarrollado el concepto de «huida hacia la salud», según el cual la afirmación de la persona consultante de que se ha curado repentina y completamente se considera una reacción defensiva frente al tratamiento y, por tanto, un signo de que necesita todavía más terapia. Puede verse como una especie de trampa 22: si la persona dice que está mejor, necesita más tratamiento. Y si dice que no está mejor, entonces, por supuesto, ¡necesita más tratamiento!

¿Por qué la brevedad es un fin importante en sí mismo? Por supuesto, la eficacia, los resultados del tratamiento, es importante. Hay hallazgos influyentes (Wampold, 2001) según los cuales todas las formas de terapia, al menos las que se basan en los cinco «factores comunes», son igual de eficaces. Wampold no examina la eficiencia, es decir, el tiempo necesario para alcanzar un resultado eficaz, ni tiene en cuenta la perturbación que supone para la persona consultante participar en el tratamiento. Si todas las terapias son igual de eficaces, ¿no es sin duda mejor elegir una que lleve menos tiempo? Ayuda a la persona a seguir con su vida antes y deja a la o el profesional disponible para ayudar a nuevas personas.

Las ventajas son especialmente claras cuando los recursos son limitados, como en el Servicio Nacional de Salud británico (NHS). La eficiencia de un servicio es directamente proporcional tanto al número de profesionales como a la duración media de sus tratamientos, suponiendo que cada profesional tenga el mismo número de sesiones cada semana. Según el informe de 2013 We Still Need To Talk (MIND, 2013), más de una de cada diez personas llevaba más de un año esperando para iniciar una terapia, y aproximadamente el 50% había esperado más de tres meses. La brevedad, mediante tratamientos eficaces, es claramente valiosa para un servicio público. Sigue siendo un misterio por qué la opinión popular de que más largo equivale a mejor parece tener todavía tanto peso.

Otro beneficio de la brevedad es que un tratamiento corto permite a la persona consultante volver antes a vivir su propia vida. Hay una clara distinción entre profesionales que consideran valioso en sí mismo el hecho de atender a alguien y quienes procuran salir de la vida de esa persona lo antes posible. El objetivo del SF es, como solía decir Steve de Shazer (citado por sus colaboradores de muchos años en BRIEF, 2019), haciéndose eco de un viejo aforismo atribuido a veces a Edna St. Vincent Millay, devolver a la persona a una vida de «una maldita cosa tras otra». Esa es la vida cotidiana tal como la conocemos: no un deslizarse impecable y sin esfuerzo, sino una serie de altibajos que la persona afronta sin ayuda profesional. En cambio, quienes buscan tratamiento suelen hacerlo porque su vida se ha convertido en «la misma maldita cosa una y otra vez»: algo sigue ocurriendo sin que lo deseen, o no ocurre cuando lo buscan. En la estética SF, el primer caso no se considera motivo de tratamiento; el segundo, sí. Lo mismo vale para la terapia breve de resolución de problemas del MRI: cuando la misma maldita cosa ya no ocurre, eso basta por ahora.

La brevedad no es una simple cuestión de un número reducido de sesiones o de un tiempo limitado. Se trata de que el trabajo sea tan breve como sea posible, siempre que se llegue a una conclusión satisfactoria o a una derivación. Esto no quiere decir que cada persona tenga un solo problema en su vida. Como coach SF de líderes empresariales, a veces me contratan para una serie de sesiones (diez, por ejemplo). Sin embargo, no considero que esto quede fuera de la estética de la brevedad, ya que no utilizamos las diez sesiones para abordar una única cuestión. Cada conversación suele tratar de un tema nuevo, algo que la persona tiene reciente en la mente, o quizá refleja una situación en evolución de la que ya hemos hablado. Y la persona puede decidir que ya ha tenido bastante de un tema, o incluso de mí, lo que nos lleva al siguiente aspecto de una estética SF: el valor otorgado a la autonomía de la persona consultante.

La autonomía de la persona consultante

En el mundo cotidiano normal, las personas toman decisiones sobre su propia vida: qué hacer, con quién estar, adónde ir. Estas decisiones nunca son el único factor que determina lo que ocurre. Siempre intervienen otros contextos y otras fuerzas. Una de mis citas favoritas es del biólogo Steven Rose (1997), quien, parafraseando a Karl Marx, observó que «creamos nuestro propio futuro, pero no en circunstancias elegidas por nosotros» (Rose, 1997, p. 309). Vale la pena considerar, entonces, que en el trabajo terapéutico ha sido normal que profesionales tomen decisiones por quienes acuden a consulta y, a veces, en contra de ellas.

Esto procede de una versión antigua de la relación básica entre medicina y paciente, en la que, décadas atrás, la palabra de quien ejercía la medicina era ley, y a quien recibía la atención le correspondía acoger con gratitud y docilidad su pericia. Por supuesto, si estamos a punto de someternos a una cirugía cerebral, querremos que la dirija alguien experto y escucharemos con seriedad sus consejos. El riesgo es que esta relación se desequilibre, se vuelva unilateral y potencialmente abusiva. Si quien ejerce la medicina se convierte en una figura de autoridad incuestionable, y quizá incluso en alguien que cobra por hacer que la relación continúe, los riesgos de tratamientos excesivamente largos y de pacientes privados de poder son evidentes.

La posición SF ha sido que, en líneas generales, es la persona consultante quien toma muchas de las decisiones. ¿Qué espera de la terapia? ¿Qué va a hacer al respecto? ¿Cuándo están las cosas lo bastante bien como para dejar de venir? En la vida cotidiana, estas preguntas nos corresponden claramente como individuos. En el mundo de la terapia, en cambio, puede verse como una revolución que rompe paradigmas. Mientras que la relación convencional entre medicina y paciente puede caracterizarse como Padre/Niño (en la tradición del análisis transaccional; véase, por ejemplo, Berne, 1958), la relación entre profesional SF y persona consultante es mucho más Adulto/Adulto. Ambas partes tienen responsabilidades, ambas tienen un papel que desempeñar, ambas tienen prioridades, y estas deben mantenerse tan equilibradas como sea posible. En los años noventa asistí a un taller con Bill O’Hanlon en el que nos instaba a encontrar al adulto sano interior, como réplica mordaz a la tendencia, de moda y ajena al SF, de ver a quienes acuden a consulta como niños heridos o algo por el estilo.

Por supuesto, la autonomía de la persona consultante no es automática ni prevalece en todas las circunstancias. Si la persona parece estar poniéndose en riesgo, a sí misma o a otras personas, es evidente que la o el profesional tiene decisiones que tomar. ¿Debe informar a terceros? ¿Debe poner en marcha procedimientos de protección? Son cuestiones de juicio profesional que no deben subestimarse. Hay otras situaciones en las que restricciones externas, por ejemplo órdenes judiciales, acuerdos de libertad condicional u otras cuestiones legales, inciden en la libertad de acción de la persona. Pueden tenerse en cuenta de distintas maneras, de modo que la autonomía de la persona quede acotada en lugar de suprimida. En todas estas situaciones, los límites de la autonomía se consideran temas que deben discutirse y, idealmente, acordarse con la persona en cuanto a los próximos pasos que se darán.

Hay aquí un punto de contacto con la brevedad tal como se ha expuesto antes. La autonomía de la persona consultante incluye su elección de decidir cuándo ha terminado el tratamiento, o de querer ver a otra persona. En las dos últimas décadas, el SF ha encontrado un hogar saludable en el mundo del coaching. Una de las razones puede ser que la terapia SF se parece más al coaching que muchas otras formas de práctica, de modo que el encaje es claro y natural desde el principio. A quienes recurren al coaching no se les suele ver como personas vulnerables que necesitan protección; son, más bien, personas informadas que toman sus propias decisiones al buscar apoyo. La International Coach Federation (2019) define el coaching como «acompañar a las personas en un proceso creativo que estimula la reflexión y las inspira a maximizar su potencial personal y profesional». El énfasis en la colaboración con quienes acuden me parece encajar claramente con la estética del SF.

La aceptación radical

Si consideramos que la persona consultante toma sus propias decisiones, deberíamos pensar también con mucho cuidado antes de intentar discutir con ella. Esta habilidad de no discutir se denomina a veces «aceptación radical» (de Shazer, 1997). En el mismo artículo, de Shazer sostenía que la respuesta de la persona «debe aceptarse plena y literalmente», lo cual es un arte más que una ciencia y resulta «difícil para mucha gente. Requiere mucha autodisciplina y una gran capacidad de escucha atenta. No es fácil renunciar a juzgar lo alto que debería ser el número [de la escala] o lo poco razonable y poco realista que puede ser la respuesta inicial al milagro» (de Shazer, 1997, p. 378).

Una palabra clave aquí es la respuesta «inicial» a una pregunta. Una de las inquietudes que encuentro en quienes aprenden el SF es que las personas consultantes puedan pedir algo imposible al milagro: la persona amputada que desea recuperar el miembro perdido, o la niña o el niño en duelo que quiere que su padre o su madre vuelva. Y sí, puede resultar inquietante, de algún modo, cuando esto ocurre. Es también un deseo muy obvio y sincero, y por tanto puede aceptarse con bastante facilidad. ¿Quién no querría esas cosas? Lo esencial es que aceptar no significa estar de acuerdo ciegamente y pasar a otra cosa. Puede consistir en asentir suavemente, exhalar y esperar; esperar es a menudo una buena estrategia para permitir que la persona siga pensando. Puede consistir en decir en voz baja «Sí, claro…» y hacer una pausa para ver qué viene después. Lo que viene después, a veces tras un silencio muy considerable, puede ser algo como «Visitaría más a mis amigos» o «Iría al colegio más feliz». Estas respuestas son más manejables y pueden retomarse y ampliarse en la conversación.

Resulta que en cualquier respuesta real de una persona consultante a una pregunta habrá múltiples elementos, y es imposible responder a todos ellos por igual, o siquiera responder a todos. En un ejemplo que me gusta especialmente, el psiquiatra sueco y veterano profesional del SF Harry Korman (comunicación personal, 2009) mencionó (en un taller hace algunos años) a la mujer que le dijo: «Quiero ser mejor madre, pero soy una persona tan inútil, tan inútil».

Es evidente que esta afirmación tiene dos partes. Desde un enfoque centrado en el problema, quizá se querría preguntar por la inutilidad. Una o un profesional SF verá claramente la primera parte, la de ser mejor madre, como más obviamente vinculada a lo que ella quiere. Harry Korman (2009), con la gran experiencia en SF que tiene, encontró la manera de aceptar ambas y, aun así, promover el elemento centrado en soluciones: «Así que usted piensa que es una persona inútil… ¿pero quiere ser mejor madre?» (con entonación ascendente al final, lo que la convierte en pregunta y en invitación a seguir ese hilo).

La aceptación radical se reduce a no discutir con la persona consultante, incluso cuando hacerlo sería bastante normal y aceptable. En su libro Preventing Suicide: The Solution-Focused Approach (Henden, 2008), John Henden recorre diez maneras de aceptar un aparente deseo de suicidarse, hasta llegar, inclusive, a esta: «Si decidiera seguir adelante con la opción del último recurso: a) ¿Qué método utilizaría? (es decir, pastillas, cuerda, cuchillas, tubo de aspiradora, armas de fuego, etc.) b) ¿Hasta qué punto se ha preparado, si lo decide?» (Henden, p. 129).

En el contexto de una conversación corriente, esto suena espantoso; podría parecer que estamos animando a la persona. Pero una conversación SF no es una conversación corriente. Antes ha habido conversación, en la que se ha empezado a explorar la situación de la persona y a construir confianza y vínculo durante los primeros diez minutos de la sesión. Y, de hecho, el propio Henden dice que, si utiliza esta pregunta, es para hacerse una idea más precisa de hasta qué punto la persona habla en serio; muchas personas retroceden a gran velocidad cuando se les plantea. Con quienes no lo hacen, la o el profesional puede al menos ser más consciente de lo que está ocurriendo, sin dejar de tomar en serio a la persona y de aceptar radicalmente lo que dice.

De Shazer compartía esta perspectiva con su mentor y amigo de muchos años John Weakland. En una entrevista conjunta de 1994 (Hoyt, 2001), de Shazer habla de tomar en serio a la persona consultante, diga lo que diga sobre su situación: «Si alguien te dice que tiene un problema, entonces tiene un problema, y más te vale tomarlo en serio. Y más te vale tomarlo en serio también si te dice que no tiene ningún problema… alguien lo ha mandado porque bebe demasiado. Él dice que no bebe demasiado y que eso no es un problema. Déjalo estar. Tómalo en serio» (p. 21).

Por supuesto, hay otras maneras de hacer avanzar este tipo de conversación sin discutir con la persona, como preguntar por qué motivo la persona o el servicio que la derivó la ha enviado. Y a medida que la conversación avanza, la idea que la persona tiene de lo que quiere puede muy bien desarrollarse y cambiar. Pero si no la tomamos en serio desde el principio, enseguida surge una discusión que permite a la o el profesional calificarla de «resistente» o de estar «en negación», lo que contribuye poco al progreso y mucho al estancamiento. «Leer entre líneas» es una distracción; escuchar con mucha atención las líneas y formular respuestas adecuadas es de lo que se trata. Aceptar radicalmente, no discutir con quienes acuden a consulta y no leer entre líneas conduce a otro elemento clave de la estética SF: permanecer en la superficie.

Permanecer en la superficie

En los métodos más tradicionales de terapia, de counselling y de prácticas afines, es bastante normal ver el comportamiento de la persona consultante como la manifestación externa de algún tipo de mecanismo causal interno y oculto. Estos mecanismos ocultos adoptan diversas formas, que van de lo emocional a lo neurocientífico o a experiencias antiguas. La tarea terapéutica consiste en ir a lo profundo para descubrir esas causas y ayudar a la persona a afrontarlas. De hecho, la o el profesional puede presentarse como la primera persona en advertir esas causas y su importancia, que la persona consultante debe entonces abordar para satisfacer a quien la atiende.

En el trabajo SF, como ya he escrito antes (McKergow & Korman, 2009), esquivamos estas posibles preguntas mirando el «entre»: la interacción de la persona con sus entornos, incluidas otras personas. A veces quienes se inician no advierten al principio que las preguntas SF siempre se formulan en torno a una persona (a menudo la persona consultante, pero a veces otras personas de su mundo) y sus interacciones, y no en torno a impulsores «internos». «¿Cuáles serían las primeras pequeñas señales que notaría de que las cosas van un poco mejor?» es un ejemplo típico. Se dirige a una persona y trata de sus interacciones. No la invita a la introspección, a especular sobre sus sentimientos o sobre otras cuestiones causales. Buscamos más bien orientar la atención de quienes acuden a consulta hacia fuera, hacia el mundo y hacia lo que va mejor en el pasado, el presente y el futuro (Jackson & McKergow, 2002, 2007).

Este enfoque se remonta a la visión interaccional del Mental Research Institute de Palo Alto (Watzlawick & Weakland, 1977), donde Steve de Shazer e Insoo Kim Berg se conocieron y se entusiasmaron por primera vez con la tradición de la terapia breve. El método del MRI de terapia breve de resolución de problemas busca salir de la caja mental buscando información específica, concreta y descriptiva: ¿quién hace qué a quién y cuándo? El propósito de estas preguntas era buscar los patrones de comportamiento que mantenían el problema en su sitio y lograr después que la persona consultante los rompiera o los alterara. En el SF, que siguió la misma tradición, se utilizaron las mismas técnicas de interrogación para buscar excepciones específicas al problema, de modo que esos patrones pudieran amplificarse, y más tarde para describir los días posteriores al milagro, cuando el problema había desaparecido misteriosamente durante la noche. Estas descripciones han cobrado aún más importancia a medida que el trabajo SF se ha desarrollado en los últimos años (Iveson & McKergow, 2016).

Tanto el equipo del MRI como, más tarde, quienes practicaban el SF se esforzaban por sacar la salud mental de la cabeza de las personas consultantes y llevarla a sus interacciones con los demás. Desde hace mucho existe una confusión conceptual generada por quienes quieren que la enfermedad mental imite a la enfermedad física. En esta última, algo falla dentro del cuerpo de la persona enferma, y hay que diagnosticarlo y curarlo. Es fácil suponer que la enfermedad mental funciona del mismo modo: algo, quizá una depresión o una esquizofrenia, acecha dentro del cuerpo o del cerebro de la persona y, por tanto, para curarlo se requiere un diagnóstico acompañado de reflexión interior o de fármacos. No estoy en absoluto en contra de los fármacos, pero no soy partidario de medicar a las personas cuando unas pocas sesiones de conversación pueden ayudarlas.

Hay que señalar que permanecer en la superficie, como la aceptación radical, no significa que una única afirmación de la persona consultante sea el final de la historia. A medida que avanza la conversación terapéutica irán surgiendo cosas distintas y, de hecho, la tarea de la o el profesional SF consiste en formular preguntas que ayuden a este proceso. Sin embargo, no creo que se trate de que las cosas salgan a la superficie, como si hubieran estado allí todo el tiempo, acechando en las profundidades y esperando el momento oportuno para aflorar. Más bien, el sentido y la conciencia se desplazan durante la conversación, cosas nuevas o pasadas por alto se vuelven más o menos pertinentes, y de la interacción surgen ideas frescas.

Es interesante observar cómo la autonomía de la persona consultante y la aceptación radical conviven sin dificultad con el permanecer en la superficie. Son partes importantes que, en conjunto, configuran una nueva y radical manera de entender lo que significa ser humano.

El valor de las pequeñas diferencias

Esta última parte, por ahora, de la estética SF es algo distinta de las demás: el valor que otorgamos a las pequeñas diferencias, a las descripciones detalladas y a las señales minúsculas en lugar de las enormes. Es normal y lógico suponer que los grandes cambios en la vida y las circunstancias de la persona requerirán grandes planes, grandes esfuerzos, un compromiso total y una transformación completa. Eso explica en parte por qué se supone que los tratamientos largos deben ser siempre superiores a los cortos, pese a las pruebas en sentido contrario. Las pequeñas señales de progreso se consideran muy valiosas, posibles precursoras de más cambios y señales de que la persona va camino de una vida lo bastante buena, en la que se siente capaz de afrontar las cosas por sus propios medios.

Desde mi primerísimo taller de formación SF (con Jane Lethem, de la entonces Brief Therapy Practice, en 1994), ha estado presente la idea de que pequeños cambios en un ámbito de la vida de la persona pueden ampliarse tanto mediante procesos naturales como por un efecto dominó hacia otros ámbitos de la vida. La persona percibe los cambios y toma más conciencia de cómo contribuye a ellos, y esos cambios se extienden después a otros terrenos. No es difícil ver cómo unas relaciones algo mejores en casa pueden traducirse en más confianza en el trabajo, más apertura en las relaciones con la propia descendencia y con la familia de origen, menos estrés, más tiempo para disfrutar de la vida, etc.

Este tipo de interconexión encaja bien tanto con la filosofía budista, que interesaba a Steve de Shazer (véase, por ejemplo, de Shazer, 1994, p. 9), como con la ciencia de la complejidad (véase, por ejemplo, Waldrop, 1993), surgida a principios de los años noventa. (Descubrí el SF y la complejidad al mismo tiempo, y establecí por mi cuenta algunas conexiones iniciales.) La complejidad muestra cómo pueden surgir resultados novedosos e imprevisibles a partir de pequeñas diferencias, de maneras no planificadas e inesperadas. La teoría del caos de los años ochenta ofrece una versión más sofisticada del efecto mariposa: cómo el más mínimo cambio en un sistema meteorológico, como el aleteo de una mariposa en Brasil, puede provocar un tornado en Kansas o una tormenta en Filipinas. No siempre conduce a esos resultados, pero pequeños cambios amplificados pueden tener más impacto que los grandes planes, que se estancan y no llevan a ninguna parte.

La interrogación SF ha conducido cada vez más a conversaciones sobre detalles y diferencias pequeños, incluso minúsculos, que forman parte de lo que sería mejor para la persona. Preguntas de seguimiento como «¿cuál es la primera señal que notaría otra persona?» y «¿qué más?» nos ayudan a construir cada vez más detalle. Del mismo modo, en las sesiones de seguimiento preguntamos «¿qué va mejor?» e invitamos a las personas consultantes a ampliar lo que haya surgido, sea lo que sea. Por supuesto, muchas empiezan diciendo «nada va mejor…», lo cual puede ser radicalmente aceptado y aprovechado por una o un profesional con habilidad.

A veces, cuando he trabajado con personas de otras tradiciones, he observado que, aunque estén dispuestas a hablar de lo mejor en términos de visión de conjunto, de sustantivos abstractos y de palabras grandilocuentes, pueden ponerse muy nerviosas cuando empiezo a preguntar por detalles minúsculos. Una facilitadora o facilitador muy experimentado se quejó de que, a su juicio, al hacer esto yo forzaba a la gente a pasar a la acción. Pues bien, mientras eso sea lo que me pagan por hacer, ¡no tengo por qué disculparme! Es sin duda interesante, y poco discutido, cómo hablar de detalles minúsculos parece conducir de forma fluida y rápida a nuevas posibilidades de acción. Mi capítulo del libro de la Conferencia Mundial SF (McKergow, 2019) empezará a abordar esta cuestión.

Conclusión

Si observamos estos cinco aspectos de una estética SF, podemos ver un contraste muy revelador con la norma psicoterapéutica clásica.

Tabla 1. Comparación entre la estética terapéutica clásica y la estética SF

Los tratamientos largos son necesarios → la brevedad, tan breve como sea posible, es deseable. El poder está del lado profesional → la autonomía de la persona consultante debe respetarse siempre que sea posible. Leer entre líneas → aceptación radical. Ir a lo profundo → permanecer en la superficie. Valorar las transformaciones grandes y espectaculares → valorar las pequeñas diferencias.

Hay que señalar que ninguno de estos aspectos trata como tal de las preguntas milagro, los contratos, las escalas, los elogios, etc. Estas técnicas me parecen más bien corolarios de la estética, maneras naturales de trabajar que se derivan de estos fundamentos.

Puede que aquí haya una pista de por qué el SF recibe tan poca consideración de quienes están acostumbrados a una manera de trabajar más clásica o tradicional. Del mismo modo que el público artístico parisino se rio de Monet y de Matisse, el SF es visto como una especie de broma por quienes están acostumbrados a valorar la duración y la profundidad. Puede muy bien que sea este cambio total hacia un nuevo paradigma lo que despertó mi interés en 1993 y me ha mantenido en ello todos estos años. Que una nueva manera de hacer las cosas sea más elegante ya es bastante valioso. Que además sea más eficiente es verdaderamente extraordinario. Si el SF ofrece un tratamiento y un progreso breves, respetuosos y humanos en el trabajo, en la escuela, en el hospital y en la consulta terapéutica, eso bien vale casi 30 años de mi vida.

Complexe Systémique: puntos clave

El planteamiento es elegante: ya no preguntar «¿cómo se hace?», sino «¿qué nos parece bello?». Los cinco elementos de McKergow (brevedad, autonomía, aceptación radical, superficie, pequeñas diferencias) son una manera de decir que las técnicas no son el enfoque y que las disputas entre escuelas son ante todo disputas de gusto. La tabla final, estética clásica frente a estética SF, se lee también como un mapa de los malentendidos entre profesionales de la sistémica y del enfoque centrado en soluciones. Puede leerse junto a Iveson sobre la huella de quien ejerce la terapia, Henden sobre el trauma grave, cuya pregunta más inquietante cita McKergow, y Drury, para quien el SF es una forma de vida.

Referencias

Aesthetic. (n.d.). In Lexico.com.

Berne, E. (1958). Transactional analysis: A new and effective method of group therapy. The American Journal of Psychotherapy, 12, 735–743.

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Traducción no oficial al español de Solution Focused Work as an Aesthetic, de Mark McKergow, publicado en el Journal of Solution Focused Practices, vol. 3, n.º 1 (2019), artículo 8, pp. 35-46, doi: 10.59874/001c.75081, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra ha sido modificada en el sentido de la licencia, con la tabla presentada como recuadro. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de ella; prevalece la versión original.

Artículo original «Solution Focused Work as an Aesthetic», publicado en Journal of Solution Focused Practices (2019) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción no oficial al español de Complexe Systémique, realizada con la ayuda de la inteligencia artificial: la presentación se ha adaptado a la lectura en línea, como se indica al principio de esta página.

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Cómo citar este artículo

McKergow, M. (2019). Solution-focused work as an aesthetic. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/solution-focused-work-as-an-aesthetic (Obra original publicada en 2019 en Journal of Solution Focused Practices, vol. 3, n.º 1 (2019), artículo 8, pp. 35-46; republicada en 2019 por Journal of Solution Focused Practices, https://journalsfp.org/article/75081)

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